PELÍCULAS DE WOODY ALLEN QUE ME ENTUSIASMAN

ANNIE HALL (1977)

Allen 1977 Annie Hall

MANHATTAN (1979)

Allen 1979 Manhattan

ZELIG (1983)

Allen 1983 Zelig

HANNAH Y SUS HERMANAS (Hannah and her sisters, 1986)

Allen 1986 Hannah y sus hermanas

DELITOS Y FALTAS (Crimes and misdemeanors, 1989)

Allen 1989 Delitos y faltas

DESMONTANDO A HARRY (Deconstructing Harry, 1997)

Allen 1997 Desmontando a Harry

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Gatitos y Mikio Naruse: «El relámpago»

La presencia de gatos es muy frecuente en las películas de Mikio Naruse. Gatitos pequeños y juguetones casi siempre. Tengo algunos guardados y recuerdo de otros más que no llegué a guardar, pero que intentaré rescatar en alguna ocasión.

Dejo hoy constancia del simpático minino que aparece varias veces en «El relámpago» («Inazuma», 1952), la adaptación de Naruse de la novela de Fumiko Hayashi. La película, por cierto, es genial. La novela no la he leído y no me consta que esté traducida al español.

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PELÍCULAS DEL SIGLO XXI

La revista Cinemanía ha hecho una lista de las mejores películas desde el año 2001, incluido, en adelante. Ofrezco la que hubiese enviado hoy, de ser colaborador de esa revista.

1. Los amantes habituales (Philippe Garrel)

2. Two lovers (James Gray)

3. Mulholland Drive (David Lynch)

4. Boyhood (Richard Linklater)

5. Tres recuerdos de mi juventud (Arnaud Desplechin)

6. Paterson (Jim Jarmusch)

7. La venganza de una mujer (Rita Azevedo Gomes)

8. The day after (Hong Sang-soo)

9. Millennium mambo (Hou Hsiao-hsien)

10. Tabú (Miguel Gomes)

11. La noche es nuestra (James Gray)

12. El Havre (Aki Kaurismäki)

13. Un sol interior (Claire Denis)

14. Yuki y Nina (Nobuhiro Suwa)

15. Million dollar baby (Clint Eastwood)

16. Flores rotas (Jim Jarmusch)

17. El padre de mis hijos (Mia Hansen-Løve)

18. Un amor de juventud (Mia Hansen-Løve)

19. La reconquista (Jonás Trueba)

20. El intercambio (Clint Eastwood)

21. Las horas del verano (Olivier Assayas)

LA MIRADA DE CLAUDE SAUTET

Algunas fotografías de las tres películas finales de Claude Sautet, una escena de cada una. He escogido momentos cuyo sentido me parece muy próximo, pues los tres se basan en un intercambio de miradas y renuncias.

Quelques jours avec moi (1988). Nunca se estrenó en España. En Filmaffinity le dan un título español de Unos días conmigo.

Quelques jours avec moi 1Quelques jours avec moi 2Quelques jours avec moi 3Quelques jours avec moi 4

 

Un corazón en invierno (1992)

Un corazón en invierno 2Un corazón en invierno 3Un corazón en invierno 4Un corazón en invierno 5

Nelly y el señor Arnaud (1995)

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UNA PRESENTACIÓN DE PHILIPPE GARREL

Buenas tardes a todos.

Quería comenzar expresando mi agradecimiento al cineclub y especialmente a Gabi, que es con quien he hablado, por la oportunidad de presentar la película de hoy, Amante por un día, del director francés Philippe Garrel.  Me gusta mucho y desde hace muchos años el cine de Philippe Garrel, así que como cinéfilo me siento hoy muy afortunado de poder compartir mi afición con otras personas.  Lo que a mí me gustaría con esta presentación es transmitirles lo afortunados que somos hoy todos por poder ver en una pantalla de cine una película de Garrel.  Quizás para explicarles lo que quiero decir con esto, antes de hablar de la película en concreto, tendría que hacer un pequeño repaso previo y contarles quién es Philippe Garrel, qué películas ha hecho y qué importancia tienen para el conjunto de la cinefilia mundial y para la historia del cine.

Hablaba de la oportunidad y de la suerte.  Amante por un día es la segunda película de Philippe Garrel que se estrena en cine en España.  La anterior en exhibirse fue Un verano ardiente, que se estrenó en 2013, con dos años de retraso y sólo porque Monica Bellucci era una de las actrices y no por ninguna otra consideración sobre Garrel.  Sólo se había estrenado esa película antes y dirán ustedes “bueno, bien”, y yo les responderé “no, muy mal”.  Porque Philippe Garrel no es ningún desconocido, ningún recién llegado, ni ningún joven valor pendiente de madurar.  Para mí, sin exagerar, es de los dos o tres directores de cine vivos en activo más importantes que hay.

Philippe Garrel nació en 1948, tiene setenta años ya cumplidos y lleva desde 1964 haciendo películas.  Cincuenta y cuatro años en activo.  Entre cortometrajes, largometrajes y algún documental, más de treinta películas.  Y ahora Amante por un día es la segunda que se estrena en España.  Por eso es una suerte la que tenemos hoy, porque lo normal es que sus películas no se estrenen y que quienes queramos verlas tengamos que buscarnos la vida.  Dije antes que empezó en 1964, tenía dieciséis años.  En realidad, se cree que hubo un cortometraje aún anterior que luego él consideró apropiado retirar de la circulación, del que no se volvió a saber más y que no suele citarse al enumerar sus películas.  Su primera obra disponible hoy fue un cortometraje, Les enfants désaccordés (“los hijos en desacuerdo”), una preciosa historia de quince minutos sobre una pareja de adolescentes que se aman, que bailan, que corren, que son rebeldes, que se fugan, una historia contada con un apasionamiento un poco loco, pero que deja una impresión muy, muy auténtica.

Philippe Garrel, ya desde tan jovencito, tuvo siempre una conciencia muy fuerte de querer ser un artista.  Lo primero por lo que él se interesó fue por la pintura, durante su adolescencia, y lo dejó cuando quedó convencido de que era muy malo como pintor, según ha contado alguna vez.  Ha sido un hombre también muy interesado por la poesía.  Él seguramente no la ha practicado, pero le queda un poco de la huella de ese interés.  Si se fijan en los títulos de sus películas, suelen ser muy poéticos.  Por ejemplo, El viento de la noche, Les baisers de secours (que podríamos traducir como “los besos de socorro”, “los besos de auxilio” o “los besos de rescate”) o El hijo secreto, aunque este último título, de una de sus mejores películas, no es en realidad original suyo, sino que está tomado de una canción de Juliette Gréco.

Aparte de esa conciencia tan acusada de ser un artista, Garrel tiene también un sentido muy acusado de ser un superviviente.  De hecho, los personajes de las películas de Garrel normalmente son de dos tipos: o son supervivientes o son fantasmas, espectros.  Normalmente, no son fantasmas en un sentido sobrenatural, aunque en alguna ocasión también han aparecido fantasmas o apariciones en sus películas.  Pero es que en su cine es muy palpable la huella que dejan las personas que se van, la huella de la ausencia, el peso de las sombras.  Algunas de sus películas están reconocidamente inspiradas en el recuerdo de personas que él conoció, que murieron, y parecen hechas para convocar su presencia de nuevo.  Algunas de las personas, amistades, amores, que más marcaron a Garrel fallecieron a una edad muy temprana y de una manera trágica.

Para entenderlo bien, hay que contar algunas cosas.  Ahora que recordamos los cincuenta años de Mayo del 68, Garrel es un hombre muy marcado por la sensación de fracaso tras el Mayo del 68, por el fracaso de la revolución, por así decir, por el fracaso de la utopía, el derrumbe de los ideales.  Su visión de lo que fue Mayo del 68, para quien le pueda interesar, la dio en El viento de la noche, de manera algo secundaria respecto de la trama de esa película, y sobre todo en una película posterior, Los amantes habituales, una de mis preferidas suyas.

Y luego, en el aspecto personal y sentimental, Garrel tuvo una relación sentimental con Nico, la modelo alemana, musa y actriz en alguna de las películas de Andy Warhol, como Chelsea girls, cantante de la Velvet Underground, y que había tenido un hijo con Alain Delon que éste se había negado a reconocer.  La relación de Garrel y Nico muy larga, desde que se conocieron a finales de los años sesenta hasta aproximadamente finales de los años setenta, aunque tuvieron sus intermitencias, separaciones y reconciliaciones.  Fue una relación marcada por la adicción a la heroína por parte de ambos.  Hay ahí también un episodio un poco oscuro, de una ocasión en que a finales de los sesenta o principios de los setenta Garrel sufrió un brote de alguna inestabilidad mental o enfermedad mental cuya naturaleza desconozco, fue internado en una clínica psiquiátrica y sometido a tratamiento de electrochoques.  Es un episodio de su vida que es importante conocer, porque luego él mismo lo ha reflejado en alguna de sus películas, quizás especialmente en El hijo secreto.  La relación con Nico, en conjunto, también la ha reflejado en muchas de sus películas, a veces de manera muy directa, a veces de manera más circunstancial.  Algunas de ellas se las ha dedicado expresamente, como J’entends plus la guitare.  Nico, por cierto, murió en 1988, en Ibiza.

Como digo, en su relación con Nico hubo intermitencias.  A mediados de los años setenta, Garrel tuvo también una más breve relación con Jean Seberg, una actriz americana que había intervenido en Al final de la escapada, la primera película de Jean Luc Godard, que había trabajado varias veces con Otto Preminger, que había hecho Lilith, una película de Robert Rossen con Warren Beatty.  Jean Seberg tenía también sus propios problemas anímicos e inestabilidades emocionales y apareció muerta, se cree que suicidada, en 1979.  La relación con Jean Seberg también ha aparecido en cierto modo en muchas de sus películas.  Por ejemplo, en un cortometraje de 1984 llamado Rue Fontaine (“la calle Fontaine”) o en la película La frontera del alba.

Recapitulando, llevamos el fracaso de Mayo del 68, la adicción a la heroína, electrochoques, la relación con Nico larga y difícil, finalmente fallida, la muerte de Nico, el suicidio de Jean Seberg.

Y ahora hablo de Jean Eustache.  Jean Eustache fue un director de cine, diez años mayor que Garrel, pero con el que tuvo relación de amistad y cuyas películas Garrel admiraba.  Muy especialmente, una de ellas, La mamá y la puta, de 1973, una de las películas más importantes del cine francés, que precisamente recoge la sensación de fracaso y desencanto que sobrevino para una cierta juventud después de Mayo del 68.  Resumiendo, les diré que a Jean Eustache, a partir de cierto momento de su carrera, le fue difícil seguir rodando, no encontraba quien financiara sus proyectos, tuvo también problemas serios de salud y en 1981, con cuarenta y tres años, se suicidó de un tiro.  En una película de Garrel de 1993, El nacimiento del amor, van dos personajes caminando por la calle, uno de ellos de repente se para, mira hacia arriba y dice “Mira, la ventana de la habitación donde Jean se pegó un tiro”, y sigue luego la acción de la película.  Es el homenaje que le hizo Garrel a Jean Eustache.  Uno de ellos, porque le ha hecho varios más.

Garrel, como se habrán ido dando cuenta, ha hablado mucho en su cine de cosas de su vida, de las mujeres a las que amó, de los amigos que tuvo, de los que ya no están, de los que murieron o se suicidaron, y ha utilizado con frecuencia el cine para traer de nuevo su recuerdo al presente.  En la película que vamos a ver hoy, Amante por un día, esto ya no es así.  Se reconocen sus temas, se reconoce su estilo, pero los hechos del argumento no son tan fácilmente relacionables con episodios de su vida que conozcamos.  Aunque quizá es pronto para decirlo, da la impresión de que está dejando de hacer películas como hacía antes, como si fueran capítulos que necesitaba contar de su propia vida.

Y, ahora sí, entrando en Amante por un día, es una película que se estrenó en el festival de Cannes de 2017, o sea, que ya llega aquí con un año de retraso.  La película tiene tres personajes protagonistas.  Un profesor de filosofía de unos cincuenta y algo años.  Una chica de veinte años, alumna suya, con la que tiene una relación a escondidas de otros alumnos y profesores.  Y, por último, una hija del profesor, también de veinte años, la misma edad de la amante, que al principio de la película se ha separado de su novio y acude a la casa del padre.  En ese momento descubre la relación del padre y de la otra chica, que ella desconocía.

La película pone en escena las relaciones que se tejen entre los tres personajes y refleja cómo los sentimientos y los estados de ánimo entre ellos van cambiando estas relaciones en la misma medida en que oscilan los propios sentimientos.  Entre las dos chicas de la misma edad hay al principio una cierta tensión, incluso algo de rivalidad, que luego va dando paso a una relación de amistad y de transparencia entre ellas muy bonita y que Garrel refleja con mucho respeto y mucha sensibilidad.  Entre el profesor y su amante, se refleja su relación de pareja y cómo esta relación va cambiando según aparece en ellos el deseo por otras personas, la posibilidad de las infidelidades y según cómo gestiona cada uno de ellos este deseo.  Y luego, para mi gusto, no soy neutral y confesaré que la relación entre el profesor y su hija para mí es la más bonita de la película.

El papel de la hija está interpretado por Esther Garrel, la hija de Philippe Garrel.  Hay momentos en que la película parece estar pensada casi para poder trabajar con la hija, casi como un regalo hacia ella.  En una entrevista, Garrel tuvo una manera muy bonita de explicarlo diciendo que, para él, Amante por un día era como el caso de un pintor que le hace un dibujito a un hijo pequeño.

No es la primera vez que Esther Garrel sale en una película de su padre, sino la tercera.  Ya antes había tenido un papel secundario en una película de 2013, La jalousie (“la celosía” o “los celos”), y lo más curioso es que había aparecido por primera vez en una película de 2001, Salvaje inocencia.  En esa película, hay un momento en que se está rodando una película dentro de la propia película, se ven los decorados, los técnicos, y hay un brevísimo plano en que un asistente se acerca a una niña de ocho años que está jugando por ahí y le dice “Esther, cuando empecemos a rodar te tienes que marchar”.  Esa niña era Esther Garrel, con ocho años, haciendo un cameo en una película de su padre.

Cosas sobre las que creo que merece la pena llamarles la atención.  Pues que es una película de Garrel muy buena.  Si hay alguien por aquí que conozca ya su cine, ya sabe más o menos lo que va a ver y no saldrá defraudado.  Y, si es la primera película suya que ven, pues tienen suerte porque es muy buena película para iniciarse en su cine.

Es una película muy hablada, hay mucho diálogo, pero es también una película muy introspectiva.  El propio Garrel, si lo ven ustedes en alguna entrevista o en algún vídeo, es un hombre muy introspectivo, muy taciturno.  Quienes han trabajado con él describen que es un hombre muy correcto de trato, pero que vive muy encerrado dentro de sí.

Es una película en la que importa mucho la fisicidad de las cosas, el modo en que los personajes se tocan (hay primeros planos de manos entrelazadas, algo que hace mucho, casi siempre hay algún plano así en sus películas); el modo en que los personajes lloran (se llora mucho en sus películas y el llanto no es desmelenado o melodramático, pero se aprecia mucho la textura de las lágrimas, como corren por las mejillas para abajo, lo suele hacer así esto también); el modo en que saca los primeros planos de los actores y, sobre todo, de las actrices.  Garrel tiene gran afición al cine mudo y de ahí le viene esa fijación por los rostros de sus actores y, sobre todo, sus actrices.  Ya lo verán, como hay veces que casi parece que detiene la película; hace un primer plano que dura varios minutos y es como si estuviera simplemente mirando a la actriz de una manera muy intensa, con la película detenida, y luego la película sigue.

La película tiene un sentido del ritmo muy trabajado.  Es muy corta, hora y cuarto, eso lo primero.  Y luego que alterna de un modo muy característico escenas de día y de noche, escenas de interiores y exteriores, escenas con personajes hablando sentados a una mesa o tumbados en la cama con escenas de los personajes caminando por la calle.  Seguramente no lo aprecien ustedes mucho, porque la película es muy sutil, pero es una alternancia muy trabajada: día, noche, día, noche, interior, exterior, interior, exterior, quietos, caminando, quietos, caminando.

Hay una escena también muy llamativa y es algo que Garrel está haciendo mucho desde hace un tiempo y es una escena con una canción y los personajes bailando.  Esto no es mero relleno.  El modo en que los personajes se mueven entre sí importa mucho, lo que la escena nos dice de cómo se desenvuelven, y luego cómo la dinámica entre los personajes ha cambiado para el resto de la película a partir de esa escena.  En su película de 2011, Un verano ardiente, utilizó en una secuencia una canción llamada Truth begins (“la verdad comienza”), y uno tiene la sensación, viendo ese tipo de escenas en las películas de Garrel, de que a partir de ellas y para el resto de la película es cuando la verdad comienza.

La fotografía, en blanco y negro, está muy trabajada.  Garrel se desenvuelve muy bien en el blanco y negro, para mi gusto mucho mejor que con el color.  Verán ustedes que la imagen está muy contrastada, en las escenas con luz, en las paredes, en exteriores, el blanco es muy blanco, y en las escenas de sombras el negro es muy negro.  Es una película rodada en celuloide, en 35 milímetros.  Que es como se había hecho siempre, pero que ya casi no se hace.  La mayoría de las películas se ruedan en digital, pero Garrel sigue ahí, resistiendo, e incluso ha dicho en alguna ocasión que si le obligan a rodar en digital no volverá a hacer películas.

Por mi parte, creo que con esto lo mejor es que veamos ya la película.  Muchas gracias a todos por su atención.  Espero que la disfruten tanto como la he disfrutado yo.

Listas de 2017

Un año más, ya estamos aquí de nuevo, en este blog que desfallece de inanición pero en el que aún no he dejado de incluir la lista de películas de final de año. Un pasatiempo inofensivo al que me he vuelto a dar este año. Y más aún, porque por primera vez he decidido hacer también una lista de lecturas.

Vayamos con el cine primero. La lista pretende ser de películas de 2017 o, si acaso, de 2016 pero vistas ya en este año. Por ello, quiero comenzar diciendo que por ese motivo las seis películas que más me han impresionado, entre las vistas por primera vez, no están en la lista. Se trata de:

-As a wife, as a woman (Tsuma to shite onna to shite, 1961) y Tormento (Midareru, 1964), ambas de Mikio Naruse;

-Dos semanas en otra ciudad (Two weeks in another town, 1962), de Vincente Minnelli);

-Cara de amor (Gueule d’amour, 1937), de Jean Grémillon;

-Esther Kahn (2000), de Arnaud Desplechin;

-y Out 1: noli me tangere (1971), de Jacques Rivette.

Y ahora la lista de 2017 propiamente dicha:

1.- The day after, de Hong Sang-soo

2.- En la playa sola de noche, de Hong Sang-soo

3.- ¡Lumière! Comienza la aventura, de los hermanos Lumière y Thierry Frémaux

4.- Un sol interior, de Claire Denis

5.- Certain women, de Kelly Reichardt

6.- El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismäki

7.- Bella durmiente, de Adolfo Arrieta

8.- Lo tuyo y tú, de Hong Sang-soo

9.- Detroit, de Kathryn Bigelow

10.- Frantz, de François Ozon

11.- Felices sueños, de Marco Bellocchio

12.- Wonder wheel, de Woody Allen

13.- La chica desconocida, de los hermanos Dardenne

Lo de ordenar por preferencia es nuevo de este año. Siempre ha habido un orden, pero no me gustaba ponerlo. Si dentro de un tiempo vuelvo a ver esto, habré cambiado a favor o en contra alguna preferencia, habré visto nuevas cosas que me hubiese gustado que figurasen, etc. También es nuevo lo de no atenerme estrictamente al top ten. Pero había varias de Hong Sang-soo y ninguna merecía quedarse fuera, había dos películas que oficialmente no se estrenarán hasta 2018 (una de Hong Sang-soo y la de Claire Denis), una estrenada el año pasado y que no vi hasta éste (la de Ozon), el caso de la película de los Lumière, que podemos catalogar como de 2017 lo mismo que de 1895 y en ambos casos diríamos la verdad… Con todo eso, y como con estas trece me sentía representado, no quise ser muy estricto con que fueran diez.

Y ahora los libros, donde sólo señalé preferencias en los primeros libros. También son más de diez libros, pero porque con algunos autores he incluido varios:

1.- El mundo de ayer, de Stefan Zweig

2.- Berta Isla, de Javier Marías

3.- Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy

4.- (ya sin orden)

Carta de una desconocida y La colección invisible, de Stefan Zweig

Las cosas y Me acuerdo, de Georges Perec

Del lado del amor, de Juan Antonio González Iglesias

El gato encerrado, de Andrés Trapiello

El indiferente y otros relatos, de Marcel Proust

La levedad, de Catherine Meurisse

Proleterka, de Fleur Jaeggy

Trilogía de Nueva York, de Paul Auster

Visión de Nueva York, de Carmen Martín Gaite

«La mamá y la puta», de Jean Eustache

Hoy quería recordar la existencia de «La mamá y la puta» (1973), de Jean Eustache, una película situada en París, en algún momento a principios de los años setenta. Cuenta la historia de Alexandre, Marie y Veronika, principalmente, aunque aparecen más personajes. Alexandre vive con Marie en el apartamento de ella. Mantenido por ella, para más exactitud. Lo que no quita para que conozca por la calle a Veronika, una chica con la que inicia un continuo flirteo de ida y vuelta e intensidad variable.

Es una película larguísima, de casi cuatro horas, pero podía haber durado mucho más o, también, mucho menos. Empieza como una especie de tragicomedia de costumbres sentimentales y sexuales, muy ligada a una época muy concreta, justo después del mayo del 68 francés. Es una película muy, muy hablada. Por la calle, en los cafés, en el interior de los apartamentos, se suceden los encuentros con amigos, conocidos o amantes. Y hablan y hablan de libros y películas, pero también y sobre todo exponen muchas teorías de por qué viven como viven o de cómo habría que vivir.

Y mienten mucho, continuamente, a los demás y a ellos mismos. Porque lo que «La mamá y la puta» termina siendo en realidad es un retrato abierto en canal del dolor y desengaño de sus personajes. Eustache presta mucha atención a sus personajes y recoge sus contradicciones sin juzgarlos. Filma de manera lúcida y descarnada largas conversaciones en que se dejan intuir la hipocresía y el cinismo, quizás la falta de valor, con que envuelven su miedo… ¿a qué? ¿Quizás miedo al fracaso de las utopías sociales y personales que viven o han vivido pocos años antes?

Cuando Philippe Garrel estrenó muchos años después «Los amantes habituales», en 2005, dijo expresamente que había querido hacer una película a la manera de «La mamá y la puta». En sus palabras, más o menos aproximadas, una película que retratara a una generación, la suya, la última que en sus películas aún amaba y hablaba del amor.

Decía que Eustache prestaba atención a sus personajes y diríase también que, además, los entiende y acompaña. Como ejemplo, quería citar un plano que quien haya visto la película no habrá olvidado. Marie (Bernadette Lafont) se ha quedado sola después de una extenuante conversación. Hay una imagen mantenida de ella, tumbada en la cama, mientras suena una canción de Edith Piaf que se oye íntegra.

Una canción íntegra, porque Eustache no quería interrumpir a Marie. Filmó un plano de más de tres minutos en que no se recogía una canción, sino el acto de oír una canción por una persona anímicamente vulnerable y exhausta. Mayor pudor que ése y mayor respeto con la forma fílmica de retratarlo, pocas veces habrá dado el cine a lo largo de su historia.

 

Ilusos en la Filmoteca

Dejo una foto del cine Doré, sede de la Filmoteca Nacional. Es un cine antiguo, precioso, cerca de la parada de metro de Antón Martín. 


Hoy, 22 de febrero de 2017, se proyectaba a las cinco y media una película de Jacques Rivette que no había visto, «Alto, bajo, frágil». Me fui a verla con muchas ganas. 

Entre las mesas que hay en el vestíbulo del cine, estaba sentado Jonás Trueba, cuyas películas me gustan bastante. No me acerqué, no sé decir si por timidez o discreción. Ni tampoco me di cuenta de si entraba a la sala 1 o si estaba allí por otro motivo. Ojalá fuese, como yo, por ver uno de esos Rivette no siempre fáciles de encontrar. Le tomo prestado el título de una de sus películas: pasando la tarde en la Filmoteca con Rivette, dos ilusos del cine.

EL CINE QUE VIMOS EN 2016

Un año más, aquí estamos. Dejo constancia de lo que más me ha gustado del año, por si a alguien le puede servir para interesarse por alguna película o director, y también para mí mismo, para ordenar un poco y priorizar mis preferencias. Son películas vistas en el cine. Importante matiz, porque quizá las películas que más me han gustado, vistas por primera vez en 2016, las vi en casa. Dejo los títulos también, por si a alguien le sirven: Una mujer para dos de Ernst Lubitsch, El hijo secreto de Philippe Garrel, Duelle de Jacques Rivette y Jeanne Dielman, 23 quai du Commere, 1080 Bruxelles de Chantal Akerman.

Sin más, mi top ten de películas de 2016, por orden alfabético:

AMOR Y AMISTAD, de Whit Stillman (Irlanda)

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CAROL, de Todd Haynes (Reino Unido)

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EL CUENTO DE LA PRINCESA KAGUYA, de Isao Takahata (Japón)

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MIA MADRE, de Nanni Moretti (Italia)

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LAS MIL Y UNA NOCHES (los tres volúmenes), de Miguel Gomes (Portugal)

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NO ES MI TIPO, de Lucas Belvaux (Francia)

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PATERSON, de Jim Jarmusch (Estados Unidos)

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LA RECONQUISTA, de Jonás Trueba (España)

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SULLY, de Clint Eastwood (Estados Unidos)

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TRES RECUERDOS DE MI JUVENTUD, de Arnaud Desplechin (Francia)

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MADRID, 20 DE ENERO

1. Todo lo hago despacio. Camino despacio, como despacio, hablo despacio. En lo de caminar, la excepción es cuando estoy en Madrid. Sin darme cuenta, me voy difuminando en el paisaje y voy por las aceras o por el metro corriendo al mismo ritmo que los madrileños. Hace unos años estaba en la plaza de España, esperando que se abriera el semáforo delante del Starbucks. Cuando se puso en verde, casi eché a correr como si hubiese sonado el pistoletazo de salida y cuando ya había enfilado Gran Vía me paré y pensé que dónde demonios iba con tanta prisa, que me estaban doliendo la cadera y las ingles de forzar la zancada. Las prisas madrileñas.

2. Es 20 de enero. En el momento de escribir esta entrada, no sé si es un día de esos oscuros y dudo mucho que Madrid me parezca el sitio más triste del mundo. Al contrario.  Pero oigan esta preciosa canción mientras leen.

3. No soy madrileño, ni he vivido nunca en Madrid. Pero la he visitado una vez al año aproximadamente desde que fui la primera vez y últimamente vivo cerca. Hubo un tiempo, siendo estudiante universitario, en que quería ser abogado del Estado y estar destinado en Madrid. Ninguna de las dos cosas se cumplió, pero no me quejo. Los desvíos imprevistos me llevaron hasta personas y lugares que no hubiera podido conocer de otro modo.

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4. La primera vez que fui a Madrid fue en octubre de 2001, a pasar un fin de semana con un amigo que vivía allí. Me encantó desayunar en los VIPS, mucho menos extendidos entonces por el resto de España. La primera vez que crucé un paso de peatones en el paseo de la Castellana no pude evitar contar mentalmente el número de carriles que había en cada sentido. El domingo, antes de ir al tren de vuelta, probé mi primer bocadillo de calamares. No sé por qué, entonces me parecía que aquello era algo muy madrileño que como tal había que probar. También creía que era exclusivo de Madrid diferenciar las porras y los churros. Diferencia que, por cierto, me costó aprender, porque siempre he llamado churros a las dos cosas. Cuando era niño y en alguna película o libro ambientado en Madrid veía o leía lo de desayunar porras, me preguntaba qué demonios era eso que desayunaban los madrileños.

5. Me gustan la luz y el color del cielo que tiene Madrid en invierno. En esto no tiene la exclusiva. Viví en Sevilla un tiempo y digo lo mismo de su luz y su cielo.

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6. Me gusta el metro o, al menos, me hace gracia. Tal vez porque no lo necesito para mi vida diaria. Sólo cuando estoy de visita. Creo que los madrileños se quejan de su transporte público, pero en general es el que mejor funciona de las ciudades en que me he movido. Como decían en una canción de Ismael Serrano, me gusta observar las caras de los viajeros Sobre todo cuando van en grupo o en pareja, tiendo a matar el tiempo del trayecto imaginando cómo es la vida de las personas al verlos interactuar entre sí. Se nota que cambian los tiempos en el hecho de que en mis primeras visitas me maravillaba de que la gente pudiera leer de pie en el metro, sujetando el libro abierto con una sola mano. Ahora no leen, consultan los teléfonos. Me gustan las conversaciones que se captan en el metro. No por cotillear, sino porque me fascinan desde siempre la cantidad de eses que escucho pronunciar. Siempre sonrío por dentro, porque con mi acento es imposible pronunciar tantas eses al final de las palabras. Alguna vez he visto en el metro a personas que no estaban muy bien de la cabeza, seguramente. Una vez iba con una pequeña maleta con ruedas y me siguió hasta meterse dentro del vagón un loco que me decía educada pero insistentemente que le devolviera la picola que le había quitado, que era suya. Nunca supe qué era eso de la picola a lo que se refería. Señalaba mi maleta. Le dije que era mía y contestó que “claro, claro”. No le hice más caso, pero tampoco le quitaba ojo de encima. Le dio después por otras personas, sin más, como le había dado por mí, y se terminó yendo en alguna parada. Otra vez, a la salida de la boca de metro de Argüelles, un señor negro preguntaba a voz en grito y de manera no muy inteligible que dónde estaba Jesús Gil. No sé si su duda metafísica era con el señor Gil o si iba cambiando de personaje de vez en cuando. No me quedé tanto tiempo como para comprobarlo. Pero sí sé que la calle estaba llena en aquel momento, excepto en los alrededores del señor, que tenía un cómodo hueco abierto en torno a él. Supongo que los demás peatones tampoco tenían mucho interés en acercarse demasiado a aquel señor. En otra ocasión, un sábado por la tarde, en la estación de Metropolitano, creía que estaba solo en el andén, hasta que me di cuenta de que contra una esquina y vuelto de espaldas había un señor que, visto por detrás, parecía tener los pantalones ligeramente entreabiertos. Desde luego, la cabeza la tenía inclinada como si se mirase la bragueta. No sé qué hacía, no parecía estar orinando y, aparentemente, tampoco se masturbaba. La situación no me entusiasmaba, pero muy poco después aparecieron dos vigilantes de seguridad. Cruzaron todo el andén en dirección al señor, en un extremo. Al pasar delante de mí, los oí decir algo parecido a “ya está ahí”. Pensé que pudiera ser un habitual de la estación. Curiosa distracción, ir al metro, a un extremo de un andén, volverte contra la pared, desabrocharte el pantalón y ponerte a mirarte. No pareció haber problema. Los vigilantes se acercaron tranquilamente, hablaron con él, que reaccionó con la misma tranquilidad y todo pareció muy civilizado. Cuando llegó mi vagón, me subí y me tranquilizó mucho ver que el señor se quedaba con los vigilantes, no fuera a darle por repetir su distracción dentro del vagón.

Princesa (cerca del Corty)

7. En 2010 vino Melody Gardot a España, a Madrid, a dar un concierto en los jardines de Sabatini. Entonces vivía muy, muy lejos, mucho más lejos que Sevilla y, como me gustaba mucho la chica, rabiaba por dentro por no poder ir al concierto. Tampoco había estado nunca en los jardines de Sabatini, que me había imaginado como muy bonitos. Al leer las crónicas al día siguiente me di cuenta de que había tenido suerte con no ir. El día del concierto, a la misma hora, era algún acto de celebración por la victoria de la selección nacional de fútbol en el mundial de Sudáfrica. Resultó que el acto era en algún sitio cercano y a tal volumen que la acústica del concierto fue penosa. Unos días después, Melody Gardot dijo que había sido la actuación más difícil de su vida.

Jardines de Sabatini

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8. Nunca he vuelto a tener ocasión de ir a un concierto de Melody Gardot, pero a los jardines de Sabatini sí que terminé yendo y me parecieron preciosos. Más o menos, quedan en el eje de mi zona preferida de Madrid, que es la que pasa por delante de la catedral de la Almudena, el Palacio Real, la plaza de Oriente, la calle Bailén, los jardines de Sabatini y lleva hasta la plaza de España. Procuro ir siempre que tengo ocasión, sólo por estar por la zona.

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9. Me encantó localizar el punto exacto donde se rodaron varias escenas de Todas las canciones hablan de mí, la primera película de Jonás Trueba. Es cerca de la calle Factor y de la calle Rebeque. No sé bien en realidad dónde empiezan y terminan una y otra. Pero hay una vista impresionante. Cuando fui, sí que era un día gris y oscuro, así que las fotos que tengo no lucen. Habrá que ponerle remedio alguna vez.

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10. Tardé en decidirme, pero finalmente fui a Madrid conduciendo. Al principio, porque tuve la necesidad y luego, una vez aprendidos los accesos que necesitaba, por la comodidad de no depender de los horarios de otros medios de transporte. Lo cierto es que nunca he tenido problemas circulando allí y nervios sólo pasé al principio. Hay más tráfico que en otras ciudades, pero nada a lo que no pueda uno adaptarse. Como con el metro, soy consciente de que tal vez hablo despreocupadamente de conducir en Madrid porque no necesito hacerlo para mi vida diaria. Tal vez si lo necesitara echaría rayos y centellas por mi boca.

11. Una de las primeras cosas que hago cuando conozco una ciudad es ir a visitar El Corte Inglés. En todos los que conocí de todas las ciudades en que viví, aprendí a desenvolverme y orientarme antes o después. No sé ni cuántos establecimientos de El Corte Inglés puede haber en Madrid, pero de los que he visitado me he terminado orientando bien en la mayoría. Sólo hay una excepción que se me resiste. No sé cómo lo identifican los madrileños, pero yo lo llamo El Corte Inglés de Nuevos Ministerios, porque se puede entrar nada más salir de la boca de esa estación de metro. Cuando voy, termino encontrando lo que quiero después de dar más vueltas de las necesarias, pero a día de hoy jamás he conseguido sentirme de verdad orientado ni encaminarme a la primera hacia la sección que necesitaba.

12. Hubo un tiempo en que viajaba en avión bastante y, con frecuencia, tenía que hacer trasbordo en la T4 de Barajas. La primera vez busqué la puerta por la que tenía que embarcar y creo que me pasé horas esperando al lado sin moverme, más que para ir al servicio. En las siguientes, quise explorar la T4, que parecía tan inacabable. Pues se acaba. Llegó el momento en que iba a la T4 y, mientras veía escaparates de comercios, intentaba recordar el siguiente comercio que me iba a encontrar y lo acertaba.

Martín de los Heros

13. Me gusta muchísimo el cine. No tendría que decirlo porque, si leen esto, probablemente ya sepan que es un blog de cine. La primera vez que fui a ver una película en Madrid fue en diciembre de 2011, en los Renoir de Plaza de España. La película me pareció medianeja, pero la experiencia tuvo para mí todo el encanto de las primeras veces. Además, la calle Martín de los Heros, donde están esos cines, me era familiar porque allí estaba domiciliada una editorial a la que alguna vez antes escribí pidiendo libros que necesitaba. Hablo de mucho tiempo antes. También me encantó ver en la acera de enfrente la librería Ocho y medio, que había visto mencionar muchas veces de jovencito en las revistas de cine con las que aprendía. Esa tarde de diciembre de 2011 descubrí sobre la marcha algo que no sabía y es que en Martín de los Heros hay algunas estrellas en el suelo recordando personajes de nuestro cine, a imitación de las de Hollywood Boulevard.

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14. Una vez estaba sentado en el McDonald de al lado de la boca de metro de Atocha. Estaba en la parte de cafetería, tomando un café y un par de croissants. Levanté la vista distraído y casi me da una lipotimia. Enfrente, mirando su teléfono, estaba un señor muy parecido a Tom Waits. Obviamente no lo era y estaba, además, mucho más aseadito de lo que pudiera esperarse en el original. Pero los dos primeros milisegundos me quedé con la boca abierta. He visto algunas personas conocidas por la calle. En mi primera visita, José Luis Cuerda pasó a nuestro lado por la calle. Hace más de un año, estaba un día en el café Gijón y en una mesa cercana estaba un grupo grande en el que se encontraba Fernando Sánchez Dragó. Hace poco quedé un día para comer con una amiga que vive allí y en el mismo local, en una mesa cercana, comía discretamente Antonia San Juan. A Paco León lo vi un día venir por la calle Princesa, cruzar el paso de peatones y seguir por la plaza de España. El pasado 7 de diciembre fui a los Renoir de Plaza de España por la tarde, a ver La asesina, de Hou Hsiao-hsien. Mientras hacía cola para la taquilla, entró en el cine y se puso en la cola Javier Ocaña, el crítico de cine. Vería otra película, porque no lo vi en mi sala. Sólo sé que su película duraba lo mismo que la mía, porque cuando terminé fui al servicio y allí estaba, haciendo uso del urinario.

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15. El paseo más largo que he dado en Madrid a pie comenzó al salir de la estación de tren de Atocha. Subí por la calle Atocha, luego la calle de la Magdalena, la plaza de Tirso de Molina, la plaza de la Paja (que tenía mucho interés en visitar, porque allí se rodó parte de una película que me encanta, La torre de los siete jorobados, de Edgar Neville), la plaza del Cordón (donde creo que Almodóvar situó el desenlace de La ley del deseo), la plaza de la Villa, la calle Mayor, Palacio Real, jardines de Sabatini, plaza de España, Gran Vía, Alcalá, paseo del Prado hacia abajo y luego carrera de San Jerónimo hacia arriba, hasta la Puerta del Sol, donde me esperaban.

Plaza de la Paja

16. Hace poco, salía de visitar el museo Thyssen y unas turistas me preguntaron en inglés por un lugar que no identifiqué. Les pedí que me lo repitieran y lo que decían sonaba como “ffreiddo”. Por un momento me acordé del hermano de Michael Corleone. Luego me di cuenta de que preguntaban por el museo del Prado. Está muy cerca, casi enfrente, así que no me costó indicarles el camino. Hace menos tiempo todavía, yendo por los túneles de la estación de Cuatro Caminos, una mujer oriental me paró para preguntarme por otro lugar que, nuevamente, no conseguía identificar. No sé cuántas veces intentamos entendernos hasta que me di cuenta de que preguntaba por la estación de Chamartín. Para eso tenía que coger la línea celeste de metro, en vez de la circular, que era hacia donde iba. La encaminé hacia donde necesitaba y me fui a mi andén. En uno y otro caso me di cuenta con cierto gusto de que todo había cambiado mucho, empezando por mí mismo, desde que en 2001 crucé un paso de peatones por la Castellana, impresionado por la cantidad de carriles, contándolos mentalmente.

Yendo a Madrid

17. Cada vez que voy, con independencia del medio en que haya llegado, cuando pongo un pie en suelo madrileño me digo a mí mismo como un acto reflejo “Madrid, Madrid” y me suena como si fuera una promesa, un deseo, una premonición.