LA MIRADA DE CLAUDE SAUTET

Algunas fotografías de las tres películas finales de Claude Sautet, una escena de cada una. He escogido momentos cuyo sentido me parece muy próximo, pues los tres se basan en un intercambio de miradas y renuncias.

Quelques jours avec moi (1988). Nunca se estrenó en España. En Filmaffinity le dan un título español de Unos días conmigo.

Quelques jours avec moi 1Quelques jours avec moi 2Quelques jours avec moi 3Quelques jours avec moi 4

 

Un corazón en invierno (1992)

Un corazón en invierno 2Un corazón en invierno 3Un corazón en invierno 4Un corazón en invierno 5

Nelly y el señor Arnaud (1995)

Nelly y el señor Arnaud 6Nelly y el señor Arnaud 4Nelly y el señor Arnaud 5

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UNA PRESENTACIÓN DE PHILIPPE GARREL

Buenas tardes a todos.

Quería comenzar expresando mi agradecimiento al cineclub y especialmente a Gabi, que es con quien he hablado, por la oportunidad de presentar la película de hoy, Amante por un día, del director francés Philippe Garrel.  Me gusta mucho y desde hace muchos años el cine de Philippe Garrel, así que como cinéfilo me siento hoy muy afortunado de poder compartir mi afición con otras personas.  Lo que a mí me gustaría con esta presentación es transmitirles lo afortunados que somos hoy todos por poder ver en una pantalla de cine una película de Garrel.  Quizás para explicarles lo que quiero decir con esto, antes de hablar de la película en concreto, tendría que hacer un pequeño repaso previo y contarles quién es Philippe Garrel, qué películas ha hecho y qué importancia tienen para el conjunto de la cinefilia mundial y para la historia del cine.

Hablaba de la oportunidad y de la suerte.  Amante por un día es la segunda película de Philippe Garrel que se estrena en cine en España.  La anterior en exhibirse fue Un verano ardiente, que se estrenó en 2013, con dos años de retraso y sólo porque Monica Bellucci era una de las actrices y no por ninguna otra consideración sobre Garrel.  Sólo se había estrenado esa película antes y dirán ustedes “bueno, bien”, y yo les responderé “no, muy mal”.  Porque Philippe Garrel no es ningún desconocido, ningún recién llegado, ni ningún joven valor pendiente de madurar.  Para mí, sin exagerar, es de los dos o tres directores de cine vivos en activo más importantes que hay.

Philippe Garrel nació en 1948, tiene setenta años ya cumplidos y lleva desde 1964 haciendo películas.  Cincuenta y cuatro años en activo.  Entre cortometrajes, largometrajes y algún documental, más de treinta películas.  Y ahora Amante por un día es la segunda que se estrena en España.  Por eso es una suerte la que tenemos hoy, porque lo normal es que sus películas no se estrenen y que quienes queramos verlas tengamos que buscarnos la vida.  Dije antes que empezó en 1964, tenía dieciséis años.  En realidad, se cree que hubo un cortometraje aún anterior que luego él consideró apropiado retirar de la circulación, del que no se volvió a saber más y que no suele citarse al enumerar sus películas.  Su primera obra disponible hoy fue un cortometraje, Les enfants désaccordés (“los hijos en desacuerdo”), una preciosa historia de quince minutos sobre una pareja de adolescentes que se aman, que bailan, que corren, que son rebeldes, que se fugan, una historia contada con un apasionamiento un poco loco, pero que deja una impresión muy, muy auténtica.

Philippe Garrel, ya desde tan jovencito, tuvo siempre una conciencia muy fuerte de querer ser un artista.  Lo primero por lo que él se interesó fue por la pintura, durante su adolescencia, y lo dejó cuando quedó convencido de que era muy malo como pintor, según ha contado alguna vez.  Ha sido un hombre también muy interesado por la poesía.  Él seguramente no la ha practicado, pero le queda un poco de la huella de ese interés.  Si se fijan en los títulos de sus películas, suelen ser muy poéticos.  Por ejemplo, El viento de la noche, Les baisers de secours (que podríamos traducir como “los besos de socorro”, “los besos de auxilio” o “los besos de rescate”) o El hijo secreto, aunque este último título, de una de sus mejores películas, no es en realidad original suyo, sino que está tomado de una canción de Juliette Gréco.

Aparte de esa conciencia tan acusada de ser un artista, Garrel tiene también un sentido muy acusado de ser un superviviente.  De hecho, los personajes de las películas de Garrel normalmente son de dos tipos: o son supervivientes o son fantasmas, espectros.  Normalmente, no son fantasmas en un sentido sobrenatural, aunque en alguna ocasión también han aparecido fantasmas o apariciones en sus películas.  Pero es que en su cine es muy palpable la huella que dejan las personas que se van, la huella de la ausencia, el peso de las sombras.  Algunas de sus películas están reconocidamente inspiradas en el recuerdo de personas que él conoció, que murieron, y parecen hechas para convocar su presencia de nuevo.  Algunas de las personas, amistades, amores, que más marcaron a Garrel fallecieron a una edad muy temprana y de una manera trágica.

Para entenderlo bien, hay que contar algunas cosas.  Ahora que recordamos los cincuenta años de Mayo del 68, Garrel es un hombre muy marcado por la sensación de fracaso tras el Mayo del 68, por el fracaso de la revolución, por así decir, por el fracaso de la utopía, el derrumbe de los ideales.  Su visión de lo que fue Mayo del 68, para quien le pueda interesar, la dio en El viento de la noche, de manera algo secundaria respecto de la trama de esa película, y sobre todo en una película posterior, Los amantes habituales, una de mis preferidas suyas.

Y luego, en el aspecto personal y sentimental, Garrel tuvo una relación sentimental con Nico, la modelo alemana, musa y actriz en alguna de las películas de Andy Warhol, como Chelsea girls, cantante de la Velvet Underground, y que había tenido un hijo con Alain Delon que éste se había negado a reconocer.  La relación de Garrel y Nico muy larga, desde que se conocieron a finales de los años sesenta hasta aproximadamente finales de los años setenta, aunque tuvieron sus intermitencias, separaciones y reconciliaciones.  Fue una relación marcada por la adicción a la heroína por parte de ambos.  Hay ahí también un episodio un poco oscuro, de una ocasión en que a finales de los sesenta o principios de los setenta Garrel sufrió un brote de alguna inestabilidad mental o enfermedad mental cuya naturaleza desconozco, fue internado en una clínica psiquiátrica y sometido a tratamiento de electrochoques.  Es un episodio de su vida que es importante conocer, porque luego él mismo lo ha reflejado en alguna de sus películas, quizás especialmente en El hijo secreto.  La relación con Nico, en conjunto, también la ha reflejado en muchas de sus películas, a veces de manera muy directa, a veces de manera más circunstancial.  Algunas de ellas se las ha dedicado expresamente, como J’entends plus la guitare.  Nico, por cierto, murió en 1988, en Ibiza.

Como digo, en su relación con Nico hubo intermitencias.  A mediados de los años setenta, Garrel tuvo también una más breve relación con Jean Seberg, una actriz americana que había intervenido en Al final de la escapada, la primera película de Jean Luc Godard, que había trabajado varias veces con Otto Preminger, que había hecho Lilith, una película de Robert Rossen con Warren Beatty.  Jean Seberg tenía también sus propios problemas anímicos e inestabilidades emocionales y apareció muerta, se cree que suicidada, en 1979.  La relación con Jean Seberg también ha aparecido en cierto modo en muchas de sus películas.  Por ejemplo, en un cortometraje de 1984 llamado Rue Fontaine (“la calle Fontaine”) o en la película La frontera del alba.

Recapitulando, llevamos el fracaso de Mayo del 68, la adicción a la heroína, electrochoques, la relación con Nico larga y difícil, finalmente fallida, la muerte de Nico, el suicidio de Jean Seberg.

Y ahora hablo de Jean Eustache.  Jean Eustache fue un director de cine, diez años mayor que Garrel, pero con el que tuvo relación de amistad y cuyas películas Garrel admiraba.  Muy especialmente, una de ellas, La mamá y la puta, de 1973, una de las películas más importantes del cine francés, que precisamente recoge la sensación de fracaso y desencanto que sobrevino para una cierta juventud después de Mayo del 68.  Resumiendo, les diré que a Jean Eustache, a partir de cierto momento de su carrera, le fue difícil seguir rodando, no encontraba quien financiara sus proyectos, tuvo también problemas serios de salud y en 1981, con cuarenta y tres años, se suicidó de un tiro.  En una película de Garrel de 1993, El nacimiento del amor, van dos personajes caminando por la calle, uno de ellos de repente se para, mira hacia arriba y dice “Mira, la ventana de la habitación donde Jean se pegó un tiro”, y sigue luego la acción de la película.  Es el homenaje que le hizo Garrel a Jean Eustache.  Uno de ellos, porque le ha hecho varios más.

Garrel, como se habrán ido dando cuenta, ha hablado mucho en su cine de cosas de su vida, de las mujeres a las que amó, de los amigos que tuvo, de los que ya no están, de los que murieron o se suicidaron, y ha utilizado con frecuencia el cine para traer de nuevo su recuerdo al presente.  En la película que vamos a ver hoy, Amante por un día, esto ya no es así.  Se reconocen sus temas, se reconoce su estilo, pero los hechos del argumento no son tan fácilmente relacionables con episodios de su vida que conozcamos.  Aunque quizá es pronto para decirlo, da la impresión de que está dejando de hacer películas como hacía antes, como si fueran capítulos que necesitaba contar de su propia vida.

Y, ahora sí, entrando en Amante por un día, es una película que se estrenó en el festival de Cannes de 2017, o sea, que ya llega aquí con un año de retraso.  La película tiene tres personajes protagonistas.  Un profesor de filosofía de unos cincuenta y algo años.  Una chica de veinte años, alumna suya, con la que tiene una relación a escondidas de otros alumnos y profesores.  Y, por último, una hija del profesor, también de veinte años, la misma edad de la amante, que al principio de la película se ha separado de su novio y acude a la casa del padre.  En ese momento descubre la relación del padre y de la otra chica, que ella desconocía.

La película pone en escena las relaciones que se tejen entre los tres personajes y refleja cómo los sentimientos y los estados de ánimo entre ellos van cambiando estas relaciones en la misma medida en que oscilan los propios sentimientos.  Entre las dos chicas de la misma edad hay al principio una cierta tensión, incluso algo de rivalidad, que luego va dando paso a una relación de amistad y de transparencia entre ellas muy bonita y que Garrel refleja con mucho respeto y mucha sensibilidad.  Entre el profesor y su amante, se refleja su relación de pareja y cómo esta relación va cambiando según aparece en ellos el deseo por otras personas, la posibilidad de las infidelidades y según cómo gestiona cada uno de ellos este deseo.  Y luego, para mi gusto, no soy neutral y confesaré que la relación entre el profesor y su hija para mí es la más bonita de la película.

El papel de la hija está interpretado por Esther Garrel, la hija de Philippe Garrel.  Hay momentos en que la película parece estar pensada casi para poder trabajar con la hija, casi como un regalo hacia ella.  En una entrevista, Garrel tuvo una manera muy bonita de explicarlo diciendo que, para él, Amante por un día era como el caso de un pintor que le hace un dibujito a un hijo pequeño.

No es la primera vez que Esther Garrel sale en una película de su padre, sino la tercera.  Ya antes había tenido un papel secundario en una película de 2013, La jalousie (“la celosía” o “los celos”), y lo más curioso es que había aparecido por primera vez en una película de 2001, Salvaje inocencia.  En esa película, hay un momento en que se está rodando una película dentro de la propia película, se ven los decorados, los técnicos, y hay un brevísimo plano en que un asistente se acerca a una niña de ocho años que está jugando por ahí y le dice “Esther, cuando empecemos a rodar te tienes que marchar”.  Esa niña era Esther Garrel, con ocho años, haciendo un cameo en una película de su padre.

Cosas sobre las que creo que merece la pena llamarles la atención.  Pues que es una película de Garrel muy buena.  Si hay alguien por aquí que conozca ya su cine, ya sabe más o menos lo que va a ver y no saldrá defraudado.  Y, si es la primera película suya que ven, pues tienen suerte porque es muy buena película para iniciarse en su cine.

Es una película muy hablada, hay mucho diálogo, pero es también una película muy introspectiva.  El propio Garrel, si lo ven ustedes en alguna entrevista o en algún vídeo, es un hombre muy introspectivo, muy taciturno.  Quienes han trabajado con él describen que es un hombre muy correcto de trato, pero que vive muy encerrado dentro de sí.

Es una película en la que importa mucho la fisicidad de las cosas, el modo en que los personajes se tocan (hay primeros planos de manos entrelazadas, algo que hace mucho, casi siempre hay algún plano así en sus películas); el modo en que los personajes lloran (se llora mucho en sus películas y el llanto no es desmelenado o melodramático, pero se aprecia mucho la textura de las lágrimas, como corren por las mejillas para abajo, lo suele hacer así esto también); el modo en que saca los primeros planos de los actores y, sobre todo, de las actrices.  Garrel tiene gran afición al cine mudo y de ahí le viene esa fijación por los rostros de sus actores y, sobre todo, sus actrices.  Ya lo verán, como hay veces que casi parece que detiene la película; hace un primer plano que dura varios minutos y es como si estuviera simplemente mirando a la actriz de una manera muy intensa, con la película detenida, y luego la película sigue.

La película tiene un sentido del ritmo muy trabajado.  Es muy corta, hora y cuarto, eso lo primero.  Y luego que alterna de un modo muy característico escenas de día y de noche, escenas de interiores y exteriores, escenas con personajes hablando sentados a una mesa o tumbados en la cama con escenas de los personajes caminando por la calle.  Seguramente no lo aprecien ustedes mucho, porque la película es muy sutil, pero es una alternancia muy trabajada: día, noche, día, noche, interior, exterior, interior, exterior, quietos, caminando, quietos, caminando.

Hay una escena también muy llamativa y es algo que Garrel está haciendo mucho desde hace un tiempo y es una escena con una canción y los personajes bailando.  Esto no es mero relleno.  El modo en que los personajes se mueven entre sí importa mucho, lo que la escena nos dice de cómo se desenvuelven, y luego cómo la dinámica entre los personajes ha cambiado para el resto de la película a partir de esa escena.  En su película de 2011, Un verano ardiente, utilizó en una secuencia una canción llamada Truth begins (“la verdad comienza”), y uno tiene la sensación, viendo ese tipo de escenas en las películas de Garrel, de que a partir de ellas y para el resto de la película es cuando la verdad comienza.

La fotografía, en blanco y negro, está muy trabajada.  Garrel se desenvuelve muy bien en el blanco y negro, para mi gusto mucho mejor que con el color.  Verán ustedes que la imagen está muy contrastada, en las escenas con luz, en las paredes, en exteriores, el blanco es muy blanco, y en las escenas de sombras el negro es muy negro.  Es una película rodada en celuloide, en 35 milímetros.  Que es como se había hecho siempre, pero que ya casi no se hace.  La mayoría de las películas se ruedan en digital, pero Garrel sigue ahí, resistiendo, e incluso ha dicho en alguna ocasión que si le obligan a rodar en digital no volverá a hacer películas.

Por mi parte, creo que con esto lo mejor es que veamos ya la película.  Muchas gracias a todos por su atención.  Espero que la disfruten tanto como la he disfrutado yo.

Listas de 2017

Un año más, ya estamos aquí de nuevo, en este blog que desfallece de inanición pero en el que aún no he dejado de incluir la lista de películas de final de año. Un pasatiempo inofensivo al que me he vuelto a dar este año. Y más aún, porque por primera vez he decidido hacer también una lista de lecturas.

Vayamos con el cine primero. La lista pretende ser de películas de 2017 o, si acaso, de 2016 pero vistas ya en este año. Por ello, quiero comenzar diciendo que por ese motivo las seis películas que más me han impresionado, entre las vistas por primera vez, no están en la lista. Se trata de:

-As a wife, as a woman (Tsuma to shite onna to shite, 1961) y Tormento (Midareru, 1964), ambas de Mikio Naruse;

-Dos semanas en otra ciudad (Two weeks in another town, 1962), de Vincente Minnelli);

-Cara de amor (Gueule d’amour, 1937), de Jean Grémillon;

-Esther Kahn (2000), de Arnaud Desplechin;

-y Out 1: noli me tangere (1971), de Jacques Rivette.

Y ahora la lista de 2017 propiamente dicha:

1.- The day after, de Hong Sang-soo

2.- En la playa sola de noche, de Hong Sang-soo

3.- ¡Lumière! Comienza la aventura, de los hermanos Lumière y Thierry Frémaux

4.- Un sol interior, de Claire Denis

5.- Certain women, de Kelly Reichardt

6.- El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismäki

7.- Bella durmiente, de Adolfo Arrieta

8.- Lo tuyo y tú, de Hong Sang-soo

9.- Detroit, de Kathryn Bigelow

10.- Frantz, de François Ozon

11.- Felices sueños, de Marco Bellocchio

12.- Wonder wheel, de Woody Allen

13.- La chica desconocida, de los hermanos Dardenne

Lo de ordenar por preferencia es nuevo de este año. Siempre ha habido un orden, pero no me gustaba ponerlo. Si dentro de un tiempo vuelvo a ver esto, habré cambiado a favor o en contra alguna preferencia, habré visto nuevas cosas que me hubiese gustado que figurasen, etc. También es nuevo lo de no atenerme estrictamente al top ten. Pero había varias de Hong Sang-soo y ninguna merecía quedarse fuera, había dos películas que oficialmente no se estrenarán hasta 2018 (una de Hong Sang-soo y la de Claire Denis), una estrenada el año pasado y que no vi hasta éste (la de Ozon), el caso de la película de los Lumière, que podemos catalogar como de 2017 lo mismo que de 1895 y en ambos casos diríamos la verdad… Con todo eso, y como con estas trece me sentía representado, no quise ser muy estricto con que fueran diez.

Y ahora los libros, donde sólo señalé preferencias en los primeros libros. También son más de diez libros, pero porque con algunos autores he incluido varios:

1.- El mundo de ayer, de Stefan Zweig

2.- Berta Isla, de Javier Marías

3.- Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy

4.- (ya sin orden)

Carta de una desconocida y La colección invisible, de Stefan Zweig

Las cosas y Me acuerdo, de Georges Perec

Del lado del amor, de Juan Antonio González Iglesias

El gato encerrado, de Andrés Trapiello

El indiferente y otros relatos, de Marcel Proust

La levedad, de Catherine Meurisse

Proleterka, de Fleur Jaeggy

Trilogía de Nueva York, de Paul Auster

Visión de Nueva York, de Carmen Martín Gaite

«La mamá y la puta», de Jean Eustache

Hoy quería recordar la existencia de «La mamá y la puta» (1973), de Jean Eustache, una película situada en París, en algún momento a principios de los años setenta. Cuenta la historia de Alexandre, Marie y Veronika, principalmente, aunque aparecen más personajes. Alexandre vive con Marie en el apartamento de ella. Mantenido por ella, para más exactitud. Lo que no quita para que conozca por la calle a Veronika, una chica con la que inicia un continuo flirteo de ida y vuelta e intensidad variable.

Es una película larguísima, de casi cuatro horas, pero podía haber durado mucho más o, también, mucho menos. Empieza como una especie de tragicomedia de costumbres sentimentales y sexuales, muy ligada a una época muy concreta, justo después del mayo del 68 francés. Es una película muy, muy hablada. Por la calle, en los cafés, en el interior de los apartamentos, se suceden los encuentros con amigos, conocidos o amantes. Y hablan y hablan de libros y películas, pero también y sobre todo exponen muchas teorías de por qué viven como viven o de cómo habría que vivir.

Y mienten mucho, continuamente, a los demás y a ellos mismos. Porque lo que «La mamá y la puta» termina siendo en realidad es un retrato abierto en canal del dolor y desengaño de sus personajes. Eustache presta mucha atención a sus personajes y recoge sus contradicciones sin juzgarlos. Filma de manera lúcida y descarnada largas conversaciones en que se dejan intuir la hipocresía y el cinismo, quizás la falta de valor, con que envuelven su miedo… ¿a qué? ¿Quizás miedo al fracaso de las utopías sociales y personales que viven o han vivido pocos años antes?

Cuando Philippe Garrel estrenó muchos años después «Los amantes habituales», en 2005, dijo expresamente que había querido hacer una película a la manera de «La mamá y la puta». En sus palabras, más o menos aproximadas, una película que retratara a una generación, la suya, la última que en sus películas aún amaba y hablaba del amor.

Decía que Eustache prestaba atención a sus personajes y diríase también que, además, los entiende y acompaña. Como ejemplo, quería citar un plano que quien haya visto la película no habrá olvidado. Marie (Bernadette Lafont) se ha quedado sola después de una extenuante conversación. Hay una imagen mantenida de ella, tumbada en la cama, mientras suena una canción de Edith Piaf que se oye íntegra.

Una canción íntegra, porque Eustache no quería interrumpir a Marie. Filmó un plano de más de tres minutos en que no se recogía una canción, sino el acto de oír una canción por una persona anímicamente vulnerable y exhausta. Mayor pudor que ése y mayor respeto con la forma fílmica de retratarlo, pocas veces habrá dado el cine a lo largo de su historia.

 

Ilusos en la Filmoteca

Dejo una foto del cine Doré, sede de la Filmoteca Nacional. Es un cine antiguo, precioso, cerca de la parada de metro de Antón Martín. 


Hoy, 22 de febrero de 2017, se proyectaba a las cinco y media una película de Jacques Rivette que no había visto, «Alto, bajo, frágil». Me fui a verla con muchas ganas. 

Entre las mesas que hay en el vestíbulo del cine, estaba sentado Jonás Trueba, cuyas películas me gustan bastante. No me acerqué, no sé decir si por timidez o discreción. Ni tampoco me di cuenta de si entraba a la sala 1 o si estaba allí por otro motivo. Ojalá fuese, como yo, por ver uno de esos Rivette no siempre fáciles de encontrar. Le tomo prestado el título de una de sus películas: pasando la tarde en la Filmoteca con Rivette, dos ilusos del cine.

EL CINE QUE VIMOS EN 2016

Un año más, aquí estamos. Dejo constancia de lo que más me ha gustado del año, por si a alguien le puede servir para interesarse por alguna película o director, y también para mí mismo, para ordenar un poco y priorizar mis preferencias. Son películas vistas en el cine. Importante matiz, porque quizá las películas que más me han gustado, vistas por primera vez en 2016, las vi en casa. Dejo los títulos también, por si a alguien le sirven: Una mujer para dos de Ernst Lubitsch, El hijo secreto de Philippe Garrel, Duelle de Jacques Rivette y Jeanne Dielman, 23 quai du Commere, 1080 Bruxelles de Chantal Akerman.

Sin más, mi top ten de películas de 2016, por orden alfabético:

AMOR Y AMISTAD, de Whit Stillman (Irlanda)

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CAROL, de Todd Haynes (Reino Unido)

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EL CUENTO DE LA PRINCESA KAGUYA, de Isao Takahata (Japón)

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MIA MADRE, de Nanni Moretti (Italia)

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LAS MIL Y UNA NOCHES (los tres volúmenes), de Miguel Gomes (Portugal)

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NO ES MI TIPO, de Lucas Belvaux (Francia)

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PATERSON, de Jim Jarmusch (Estados Unidos)

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LA RECONQUISTA, de Jonás Trueba (España)

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SULLY, de Clint Eastwood (Estados Unidos)

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TRES RECUERDOS DE MI JUVENTUD, de Arnaud Desplechin (Francia)

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MADRID, 20 DE ENERO

1. Todo lo hago despacio. Camino despacio, como despacio, hablo despacio. En lo de caminar, la excepción es cuando estoy en Madrid. Sin darme cuenta, me voy difuminando en el paisaje y voy por las aceras o por el metro corriendo al mismo ritmo que los madrileños. Hace unos años estaba en la plaza de España, esperando que se abriera el semáforo delante del Starbucks. Cuando se puso en verde, casi eché a correr como si hubiese sonado el pistoletazo de salida y cuando ya había enfilado Gran Vía me paré y pensé que dónde demonios iba con tanta prisa, que me estaban doliendo la cadera y las ingles de forzar la zancada. Las prisas madrileñas.

2. Es 20 de enero. En el momento de escribir esta entrada, no sé si es un día de esos oscuros y dudo mucho que Madrid me parezca el sitio más triste del mundo. Al contrario.  Pero oigan esta preciosa canción mientras leen.

3. No soy madrileño, ni he vivido nunca en Madrid. Pero la he visitado una vez al año aproximadamente desde que fui la primera vez y últimamente vivo cerca. Hubo un tiempo, siendo estudiante universitario, en que quería ser abogado del Estado y estar destinado en Madrid. Ninguna de las dos cosas se cumplió, pero no me quejo. Los desvíos imprevistos me llevaron hasta personas y lugares que no hubiera podido conocer de otro modo.

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4. La primera vez que fui a Madrid fue en octubre de 2001, a pasar un fin de semana con un amigo que vivía allí. Me encantó desayunar en los VIPS, mucho menos extendidos entonces por el resto de España. La primera vez que crucé un paso de peatones en el paseo de la Castellana no pude evitar contar mentalmente el número de carriles que había en cada sentido. El domingo, antes de ir al tren de vuelta, probé mi primer bocadillo de calamares. No sé por qué, entonces me parecía que aquello era algo muy madrileño que como tal había que probar. También creía que era exclusivo de Madrid diferenciar las porras y los churros. Diferencia que, por cierto, me costó aprender, porque siempre he llamado churros a las dos cosas. Cuando era niño y en alguna película o libro ambientado en Madrid veía o leía lo de desayunar porras, me preguntaba qué demonios era eso que desayunaban los madrileños.

5. Me gustan la luz y el color del cielo que tiene Madrid en invierno. En esto no tiene la exclusiva. Viví en Sevilla un tiempo y digo lo mismo de su luz y su cielo.

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6. Me gusta el metro o, al menos, me hace gracia. Tal vez porque no lo necesito para mi vida diaria. Sólo cuando estoy de visita. Creo que los madrileños se quejan de su transporte público, pero en general es el que mejor funciona de las ciudades en que me he movido. Como decían en una canción de Ismael Serrano, me gusta observar las caras de los viajeros Sobre todo cuando van en grupo o en pareja, tiendo a matar el tiempo del trayecto imaginando cómo es la vida de las personas al verlos interactuar entre sí. Se nota que cambian los tiempos en el hecho de que en mis primeras visitas me maravillaba de que la gente pudiera leer de pie en el metro, sujetando el libro abierto con una sola mano. Ahora no leen, consultan los teléfonos. Me gustan las conversaciones que se captan en el metro. No por cotillear, sino porque me fascinan desde siempre la cantidad de eses que escucho pronunciar. Siempre sonrío por dentro, porque con mi acento es imposible pronunciar tantas eses al final de las palabras. Alguna vez he visto en el metro a personas que no estaban muy bien de la cabeza, seguramente. Una vez iba con una pequeña maleta con ruedas y me siguió hasta meterse dentro del vagón un loco que me decía educada pero insistentemente que le devolviera la picola que le había quitado, que era suya. Nunca supe qué era eso de la picola a lo que se refería. Señalaba mi maleta. Le dije que era mía y contestó que “claro, claro”. No le hice más caso, pero tampoco le quitaba ojo de encima. Le dio después por otras personas, sin más, como le había dado por mí, y se terminó yendo en alguna parada. Otra vez, a la salida de la boca de metro de Argüelles, un señor negro preguntaba a voz en grito y de manera no muy inteligible que dónde estaba Jesús Gil. No sé si su duda metafísica era con el señor Gil o si iba cambiando de personaje de vez en cuando. No me quedé tanto tiempo como para comprobarlo. Pero sí sé que la calle estaba llena en aquel momento, excepto en los alrededores del señor, que tenía un cómodo hueco abierto en torno a él. Supongo que los demás peatones tampoco tenían mucho interés en acercarse demasiado a aquel señor. En otra ocasión, un sábado por la tarde, en la estación de Metropolitano, creía que estaba solo en el andén, hasta que me di cuenta de que contra una esquina y vuelto de espaldas había un señor que, visto por detrás, parecía tener los pantalones ligeramente entreabiertos. Desde luego, la cabeza la tenía inclinada como si se mirase la bragueta. No sé qué hacía, no parecía estar orinando y, aparentemente, tampoco se masturbaba. La situación no me entusiasmaba, pero muy poco después aparecieron dos vigilantes de seguridad. Cruzaron todo el andén en dirección al señor, en un extremo. Al pasar delante de mí, los oí decir algo parecido a “ya está ahí”. Pensé que pudiera ser un habitual de la estación. Curiosa distracción, ir al metro, a un extremo de un andén, volverte contra la pared, desabrocharte el pantalón y ponerte a mirarte. No pareció haber problema. Los vigilantes se acercaron tranquilamente, hablaron con él, que reaccionó con la misma tranquilidad y todo pareció muy civilizado. Cuando llegó mi vagón, me subí y me tranquilizó mucho ver que el señor se quedaba con los vigilantes, no fuera a darle por repetir su distracción dentro del vagón.

Princesa (cerca del Corty)

7. En 2010 vino Melody Gardot a España, a Madrid, a dar un concierto en los jardines de Sabatini. Entonces vivía muy, muy lejos, mucho más lejos que Sevilla y, como me gustaba mucho la chica, rabiaba por dentro por no poder ir al concierto. Tampoco había estado nunca en los jardines de Sabatini, que me había imaginado como muy bonitos. Al leer las crónicas al día siguiente me di cuenta de que había tenido suerte con no ir. El día del concierto, a la misma hora, era algún acto de celebración por la victoria de la selección nacional de fútbol en el mundial de Sudáfrica. Resultó que el acto era en algún sitio cercano y a tal volumen que la acústica del concierto fue penosa. Unos días después, Melody Gardot dijo que había sido la actuación más difícil de su vida.

Jardines de Sabatini

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8. Nunca he vuelto a tener ocasión de ir a un concierto de Melody Gardot, pero a los jardines de Sabatini sí que terminé yendo y me parecieron preciosos. Más o menos, quedan en el eje de mi zona preferida de Madrid, que es la que pasa por delante de la catedral de la Almudena, el Palacio Real, la plaza de Oriente, la calle Bailén, los jardines de Sabatini y lleva hasta la plaza de España. Procuro ir siempre que tengo ocasión, sólo por estar por la zona.

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9. Me encantó localizar el punto exacto donde se rodaron varias escenas de Todas las canciones hablan de mí, la primera película de Jonás Trueba. Es cerca de la calle Factor y de la calle Rebeque. No sé bien en realidad dónde empiezan y terminan una y otra. Pero hay una vista impresionante. Cuando fui, sí que era un día gris y oscuro, así que las fotos que tengo no lucen. Habrá que ponerle remedio alguna vez.

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10. Tardé en decidirme, pero finalmente fui a Madrid conduciendo. Al principio, porque tuve la necesidad y luego, una vez aprendidos los accesos que necesitaba, por la comodidad de no depender de los horarios de otros medios de transporte. Lo cierto es que nunca he tenido problemas circulando allí y nervios sólo pasé al principio. Hay más tráfico que en otras ciudades, pero nada a lo que no pueda uno adaptarse. Como con el metro, soy consciente de que tal vez hablo despreocupadamente de conducir en Madrid porque no necesito hacerlo para mi vida diaria. Tal vez si lo necesitara echaría rayos y centellas por mi boca.

11. Una de las primeras cosas que hago cuando conozco una ciudad es ir a visitar El Corte Inglés. En todos los que conocí de todas las ciudades en que viví, aprendí a desenvolverme y orientarme antes o después. No sé ni cuántos establecimientos de El Corte Inglés puede haber en Madrid, pero de los que he visitado me he terminado orientando bien en la mayoría. Sólo hay una excepción que se me resiste. No sé cómo lo identifican los madrileños, pero yo lo llamo El Corte Inglés de Nuevos Ministerios, porque se puede entrar nada más salir de la boca de esa estación de metro. Cuando voy, termino encontrando lo que quiero después de dar más vueltas de las necesarias, pero a día de hoy jamás he conseguido sentirme de verdad orientado ni encaminarme a la primera hacia la sección que necesitaba.

12. Hubo un tiempo en que viajaba en avión bastante y, con frecuencia, tenía que hacer trasbordo en la T4 de Barajas. La primera vez busqué la puerta por la que tenía que embarcar y creo que me pasé horas esperando al lado sin moverme, más que para ir al servicio. En las siguientes, quise explorar la T4, que parecía tan inacabable. Pues se acaba. Llegó el momento en que iba a la T4 y, mientras veía escaparates de comercios, intentaba recordar el siguiente comercio que me iba a encontrar y lo acertaba.

Martín de los Heros

13. Me gusta muchísimo el cine. No tendría que decirlo porque, si leen esto, probablemente ya sepan que es un blog de cine. La primera vez que fui a ver una película en Madrid fue en diciembre de 2011, en los Renoir de Plaza de España. La película me pareció medianeja, pero la experiencia tuvo para mí todo el encanto de las primeras veces. Además, la calle Martín de los Heros, donde están esos cines, me era familiar porque allí estaba domiciliada una editorial a la que alguna vez antes escribí pidiendo libros que necesitaba. Hablo de mucho tiempo antes. También me encantó ver en la acera de enfrente la librería Ocho y medio, que había visto mencionar muchas veces de jovencito en las revistas de cine con las que aprendía. Esa tarde de diciembre de 2011 descubrí sobre la marcha algo que no sabía y es que en Martín de los Heros hay algunas estrellas en el suelo recordando personajes de nuestro cine, a imitación de las de Hollywood Boulevard.

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14. Una vez estaba sentado en el McDonald de al lado de la boca de metro de Atocha. Estaba en la parte de cafetería, tomando un café y un par de croissants. Levanté la vista distraído y casi me da una lipotimia. Enfrente, mirando su teléfono, estaba un señor muy parecido a Tom Waits. Obviamente no lo era y estaba, además, mucho más aseadito de lo que pudiera esperarse en el original. Pero los dos primeros milisegundos me quedé con la boca abierta. He visto algunas personas conocidas por la calle. En mi primera visita, José Luis Cuerda pasó a nuestro lado por la calle. Hace más de un año, estaba un día en el café Gijón y en una mesa cercana estaba un grupo grande en el que se encontraba Fernando Sánchez Dragó. Hace poco quedé un día para comer con una amiga que vive allí y en el mismo local, en una mesa cercana, comía discretamente Antonia San Juan. A Paco León lo vi un día venir por la calle Princesa, cruzar el paso de peatones y seguir por la plaza de España. El pasado 7 de diciembre fui a los Renoir de Plaza de España por la tarde, a ver La asesina, de Hou Hsiao-hsien. Mientras hacía cola para la taquilla, entró en el cine y se puso en la cola Javier Ocaña, el crítico de cine. Vería otra película, porque no lo vi en mi sala. Sólo sé que su película duraba lo mismo que la mía, porque cuando terminé fui al servicio y allí estaba, haciendo uso del urinario.

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15. El paseo más largo que he dado en Madrid a pie comenzó al salir de la estación de tren de Atocha. Subí por la calle Atocha, luego la calle de la Magdalena, la plaza de Tirso de Molina, la plaza de la Paja (que tenía mucho interés en visitar, porque allí se rodó parte de una película que me encanta, La torre de los siete jorobados, de Edgar Neville), la plaza del Cordón (donde creo que Almodóvar situó el desenlace de La ley del deseo), la plaza de la Villa, la calle Mayor, Palacio Real, jardines de Sabatini, plaza de España, Gran Vía, Alcalá, paseo del Prado hacia abajo y luego carrera de San Jerónimo hacia arriba, hasta la Puerta del Sol, donde me esperaban.

Plaza de la Paja

16. Hace poco, salía de visitar el museo Thyssen y unas turistas me preguntaron en inglés por un lugar que no identifiqué. Les pedí que me lo repitieran y lo que decían sonaba como “ffreiddo”. Por un momento me acordé del hermano de Michael Corleone. Luego me di cuenta de que preguntaban por el museo del Prado. Está muy cerca, casi enfrente, así que no me costó indicarles el camino. Hace menos tiempo todavía, yendo por los túneles de la estación de Cuatro Caminos, una mujer oriental me paró para preguntarme por otro lugar que, nuevamente, no conseguía identificar. No sé cuántas veces intentamos entendernos hasta que me di cuenta de que preguntaba por la estación de Chamartín. Para eso tenía que coger la línea celeste de metro, en vez de la circular, que era hacia donde iba. La encaminé hacia donde necesitaba y me fui a mi andén. En uno y otro caso me di cuenta con cierto gusto de que todo había cambiado mucho, empezando por mí mismo, desde que en 2001 crucé un paso de peatones por la Castellana, impresionado por la cantidad de carriles, contándolos mentalmente.

Yendo a Madrid

17. Cada vez que voy, con independencia del medio en que haya llegado, cuando pongo un pie en suelo madrileño me digo a mí mismo como un acto reflejo “Madrid, Madrid” y me suena como si fuera una promesa, un deseo, una premonición.

EL CINE QUE VIMOS EN 2015

Aquí estamos de nuevo. Con distintos títulos y formatos y en distintos foros, es mi séptimo comentario de final de año. He preferido retomar el título original de los primeros de ellos. Como he contado en alguna ocasión, fue un título improvisado y nunca me gustó. Pero algunas amistades me transmitieron con reiteración su impresión de que era un título reconocible y que, además, repetí varias veces. Tienen razón.

Sin más, pongo la relación de las diez películas que más me han gustado este año, por orden alfabético, y luego añado algún pequeño matiz en lo que me ha parecido procedente.

1) LA ACADEMIA DE LAS MUSAS de José Luis Guerín (España)

La academia de las musas

2) AMAR, BEBER Y CANTAR de Alain Resnais (Francia)

Amar, beber y cantar

3) LA ASESINA de Hou Hsiao-Hsien (Taiwán)

La asesina

4) BOYHOOD de Richard Linklater (Estados Unidos)

Boyhood

5) EL CONGRESO de Ari Folman (Israel)

El congreso

6) LOS EXILIADOS ROMÁNTICOS de Jonás Trueba (España)

Los exiliados románticos

7) PHOENIX de Christian Petzold (Alemania)

Phoenix

8) PURO VICIO de Paul Thomas Anderson (Estados Unidos)

Puro vicio

9) TRES CORAZONES de Benoît Jacquot (Francia)

Tres corazones

10) VIAJE A SILS MARIA de Olivier Assayas (Francia)

Viaje a Sils Maria

Que recuerde, ha sido el año en que más películas buenas se han quedado fuera de la selección. Alguno hubo en que me dieron ganas de dejar el top 10 en un top 7 o top 8 y terminé rellenando el cupo. En éste, lamento que El año más violento o Irrational man, por ejemplo, se hayan quedado fuera.

La academia de las musas no se ha estrenado comercialmente en cines en el 2015, aunque está previsto que lo sea el 1 de enero de 2016. Es decir, probablemente estará estrenada cuando ustedes lean este comentario. La incluyo este año porque tuve la oportunidad de verla en diciembre.

Amar, beber y cantar. Preciosa despedida y preciosa recomendación vital de Alain Resnais. A veces el contexto lo es todo y yo quedé encantado con esta película, con su alegría desenfadada, con su topito entre la hierba y con todo lo que luego leí sobre ella al salir.

La asesina. Perdonen ustedes que cambie el título con el que se está exhibiendo en España, pero no veo motivos para llamarla The assassin. O la nombramos por su sentido en español o empezamos a estudiar lenguas orientales como posesos. No es una película fácil si la ve uno desprevenido y no la recomendaría como primera toma de contacto con Hou Hsiao-Hsien. A cambio, resiste perfectamente sucesivos visionados y lecturas, debates y comentarios. Me pareció austera, bressoniana y personalísima en su historia contada entre jirones desgarrados del tiempo.

Boyhood y El congreso. Soy consciente de que se estrenaron comercialmente el año anterior, pero no las vi hasta éste y, por unos meses de desfase, me parecía una pena no haber podido incluirlas en 2014 y tener que obviarlas en 2015.

Los exiliados románticos. La vi dos veces, en dos ciudades diferentes, y las dos terminé con el mismo pensamiento en la cabeza: “ojalá que sí”. Escribí sobre ella en el blog. Me sigue pareciendo paradójico que la escena más comentada de esta película recuerde tanto, tanto al momento cumbre de Todas las canciones hablan de mí, la primera de Jonás Trueba. La diferencia es que donde Todas las canciones elegía atrapar la emoción del momento, de un modo algo idealizado, Los exiliados elige darle continuidad, quizá con más realismo, y nos da a conocer la respuesta negativa a cierta pregunta. Como escena en sí, prefiero el pálpito de la de Todas las canciones, pero en su conjunto Los exiliados románticos me parece más madura desde cualquier punto de vista.

Phoenix y Tres corazones. Contemplo con estupor la indiferencia con que parecen haberse recibido estas dos películas. Me limito a dejar constancia de mi gusto por ambas. Quizá las dos siguen un itinerario argumental que exige un cierto acto de fe por parte del espectador. No veo ningún inconveniente en poner esa fe si la película tiene otros méritos y ambas tienen maravillosos actores y atmósfera. Phoenix, además, tiene la escena final que más me ha gustado este año. Nadie que la haya visto podrá discutir la intensidad de ese momento.

Puro vicio y Viaje a Sils Maria. Dos películas que dividieron opiniones entre partidarios y enemigos. La primera queda como mi preferida de P.T. Anderson, del que no era demasiado fan. La presencia de Assayas, sin embargo, empieza a ser habitual en mi selección de final de año.

Finalmente, no quiero dejar de indicar que la película que más huella me ha dejado en 2015 no está en esta lista. Se trata de Nubes dispersas de Mikio Naruse, de 1967. La vi en DVD y queda como mi descubrimiento cinematográfico del año y una de mis películas preferidas para siempre. Que no esté en la lista es una cuestión meramente cronológica. Salvo las excepciones específicamente indicadas, con sus motivos, sólo están películas estrenadas en 2015.

Pero, si aman el cine, háganse un favor y busquen Nubes dispersas. Es de diez.

Nos seguiremos viendo un año más. ¡Feliz 2016!

POR EL CAMINO DE INNISFREE

 

Un homenaje a El hombre tranquilo (1952), de John Ford

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Hace tiempo que estoy enfrascado en la lectura, alternando con otras cosas, de En busca del tiempo perdido, la novela de Marcel Proust, y me pregunto si es por eso que en cada película que veo o libro que leo me parece detectar implícita una cierta idea de vuelta a los orígenes. En el caso de El hombre tranquilo no son imaginaciones mías. Trata de un hombre que regresa a la tierra en la que nació y vivió de niño. El retorno es doble, pues fue además un proyecto largamente acariciado por John Ford, que deseaba homenajear la que era su propia tierra irlandesa de origen.

Además de sobre el regreso, también es una película de exaltación de la comunidad (y el sentimiento de pertenencia a ella) e, incluso, del amor y de la vida. Sencillamente resumida, la película se ambienta en algún momento de los años 20 ó 30 del pasado siglo y cuenta el regreso de Sean Thornton (John Wayne) desde Estados Unidos al pequeño pueblecito irlandés de Innisfree, donde nació. Cómo allí se enamora de Mary Kate Danaher, interpretada por una Maureen O’Hara de impresionante belleza pelirroja que la colorida fotografía ya se preocupa de realzar. Y cómo Sean Thornton, el hombre tranquilo, debe aprender a soportar el peso de los ritos y tradiciones de la comunidad (tales como las gestiones y triquiñuelas de los casamenteros intermediarios, los tiempos del cortejo, la importancia de la dote, etc.) para integrarse en ella y para poder casarse y convivir con Mary Kate.

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Para el recuerdo de quienes la hayan visto quedará la primera aparición de Maureen O’Hara en la película, cuando John Wayne está llegando al pueblo desde la estación, se detiene en un puente a observar el paisaje y entre las verdes praderas aparece el pelo rojo encendido de Maureen, que pastorea unas ovejas. Es una imagen con una luz casi celestial, como de una aparición sobrenatural, y de un contraste de colores fuertes que no sé si será impresionista pero deja una impresión imborrable.

Cada cual tendrá su opinión sobre cuál pueda ser la mejor película del abuelo Ford, pero, sea ésta u otra, El hombre tranquilo es indudablemente la película suya con cuyo visionado más se disfruta. Está contada con un toque de comedia deliciosa, que no almibarada, y con este sentido puede entenderse, por ejemplo, el episodio en que uno de los lugareños observa el lecho nupcial roto a la mañana siguiente de la boda y, creyendo equivocadamente que ha sido consecuencia de los ardores del personaje de John Wayne en la noche de bodas, dice para sí: “impetuoso, homérico”.

Dos veces más vuelve el mismo personaje a pronunciar la palabra homérico para referirse al protagonista, una al inicio de la gran pelea final (¡nueve minutos de escena!) entre Sean Thornton y su cuñado, Will Danaher, y la otra durante el trascurso de la misma. E, intenciones cómicas aparte, el protagonista es también homérico, por Homero, en un sentido literal, en la medida en que regresa a casa tras una larga odisea. La diferencia es que a él no lo espera una paciente Penélope que teje y desteje, sino una fierecilla sin domar, la pelirroja Maureen O’Hara.

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Y la palabra impetuoso, que desmiente al tranquilo del título, no desentona en dos de las escenas más impetuosas de la película. Se trata de dos de las aproximaciones románticas y el ímpetu viene tanto por la tensión entre los personajes como por la furia telúrica que parecen desatar, los elementos, el viento, la lluvia. Uno de ellos es el famosísimo primer beso, dentro de la cabaña, cuando de repente se levanta un viento huracanado que agita el pelo y la falta de Maureen O’Hara, mientras John Wayne le tira del brazo para atraerla hacia sí y besarla. Si no han visto la película, pero les suena la escena, tal vez sea por el homenaje que le hizo Spielberg. Es la escena que ET, el extraterrestre, ve en televisión cuando se emborracha y la que hace que el pequeño Elliot bese a una niña rubia de su clase. El otro momento de ímpetu de los elementos en El hombre tranquilo es el del primer día que la pareja comparte como novios formales, en que llegan a un cementerio y se desata una lluvia que los empapa.

Los pequeños avances en el romance los utiliza Ford para pintar el paisaje de fondo de la comunidad de Innisfree. Una pintura amable y llena de tolerancia, quizás irreal, idealizada con un empeño que sólo puede ser deliberado. Con el estilo que era característico en su director, elíptico y alusivo cuando quería, pero también aficionado a las digresiones, ahí están las discusiones entre los maquinistas del tren para dar al forastero las últimas indicaciones para llegar. La visita a la taberna del pueblo, como lugar ineludible para obtener el beneplácito de las primeras amistades. Un retrato de la emigración irlandesa a los Estados Unidos a principios del siglo XX, que no hace falta subrayar para que se deje notar. Las dos comunidades, la católica y la protestante, cada una con su iglesia y sus feligreses, cohabitando aquí con absoluta armonía y colaboración. La presencia del IRA, que se apunta sin mucho hincapié por sus miembros vestidos con camisa azul. El gaélico, como la lengua que emplea Mary Kate para contarle al sacerdote católico los problemas conyugales que no quiere expresar en inglés.

Cuentan las crónicas que el rodaje fue entre amigos, en un ambiente familiar. Amigos eran John Ford, John Wayne y Maureen O’Hara, desde luego, y parte del reparto la componen actores de reparto habituales de las películas de Ford. Y la alusión a la familia hay que entenderla aquí en un sentido literal. Entre los figurantes intervinieron al menos algunos hijos de John Wayne y hermanos de Maureen O’Hara. Y un entrañable ancianito barbudo, el que está en el lecho de muerte pero que se reanima al oír en la calle el fragor de la pelea final y se viste y sale corriendo bastón en mano para ir a verla, era un hermano de John Ford.

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Cuando se dio a conocer el fallecimiento de Maureen O’Hara, se dijo a los medios que había muerto escuchando la banda sonora de esta película. Es difícil creer que sea cierto, pero me gustaría pensarlo porque es una maravillosa anécdota que no desentona nada en medio del halo de gracia y encanto que impregna El hombre tranquilo.

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“LOS EXILIADOS ROMÁNTICOS” de Jonás Trueba

“Mejor me levanto y salgo de este estéril letargo”.
Oda al amor efímero, canción de Tulsa

Una cuestión previa: lamento la mala impresión que en algunas personas producen las películas de Jonás Trueba, lo que sin querer obliga a un estilo de comentario que no me gusta, el de quien escribe a la defensiva, como si fuera una de las partes de un proceso judicial y tuviera que convencer a un juez. Como si las películas acarrearan consigo la obligación ineludible de tomar partido y sólo existieran el blanco y el negro como opción. Obligación que en muchos casos, y desde luego en el de Los exiliados románticos, es absolutamente ajena a la propia película. Pocas habrá menos imperativas.

Sin embargo, sí es una película a la que se ha presentado de una manera un poco condicionada, encasillada por la prensa como afrancesada y rohmeriana en lo que me parece un lugar común más o menos cierto pero demasiado facilón. Que a Jonás Trueba le gusta una cierta tendencia del cine francés salta a la vista en las entrevistas que se le hacen cada vez que presenta una película. Que la sombra de Rohmer es muy alargada en el cine francés y que a Trueba (a todos los Trueba, en realidad) parece gustarle también es cierto. Lo que no creo es que Los exiliados románticos haya nacido con la pretensión deliberada de buscar filiaciones con los referentes cinéfilos, ni de emparentarse de antemano con los veranos rohmerianos, ni tampoco de quedarse encorsetada por ellos.

No puedo imaginar una película menos preconcebida y más libre que ésta, que se rodó un tanto al azar o, como dicen en los títulos de crédito, sobre la marcha. Como sobre la marcha iremos comprendiendo los espectadores quiénes son sus tres protagonistas y con qué propósito una mañana de finales de verano se levantan y salen de su estéril letargo, cargan una furgoneta y emprenden un viaje por carretera en dirección a Francia que, a lo largo de varios días, les lleva a parar en Toulouse, París y Annecy.

Los exiliados románticos tiene una narración relajada y gozosa, de película vacacional, de finales de agosto y principios de septiembre, parecido a como ocurría con My blueberry nights, de Wong Kar-wai, que también tenía el amor o el desamor como detonante de un viaje de búsqueda. Son películas diferentes, tampoco me hagan mucho caso. La de Wong Kar-wai es poco manierista, para lo que suele hacer. La de Jonás Trueba es decididamente una película viva, que parece respirar por sí misma, sin moldes ni manierismos, mientras cuenta el viaje de tres amigos y las sucesivas paradas, cada una de ellas para que uno de los tres chicos se encuentre con una chica con la que alguna situación romántica quedó pendiente quizás de nacer, quizás de acabar, quizás de aclararse, quizás de decidirse o declararse.

Con una duración que se hace corta de setenta minutos, casi de cine experimental (y es de agradecer su concisión, tanto como su falta de énfasis y de rellenos), la película está muy bien medida para haber sido rodada sobre la marcha: tiene varios tiempos muertos, algunas conversaciones en la furgoneta, varias escenas de encuentros y desencuentros de parejas y una escena larga de cena y conversación de grupo. Y, como signo de puntuación, en cada parada asisten a una actuación de Miren Iza, la cantante de Tulsa, que sigue un recorrido paralelo al de los muchachos hasta una curiosa escena musical cerca del final, una especie de celebración de la complicidad despreocupada dentro de la furgoneta.

Señalo algunos momentos que me gustan: la llegada con la furgoneta a Toulouse, en que recorren algunas calles ya atardeciendo y se encienden los farolillos de la iluminación nocturna en la calle. A saber si salió así por casualidad o se preparó a propósito, pero me recordó que en Al final de la escapada hay un maravilloso plano de Belmondo por la calle en que de repente se iluminan las farolas parisinas. Detalles así son nimios e intrascendentes desde una perspectiva argumental, pero hacen pensar en la capacidad del cine para atrapar el pálpito de la vida.

Me gusta que las apariciones de Miren Iza se hayan rodado cada una de las tres de una manera diferente, lo que desmiente cualquier atisbo de ventajismo, aturrullamiento o falta de esmero en el rodaje sobre la marcha.

Y también son diferentes, en el contenido y en la forma, los encuentros chico-chica que puntean la película. Uno de ellos gira alrededor de un relato de Natalia Ginzburg que corrí a buscar en una librería al día siguiente de ver la película. Algo que te gusta que te lleva a interesarte por algo que desconoces.

Por cierto, que otro de los encuentros, sobre el que más se ha escrito, está lleno de encanto y se ve con una media sonrisa en la cara, pero no sorprende tanto si se piensa en una escena casi idéntica, a su modo, que se encuentra en Todas las canciones hablan de mí, la que fue primera película de Jonás Trueba.

Cerca del final, un amigo le dice a otro que se ha sentido vivo y todo en la película parece contagiado de esa liviandad que la impulsa hacia adelante. Estamos vivos, lo que nos permite tomar decisiones y salir del estéril letargo del que habla la canción. Y mientras tomamos decisiones seguimos yendo hacia adelante y seguimos vivos. Algo así pensaba cuando, mientras rumiaba este comentario en la cabeza, oí una entrevista en la radio a un escritor que desconocía, el poeta Javier Rodríguez Marcos, de quien reprodujeron un verso que, aunque no haya sido así, podría haber sido escrito para la película, o ésta haberse desarrollado a partir de la lectura del verso:

“¿Recuerdas lo felices que fuimos
el verano de nuestra inmortalidad?”