EN RECUERDO DE JONAS MEKAS (1922-2019)

De unos años para acá, el mes de enero se está convirtiendo en la peor pesadilla de los cinéfilos. Un mes de enero, en 2010, se llevó a Rohmer. Otro, en 2016, se llevó a Rivette. A mitad de la semana pasada se dio a conocer que había fallecido Jonas Mekas. Director de cine principalmente y, según los momentos de su vida, también poeta y difusor del cine experimental. Un hombre que hizo de la necesidad virtud y, de las odiseas del exilio y de la errancia, una razón de ser y un fundamento para sus diarios filmados.

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Había nacido en Lituania y, por esos azares trágicos que tuvo el siglo XX, en 1944 tuvo que salir de su casa casi con lo puesto huyendo de las autoridades alemanas de ocupación, de las que temía que identificaran la máquina de escribir con la que había transcrito algunas noticias de emisoras de radio de países aliados. Su hermano Adolfas y él cruzaron parte de Europa con la mala fortuna de caer presos de los nazis y ser encerrados en uno de los campos en Hamburgo. Una vez liberados, no consiguieron llegar a Nueva York hasta 1949.

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Su vida, su juventud al menos, no fue convencional. Su cine tampoco. Mekas no practicaba un cine convencional, con unos personajes, una trama o una continuidad narrativa. Parece ser que, en cuanto pudo comprarse una pequeña cámara, se aficionó a registrar en imágenes cuanto pudo de su día a día. Por intuición o por convicción, a partir de esas filmaciones nacieron sus películas diario, elaboradas a partir de las imágenes que tomaba en 16 milímetros de las calles de Nueva York, de sus gatos, de la nieve, de sus amigos y conocidos, también de los desconocidos, de sus viajes, de su mujer e hijos, cuando los tuvo. Un procedimiento que otras artes tienen asumido e integrado con normalidad. Así la literatura, con los diarios y correspondencia de los escritores, o la pintura, con los autorretratos. Pero que a él, en el cine, lo orilló en los márgenes del cine no narrativo o experimental. Algo de lo que fue consciente desde el principio y que aceptó gustoso.

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Hizo multitud de películas. Algunas son cortometrajes de tres o cuatro minutos. Otras son largometrajes de cinco horas. Probablemente, Mekas siempre creyó que las convenciones estaban ahí para ser vulneradas, incluido lo referente a la duración de lo que montaba. Entre esa multitud, quizás sea posible señalar algunas especialmente significativas.

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La más famosa de todas es «Diaries, notes and sketches» (1969), también conocida como «Walden», que recoge material filmado desde principios de los años sesenta y que tiene un cierto carácter exterior, reflexivo y en presente, frente a otras películas más marcadamente familiares, íntimas y de recuerdos. «Walden», desde su título, busca y explora además una cierta filiación, por la vía de Thoreau y la vida en los bosques, con Estados Unidos y el sentir americano de entonces.

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«Reminiscencias de un viaje a Lituania» (1972) resultó del material que filmó cuando por fin en 1971 se le permitió entrar en la Unión Soviética, visitar Lituania y encontrarse con su madre después de veintisiete años. Es quizás lo más cerca que Mekas ha llegado a estar de hacer una película casi normal.

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«Lost, lost, lost» (1976), la más triste de sus películas. En gran parte en blanco y negro, recoge material filmado en los años inmediatamente posteriores a su llegada a Nueva York. Si ordenásemos cronológicamente el material presentado, sería una película anterior a «Walden». Parte de esos años llevó también un diario escrito, que se publicó décadas después con el título de «Ningún lugar adonde ir». «Lost, lost, lost», aparte de lo obvio de su título, nace del sentimiento al volver sobre unos años en que se encontraba en tierra de nadie. Ya demasiado lejos de su origen y su hogar, pero aún sin haber encontrado su lugar. Un tiempo en que se consideró a sí mismo, y así lo dejó escrito en su diario, como un Ulises durante su odisea.

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La película de Mekas que más me gusta es «As I was moving ahead, occasionally I saw brief glimpses of beauty» (2000). Merecería un capítulo entero para ella sola. Es la más larga, la que dura cinco horas. También la más íntima y lírica. Y una de en las que mayor es el arco temporal entre lo filmado y la terminación de su montaje. Si ordenamos el material cronológicamente, son los años posteriores a «Walden». Más o menos el final de los años sesenta y los primeros setenta. Es en la que más aparecen su mujer, Hollis Melton, y sus hijos Sebastian y Oona, cuando niños, su hermano Adolfas y también muchos de los amigos del matrimonio. Mal explicada, entiendo que pueda tomarse como una mera yuxtaposición de vídeos caseros. Ese riesgo, dicho sea de paso, lo corre todo el cine de Mekas. «As I was moving ahead…» a mí me parece, sin embargo, un torrente proustiano de la consciencia, como el flujo de imágenes que seguramente tuvo en las noches de ese insomnio del que alguna vez se quejó. Tardó diez años en montarla, así que la posibilidad de que las imágenes se organicen al azar queda descartada. Para mí es una película nostálgica y de recuerdos familiares y también de reflexión sobre la familia y la amistad. De observar y dar fe del paso del tiempo. Del avance al que el título se refiere. De la humanidad que se intuye en esa voz en off suya hacia el final que confiesa que aún no sabe lo que es la vida.

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Diarios, notas, apuntes, reminiscencias, destellos… y descartes. «Out-takes from the life of a happy man» (2012) recoge un tiempo parecido al de «As I was moving ahead…», con material que no incluyó en ella, pero es más fácil para tomar un primer contacto. Dura poco más de una hora, en vez de cinco, y no se tiene esa sensación tan intensa de estar asomándose a la intimidad de una persona, a su último círculo. En ella, su voz en off dice en un momento dado lo siguiente: «Just images I take for myself and my friends. Just images. Who cares of my memories? Just images». Creo que mentía. O que disimulaba. Pero asiste al artista la licencia de decidir lo que expone y en qué grado. Y también la licencia de contradecirse, si así lo desea.

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Como curiosidad española, Mekas tuvo siempre gran afición por la poesía de San Juan de la Cruz. Aparece citado en alguna de sus películas. Quizás fuera por eso que Mekas visitó Ávila a finales de los años sesenta, de donde surgió el pequeño cortometraje, apenas una miniatura de pocos minutos, «The song of Avila». Volvió más veces a España. La última, en el verano de 2017, en el marco de una exposición organizada por el festival Filmadrid. El canal 24 horas lo trajo al estudio y le hizo una pequeñita entrevista en directo una de las noches.

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Fue un placer. Descanse en paz.

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Gatitos y Mikio Naruse: «El relámpago»

La presencia de gatos es muy frecuente en las películas de Mikio Naruse. Gatitos pequeños y juguetones casi siempre. Tengo algunos guardados y recuerdo de otros más que no llegué a guardar, pero que intentaré rescatar en alguna ocasión.

Dejo hoy constancia del simpático minino que aparece varias veces en «El relámpago» («Inazuma», 1952), la adaptación de Naruse de la novela de Fumiko Hayashi. La película, por cierto, es genial. La novela no la he leído y no me consta que esté traducida al español.

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PELÍCULAS DEL SIGLO XXI

La revista Cinemanía ha hecho una lista de las mejores películas desde el año 2001, incluido, en adelante. Ofrezco la que hubiese enviado hoy, de ser colaborador de esa revista.

1. Los amantes habituales (Philippe Garrel)

2. Two lovers (James Gray)

3. Mulholland Drive (David Lynch)

4. Boyhood (Richard Linklater)

5. Tres recuerdos de mi juventud (Arnaud Desplechin)

6. Paterson (Jim Jarmusch)

7. La venganza de una mujer (Rita Azevedo Gomes)

8. The day after (Hong Sang-soo)

9. Millennium mambo (Hou Hsiao-hsien)

10. Tabú (Miguel Gomes)

11. La noche es nuestra (James Gray)

12. El Havre (Aki Kaurismäki)

13. Un sol interior (Claire Denis)

14. Yuki y Nina (Nobuhiro Suwa)

15. Million dollar baby (Clint Eastwood)

16. Flores rotas (Jim Jarmusch)

17. El padre de mis hijos (Mia Hansen-Løve)

18. Un amor de juventud (Mia Hansen-Løve)

19. La reconquista (Jonás Trueba)

20. El intercambio (Clint Eastwood)

21. Las horas del verano (Olivier Assayas)

LA MIRADA DE CLAUDE SAUTET

Algunas fotografías de las tres películas finales de Claude Sautet, una escena de cada una. He escogido momentos cuyo sentido me parece muy próximo, pues los tres se basan en un intercambio de miradas y renuncias.

Quelques jours avec moi (1988). Nunca se estrenó en España. En Filmaffinity le dan un título español de Unos días conmigo.

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Un corazón en invierno (1992)

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Nelly y el señor Arnaud (1995)

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UNA PRESENTACIÓN DE PHILIPPE GARREL

Buenas tardes a todos.

Quería comenzar expresando mi agradecimiento al cineclub y especialmente a Gabi, que es con quien he hablado, por la oportunidad de presentar la película de hoy, Amante por un día, del director francés Philippe Garrel.  Me gusta mucho y desde hace muchos años el cine de Philippe Garrel, así que como cinéfilo me siento hoy muy afortunado de poder compartir mi afición con otras personas.  Lo que a mí me gustaría con esta presentación es transmitirles lo afortunados que somos hoy todos por poder ver en una pantalla de cine una película de Garrel.  Quizás para explicarles lo que quiero decir con esto, antes de hablar de la película en concreto, tendría que hacer un pequeño repaso previo y contarles quién es Philippe Garrel, qué películas ha hecho y qué importancia tienen para el conjunto de la cinefilia mundial y para la historia del cine.

Hablaba de la oportunidad y de la suerte.  Amante por un día es la segunda película de Philippe Garrel que se estrena en cine en España.  La anterior en exhibirse fue Un verano ardiente, que se estrenó en 2013, con dos años de retraso y sólo porque Monica Bellucci era una de las actrices y no por ninguna otra consideración sobre Garrel.  Sólo se había estrenado esa película antes y dirán ustedes “bueno, bien”, y yo les responderé “no, muy mal”.  Porque Philippe Garrel no es ningún desconocido, ningún recién llegado, ni ningún joven valor pendiente de madurar.  Para mí, sin exagerar, es de los dos o tres directores de cine vivos en activo más importantes que hay.

Philippe Garrel nació en 1948, tiene setenta años ya cumplidos y lleva desde 1964 haciendo películas.  Cincuenta y cuatro años en activo.  Entre cortometrajes, largometrajes y algún documental, más de treinta películas.  Y ahora Amante por un día es la segunda que se estrena en España.  Por eso es una suerte la que tenemos hoy, porque lo normal es que sus películas no se estrenen y que quienes queramos verlas tengamos que buscarnos la vida.  Dije antes que empezó en 1964, tenía dieciséis años.  En realidad, se cree que hubo un cortometraje aún anterior que luego él consideró apropiado retirar de la circulación, del que no se volvió a saber más y que no suele citarse al enumerar sus películas.  Su primera obra disponible hoy fue un cortometraje, Les enfants désaccordés (“los hijos en desacuerdo”), una preciosa historia de quince minutos sobre una pareja de adolescentes que se aman, que bailan, que corren, que son rebeldes, que se fugan, una historia contada con un apasionamiento un poco loco, pero que deja una impresión muy, muy auténtica.

Philippe Garrel, ya desde tan jovencito, tuvo siempre una conciencia muy fuerte de querer ser un artista.  Lo primero por lo que él se interesó fue por la pintura, durante su adolescencia, y lo dejó cuando quedó convencido de que era muy malo como pintor, según ha contado alguna vez.  Ha sido un hombre también muy interesado por la poesía.  Él seguramente no la ha practicado, pero le queda un poco de la huella de ese interés.  Si se fijan en los títulos de sus películas, suelen ser muy poéticos.  Por ejemplo, El viento de la noche, Les baisers de secours (que podríamos traducir como “los besos de socorro”, “los besos de auxilio” o “los besos de rescate”) o El hijo secreto, aunque este último título, de una de sus mejores películas, no es en realidad original suyo, sino que está tomado de una canción de Juliette Gréco.

Aparte de esa conciencia tan acusada de ser un artista, Garrel tiene también un sentido muy acusado de ser un superviviente.  De hecho, los personajes de las películas de Garrel normalmente son de dos tipos: o son supervivientes o son fantasmas, espectros.  Normalmente, no son fantasmas en un sentido sobrenatural, aunque en alguna ocasión también han aparecido fantasmas o apariciones en sus películas.  Pero es que en su cine es muy palpable la huella que dejan las personas que se van, la huella de la ausencia, el peso de las sombras.  Algunas de sus películas están reconocidamente inspiradas en el recuerdo de personas que él conoció, que murieron, y parecen hechas para convocar su presencia de nuevo.  Algunas de las personas, amistades, amores, que más marcaron a Garrel fallecieron a una edad muy temprana y de una manera trágica.

Para entenderlo bien, hay que contar algunas cosas.  Ahora que recordamos los cincuenta años de Mayo del 68, Garrel es un hombre muy marcado por la sensación de fracaso tras el Mayo del 68, por el fracaso de la revolución, por así decir, por el fracaso de la utopía, el derrumbe de los ideales.  Su visión de lo que fue Mayo del 68, para quien le pueda interesar, la dio en El viento de la noche, de manera algo secundaria respecto de la trama de esa película, y sobre todo en una película posterior, Los amantes habituales, una de mis preferidas suyas.

Y luego, en el aspecto personal y sentimental, Garrel tuvo una relación sentimental con Nico, la modelo alemana, musa y actriz en alguna de las películas de Andy Warhol, como Chelsea girls, cantante de la Velvet Underground, y que había tenido un hijo con Alain Delon que éste se había negado a reconocer.  La relación de Garrel y Nico muy larga, desde que se conocieron a finales de los años sesenta hasta aproximadamente finales de los años setenta, aunque tuvieron sus intermitencias, separaciones y reconciliaciones.  Fue una relación marcada por la adicción a la heroína por parte de ambos.  Hay ahí también un episodio un poco oscuro, de una ocasión en que a finales de los sesenta o principios de los setenta Garrel sufrió un brote de alguna inestabilidad mental o enfermedad mental cuya naturaleza desconozco, fue internado en una clínica psiquiátrica y sometido a tratamiento de electrochoques.  Es un episodio de su vida que es importante conocer, porque luego él mismo lo ha reflejado en alguna de sus películas, quizás especialmente en El hijo secreto.  La relación con Nico, en conjunto, también la ha reflejado en muchas de sus películas, a veces de manera muy directa, a veces de manera más circunstancial.  Algunas de ellas se las ha dedicado expresamente, como J’entends plus la guitare.  Nico, por cierto, murió en 1988, en Ibiza.

Como digo, en su relación con Nico hubo intermitencias.  A mediados de los años setenta, Garrel tuvo también una más breve relación con Jean Seberg, una actriz americana que había intervenido en Al final de la escapada, la primera película de Jean Luc Godard, que había trabajado varias veces con Otto Preminger, que había hecho Lilith, una película de Robert Rossen con Warren Beatty.  Jean Seberg tenía también sus propios problemas anímicos e inestabilidades emocionales y apareció muerta, se cree que suicidada, en 1979.  La relación con Jean Seberg también ha aparecido en cierto modo en muchas de sus películas.  Por ejemplo, en un cortometraje de 1984 llamado Rue Fontaine (“la calle Fontaine”) o en la película La frontera del alba.

Recapitulando, llevamos el fracaso de Mayo del 68, la adicción a la heroína, electrochoques, la relación con Nico larga y difícil, finalmente fallida, la muerte de Nico, el suicidio de Jean Seberg.

Y ahora hablo de Jean Eustache.  Jean Eustache fue un director de cine, diez años mayor que Garrel, pero con el que tuvo relación de amistad y cuyas películas Garrel admiraba.  Muy especialmente, una de ellas, La mamá y la puta, de 1973, una de las películas más importantes del cine francés, que precisamente recoge la sensación de fracaso y desencanto que sobrevino para una cierta juventud después de Mayo del 68.  Resumiendo, les diré que a Jean Eustache, a partir de cierto momento de su carrera, le fue difícil seguir rodando, no encontraba quien financiara sus proyectos, tuvo también problemas serios de salud y en 1981, con cuarenta y tres años, se suicidó de un tiro.  En una película de Garrel de 1993, El nacimiento del amor, van dos personajes caminando por la calle, uno de ellos de repente se para, mira hacia arriba y dice “Mira, la ventana de la habitación donde Jean se pegó un tiro”, y sigue luego la acción de la película.  Es el homenaje que le hizo Garrel a Jean Eustache.  Uno de ellos, porque le ha hecho varios más.

Garrel, como se habrán ido dando cuenta, ha hablado mucho en su cine de cosas de su vida, de las mujeres a las que amó, de los amigos que tuvo, de los que ya no están, de los que murieron o se suicidaron, y ha utilizado con frecuencia el cine para traer de nuevo su recuerdo al presente.  En la película que vamos a ver hoy, Amante por un día, esto ya no es así.  Se reconocen sus temas, se reconoce su estilo, pero los hechos del argumento no son tan fácilmente relacionables con episodios de su vida que conozcamos.  Aunque quizá es pronto para decirlo, da la impresión de que está dejando de hacer películas como hacía antes, como si fueran capítulos que necesitaba contar de su propia vida.

Y, ahora sí, entrando en Amante por un día, es una película que se estrenó en el festival de Cannes de 2017, o sea, que ya llega aquí con un año de retraso.  La película tiene tres personajes protagonistas.  Un profesor de filosofía de unos cincuenta y algo años.  Una chica de veinte años, alumna suya, con la que tiene una relación a escondidas de otros alumnos y profesores.  Y, por último, una hija del profesor, también de veinte años, la misma edad de la amante, que al principio de la película se ha separado de su novio y acude a la casa del padre.  En ese momento descubre la relación del padre y de la otra chica, que ella desconocía.

La película pone en escena las relaciones que se tejen entre los tres personajes y refleja cómo los sentimientos y los estados de ánimo entre ellos van cambiando estas relaciones en la misma medida en que oscilan los propios sentimientos.  Entre las dos chicas de la misma edad hay al principio una cierta tensión, incluso algo de rivalidad, que luego va dando paso a una relación de amistad y de transparencia entre ellas muy bonita y que Garrel refleja con mucho respeto y mucha sensibilidad.  Entre el profesor y su amante, se refleja su relación de pareja y cómo esta relación va cambiando según aparece en ellos el deseo por otras personas, la posibilidad de las infidelidades y según cómo gestiona cada uno de ellos este deseo.  Y luego, para mi gusto, no soy neutral y confesaré que la relación entre el profesor y su hija para mí es la más bonita de la película.

El papel de la hija está interpretado por Esther Garrel, la hija de Philippe Garrel.  Hay momentos en que la película parece estar pensada casi para poder trabajar con la hija, casi como un regalo hacia ella.  En una entrevista, Garrel tuvo una manera muy bonita de explicarlo diciendo que, para él, Amante por un día era como el caso de un pintor que le hace un dibujito a un hijo pequeño.

No es la primera vez que Esther Garrel sale en una película de su padre, sino la tercera.  Ya antes había tenido un papel secundario en una película de 2013, La jalousie (“la celosía” o “los celos”), y lo más curioso es que había aparecido por primera vez en una película de 2001, Salvaje inocencia.  En esa película, hay un momento en que se está rodando una película dentro de la propia película, se ven los decorados, los técnicos, y hay un brevísimo plano en que un asistente se acerca a una niña de ocho años que está jugando por ahí y le dice “Esther, cuando empecemos a rodar te tienes que marchar”.  Esa niña era Esther Garrel, con ocho años, haciendo un cameo en una película de su padre.

Cosas sobre las que creo que merece la pena llamarles la atención.  Pues que es una película de Garrel muy buena.  Si hay alguien por aquí que conozca ya su cine, ya sabe más o menos lo que va a ver y no saldrá defraudado.  Y, si es la primera película suya que ven, pues tienen suerte porque es muy buena película para iniciarse en su cine.

Es una película muy hablada, hay mucho diálogo, pero es también una película muy introspectiva.  El propio Garrel, si lo ven ustedes en alguna entrevista o en algún vídeo, es un hombre muy introspectivo, muy taciturno.  Quienes han trabajado con él describen que es un hombre muy correcto de trato, pero que vive muy encerrado dentro de sí.

Es una película en la que importa mucho la fisicidad de las cosas, el modo en que los personajes se tocan (hay primeros planos de manos entrelazadas, algo que hace mucho, casi siempre hay algún plano así en sus películas); el modo en que los personajes lloran (se llora mucho en sus películas y el llanto no es desmelenado o melodramático, pero se aprecia mucho la textura de las lágrimas, como corren por las mejillas para abajo, lo suele hacer así esto también); el modo en que saca los primeros planos de los actores y, sobre todo, de las actrices.  Garrel tiene gran afición al cine mudo y de ahí le viene esa fijación por los rostros de sus actores y, sobre todo, sus actrices.  Ya lo verán, como hay veces que casi parece que detiene la película; hace un primer plano que dura varios minutos y es como si estuviera simplemente mirando a la actriz de una manera muy intensa, con la película detenida, y luego la película sigue.

La película tiene un sentido del ritmo muy trabajado.  Es muy corta, hora y cuarto, eso lo primero.  Y luego que alterna de un modo muy característico escenas de día y de noche, escenas de interiores y exteriores, escenas con personajes hablando sentados a una mesa o tumbados en la cama con escenas de los personajes caminando por la calle.  Seguramente no lo aprecien ustedes mucho, porque la película es muy sutil, pero es una alternancia muy trabajada: día, noche, día, noche, interior, exterior, interior, exterior, quietos, caminando, quietos, caminando.

Hay una escena también muy llamativa y es algo que Garrel está haciendo mucho desde hace un tiempo y es una escena con una canción y los personajes bailando.  Esto no es mero relleno.  El modo en que los personajes se mueven entre sí importa mucho, lo que la escena nos dice de cómo se desenvuelven, y luego cómo la dinámica entre los personajes ha cambiado para el resto de la película a partir de esa escena.  En su película de 2011, Un verano ardiente, utilizó en una secuencia una canción llamada Truth begins (“la verdad comienza”), y uno tiene la sensación, viendo ese tipo de escenas en las películas de Garrel, de que a partir de ellas y para el resto de la película es cuando la verdad comienza.

La fotografía, en blanco y negro, está muy trabajada.  Garrel se desenvuelve muy bien en el blanco y negro, para mi gusto mucho mejor que con el color.  Verán ustedes que la imagen está muy contrastada, en las escenas con luz, en las paredes, en exteriores, el blanco es muy blanco, y en las escenas de sombras el negro es muy negro.  Es una película rodada en celuloide, en 35 milímetros.  Que es como se había hecho siempre, pero que ya casi no se hace.  La mayoría de las películas se ruedan en digital, pero Garrel sigue ahí, resistiendo, e incluso ha dicho en alguna ocasión que si le obligan a rodar en digital no volverá a hacer películas.

Por mi parte, creo que con esto lo mejor es que veamos ya la película.  Muchas gracias a todos por su atención.  Espero que la disfruten tanto como la he disfrutado yo.

Listas de 2017

Un año más, ya estamos aquí de nuevo, en este blog que desfallece de inanición pero en el que aún no he dejado de incluir la lista de películas de final de año. Un pasatiempo inofensivo al que me he vuelto a dar este año. Y más aún, porque por primera vez he decidido hacer también una lista de lecturas.

Vayamos con el cine primero. La lista pretende ser de películas de 2017 o, si acaso, de 2016 pero vistas ya en este año. Por ello, quiero comenzar diciendo que por ese motivo las seis películas que más me han impresionado, entre las vistas por primera vez, no están en la lista. Se trata de:

-As a wife, as a woman (Tsuma to shite onna to shite, 1961) y Tormento (Midareru, 1964), ambas de Mikio Naruse;

-Dos semanas en otra ciudad (Two weeks in another town, 1962), de Vincente Minnelli);

-Cara de amor (Gueule d’amour, 1937), de Jean Grémillon;

-Esther Kahn (2000), de Arnaud Desplechin;

-y Out 1: noli me tangere (1971), de Jacques Rivette.

Y ahora la lista de 2017 propiamente dicha:

1.- The day after, de Hong Sang-soo

2.- En la playa sola de noche, de Hong Sang-soo

3.- ¡Lumière! Comienza la aventura, de los hermanos Lumière y Thierry Frémaux

4.- Un sol interior, de Claire Denis

5.- Certain women, de Kelly Reichardt

6.- El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismäki

7.- Bella durmiente, de Adolfo Arrieta

8.- Lo tuyo y tú, de Hong Sang-soo

9.- Detroit, de Kathryn Bigelow

10.- Frantz, de François Ozon

11.- Felices sueños, de Marco Bellocchio

12.- Wonder wheel, de Woody Allen

13.- La chica desconocida, de los hermanos Dardenne

Lo de ordenar por preferencia es nuevo de este año. Siempre ha habido un orden, pero no me gustaba ponerlo. Si dentro de un tiempo vuelvo a ver esto, habré cambiado a favor o en contra alguna preferencia, habré visto nuevas cosas que me hubiese gustado que figurasen, etc. También es nuevo lo de no atenerme estrictamente al top ten. Pero había varias de Hong Sang-soo y ninguna merecía quedarse fuera, había dos películas que oficialmente no se estrenarán hasta 2018 (una de Hong Sang-soo y la de Claire Denis), una estrenada el año pasado y que no vi hasta éste (la de Ozon), el caso de la película de los Lumière, que podemos catalogar como de 2017 lo mismo que de 1895 y en ambos casos diríamos la verdad… Con todo eso, y como con estas trece me sentía representado, no quise ser muy estricto con que fueran diez.

Y ahora los libros, donde sólo señalé preferencias en los primeros libros. También son más de diez libros, pero porque con algunos autores he incluido varios:

1.- El mundo de ayer, de Stefan Zweig

2.- Berta Isla, de Javier Marías

3.- Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy

4.- (ya sin orden)

Carta de una desconocida y La colección invisible, de Stefan Zweig

Las cosas y Me acuerdo, de Georges Perec

Del lado del amor, de Juan Antonio González Iglesias

El gato encerrado, de Andrés Trapiello

El indiferente y otros relatos, de Marcel Proust

La levedad, de Catherine Meurisse

Proleterka, de Fleur Jaeggy

Trilogía de Nueva York, de Paul Auster

Visión de Nueva York, de Carmen Martín Gaite

«La mamá y la puta», de Jean Eustache

Hoy quería recordar la existencia de «La mamá y la puta» (1973), de Jean Eustache, una película situada en París, en algún momento a principios de los años setenta. Cuenta la historia de Alexandre, Marie y Veronika, principalmente, aunque aparecen más personajes. Alexandre vive con Marie en el apartamento de ella. Mantenido por ella, para más exactitud. Lo que no quita para que conozca por la calle a Veronika, una chica con la que inicia un continuo flirteo de ida y vuelta e intensidad variable.

Es una película larguísima, de casi cuatro horas, pero podía haber durado mucho más o, también, mucho menos. Empieza como una especie de tragicomedia de costumbres sentimentales y sexuales, muy ligada a una época muy concreta, justo después del mayo del 68 francés. Es una película muy, muy hablada. Por la calle, en los cafés, en el interior de los apartamentos, se suceden los encuentros con amigos, conocidos o amantes. Y hablan y hablan de libros y películas, pero también y sobre todo exponen muchas teorías de por qué viven como viven o de cómo habría que vivir.

Y mienten mucho, continuamente, a los demás y a ellos mismos. Porque lo que «La mamá y la puta» termina siendo en realidad es un retrato abierto en canal del dolor y desengaño de sus personajes. Eustache presta mucha atención a sus personajes y recoge sus contradicciones sin juzgarlos. Filma de manera lúcida y descarnada largas conversaciones en que se dejan intuir la hipocresía y el cinismo, quizás la falta de valor, con que envuelven su miedo… ¿a qué? ¿Quizás miedo al fracaso de las utopías sociales y personales que viven o han vivido pocos años antes?

Cuando Philippe Garrel estrenó muchos años después «Los amantes habituales», en 2005, dijo expresamente que había querido hacer una película a la manera de «La mamá y la puta». En sus palabras, más o menos aproximadas, una película que retratara a una generación, la suya, la última que en sus películas aún amaba y hablaba del amor.

Decía que Eustache prestaba atención a sus personajes y diríase también que, además, los entiende y acompaña. Como ejemplo, quería citar un plano que quien haya visto la película no habrá olvidado. Marie (Bernadette Lafont) se ha quedado sola después de una extenuante conversación. Hay una imagen mantenida de ella, tumbada en la cama, mientras suena una canción de Edith Piaf que se oye íntegra.

Una canción íntegra, porque Eustache no quería interrumpir a Marie. Filmó un plano de más de tres minutos en que no se recogía una canción, sino el acto de oír una canción por una persona anímicamente vulnerable y exhausta. Mayor pudor que ése y mayor respeto con la forma fílmica de retratarlo, pocas veces habrá dado el cine a lo largo de su historia.

 

Ilusos en la Filmoteca

Dejo una foto del cine Doré, sede de la Filmoteca Nacional. Es un cine antiguo, precioso, cerca de la parada de metro de Antón Martín. 


Hoy, 22 de febrero de 2017, se proyectaba a las cinco y media una película de Jacques Rivette que no había visto, «Alto, bajo, frágil». Me fui a verla con muchas ganas. 

Entre las mesas que hay en el vestíbulo del cine, estaba sentado Jonás Trueba, cuyas películas me gustan bastante. No me acerqué, no sé decir si por timidez o discreción. Ni tampoco me di cuenta de si entraba a la sala 1 o si estaba allí por otro motivo. Ojalá fuese, como yo, por ver uno de esos Rivette no siempre fáciles de encontrar. Le tomo prestado el título de una de sus películas: pasando la tarde en la Filmoteca con Rivette, dos ilusos del cine.

EL CINE QUE VIMOS EN 2016

Un año más, aquí estamos. Dejo constancia de lo que más me ha gustado del año, por si a alguien le puede servir para interesarse por alguna película o director, y también para mí mismo, para ordenar un poco y priorizar mis preferencias. Son películas vistas en el cine. Importante matiz, porque quizá las películas que más me han gustado, vistas por primera vez en 2016, las vi en casa. Dejo los títulos también, por si a alguien le sirven: Una mujer para dos de Ernst Lubitsch, El hijo secreto de Philippe Garrel, Duelle de Jacques Rivette y Jeanne Dielman, 23 quai du Commere, 1080 Bruxelles de Chantal Akerman.

Sin más, mi top ten de películas de 2016, por orden alfabético:

AMOR Y AMISTAD, de Whit Stillman (Irlanda)

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CAROL, de Todd Haynes (Reino Unido)

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EL CUENTO DE LA PRINCESA KAGUYA, de Isao Takahata (Japón)

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MIA MADRE, de Nanni Moretti (Italia)

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LAS MIL Y UNA NOCHES (los tres volúmenes), de Miguel Gomes (Portugal)

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NO ES MI TIPO, de Lucas Belvaux (Francia)

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PATERSON, de Jim Jarmusch (Estados Unidos)

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LA RECONQUISTA, de Jonás Trueba (España)

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SULLY, de Clint Eastwood (Estados Unidos)

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TRES RECUERDOS DE MI JUVENTUD, de Arnaud Desplechin (Francia)

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