TWO LOVERS de James Gray

Esta entrada está formada por dos textos publicados originalmente en mayo y en julio de 2010, en otro lugar.  He mantenido tal cual la redacción original. El primero fue escrito tras el primer visionado de la película. El segundo me llevó más tiempo y más visionados. También es considerablemente más largo. Cada comentario cumplió en su momento una función distinta.

 

 

 

 

Two Lovers” de James Gray

El origen de Two lovers lo explica su director aludiendo a varios motivos: el deseo de rodar una película barata, rápida y sencilla, la amistad y las ganas de hacer una película con una de las actrices, Gwyneth Paltrow, etc.


Pero la explicación más clarificadora es la que se refiere a su deseo de tomar el argumento habitual de una comedia romántica y contarlo con toda seriedad y al hecho de que en la época en que escribía el guión, lo hacía escuchando fados de fondo. Así se explica la levedad de la anécdota argumental y la atmósfera de melancolía y fatalidad que envuelve la película.


Reducida a la mínima expresión, Two lovers trata de un hombre, Leonard (Joaquin Phoenix), que duda entre dos mujeres, Michelle (Gwyneth Paltrow) y Sandra (Vinessa Shaw, la actriz que interpretaba a la prostituta que abordaba a Tom Cruise por la calle en Eyes Wide Shut). No hay mucho más, pues en realidad toda la película gira en torno a la opción entre una u otra, en torno a cuál es la opción correcta, si tal corrección existe, o incluso en torno a si realmente existe la posibilidad misma de optar.


Las enigmáticas primeras imágenes presentan a Leonard tirándose al agua, en un intento de suicidio del que acto seguido se arrepiente. Según sabremos, sus tribulaciones comenzaron tiempo atrás, con la ruptura de un largo noviazgo, motivada por el descubrimiento de una incompatibilidad genética entre su novia y él que condenaba fatalmente a los hijos que hubieran tenido a desarrollar alguna extraña enfermedad.


En una cena organizada por los respectivos padres, Leonard conoce a Sandra, una chica atenta, estable y previsible. Los padres de ella van a comprar el comercio de los padres de él, una tintorería de barrio, y en cierto modo la unión de los hijos aseguraría la tradicional consolidación de los negocios familiares. Casi en los mismos días conoce a Michelle, extrovertida e irreflexiva, que resulta ser vecina de su edificio y que a su vez mantiene una relación sentimental con un hombre casado.


Entre dos tierras, Leonard se debate a lo largo de toda la película entre la morena y familiar Sandra, a la que parece abocado, pero con la que no saltan chispas, y rubia y quizás inalcanzable Michelle, más atractiva para el protagonista por la implícita promesa que imagina en ella de una vida soñada.


Hay algún bonito homenaje a La ventana indiscreta en las escenas de diálogos por teléfono móvil entre Michelle y Leonard mientras se observan a través de sus respectivas ventanas, que dan al patio del edificio. La ventana de ella está en un piso superior al de él, lo que sintetiza con sutileza el modo en que Leonard idealiza a la chica.


En la anterior película de James Gray, La noche es nuestra, su protagonista se veía en cierto momento forzado por las circunstancias a escoger el retorno al orden familiar, como el hijo pródigo bíblico, renunciando a su pesar al paraíso edénico en el que vivía.


Esta vez, al Leonard de Two lovers nadie lo obliga a regresar a casa, sino que el hogar familiar es el único lugar al que es posible volver cuando ya no hay otros a los que ir. Tampoco le queda la posibilidad de hacer heroicas renuncias que en su tragedia denoten grandeza, sino que por algún orden superior y cruel se ve condenado a la melancolía implícita en los destinos fatales.

 

 

Two Lovers” de James Gray (revisitada)

Cuando a finales de junio escribí un comentario para La Ventana Digital sobre Two lovers, no quedé satisfecho del todo, puesto que había visto la película una sola vez, tres o cuatro semanas antes, y todo lo que escribí fue acudiendo a un recuerdo que se evaporaba por días. Además, pretendí someter lo que escribía a una regla autoimpuesta de no más de una hoja de Word por película, imposición que por lo general deja una cierta insatisfacción por lo que se queda en el tintero.

La habitual queja por someterme a mi propia regla de la hoja de Word definitivamente no se alivió cuando, después de leer el comentario en La Ventana Digital, algunas amistades me dijeron que quedaba algo abstracto y que, para lo que contaba de la película a quien me oía en persona, sobre el papel virtual no se notaba tanto lo muchísimo que me había gustado. Así que me prometí quitarme el gusanillo volviendo a escribir sobre la película, cuando tuviera la oportunidad de verla otra vez.

Hasta llegar aquí

Ésta es la cuarta película que, en el espacio de unos quince años, ha rodado su director, el neoyorquino James Gray. La primera, Cuestión de sangre, del año 94 ó 95, no la he visto nunca. Recuerdo vagamente algunos comentarios leídos sobre ella en revistas de cine, que la elogiaban moderadamente por ser una película de suspense con la personalidad suficiente como para alejarse del tarantinismo, en unos años en que los aspectos más epidérmicos del tarantinismo estaban de moda en las películas de suspense, entre directores y aficionados al cine.


La segunda, La otra cara del crimen, sí que la he visto. Podría considerarse esta película como del año 1999, aunque parece que empezó a gestarse un año antes y, una vez terminada, tardó luego mucho tiempo en estrenarse por diferencias de opinión sobre el resultado final entre director y productores. Era una película que tenía por referencia el cine estadounidense de los años setenta y lo hacía explícito en varios detalles: algunos de sus actores, su trama sobre una familia vinculada a la mafia y la fatal imposibilidad de escapar de sus tentáculos (los de la familia y los de la mafia), y algunas escenas que citaban expresamente a Coppola y, particularmente, a El padrino parte II.


Casi una década transcurrió antes de que nos lleváramos la grata sorpresa de descubrir La noche es nuestra, una soberbia película de 2007, estrenada en España durante la primavera del 2008, que ambientaba a finales de los años ochenta lo que podía considerarse una variante de la parábola del hijo pródigo que volvía a casa, combinada con una nueva trama de criminales y mafiosos. Su personaje principal se veía forzado por circunstancias inesperadas a retornar al orden, representado aquí por una familia de distinguidos policías que lo tenía por una oveja negra y descarriada.


Para ver la cuarta película no hubo que esperar tanto tiempo como entre las anteriores. Two lovers costó la mitad que La noche es nuestra, que tampoco había sido especialmente cara que digamos, se rodó a continuación y en menos de un mes y se vino a estrenar aproximadamente un año después. En España, con un retraso bastante mayor que hizo temer que no llegara.


Prescindiendo de la primera, que no he visto, las otras tres películas suponen cada una respecto de la otra una evolución, quizá la manifestación de un creciente dominio del medio y de un proceso de autoafirmación personal. Un mayor saber lo que se quiere contar, con la seguridad de quien sabe cómo contarlo.

Encuentra uno La otra cara del crimen una película eficaz, pero con la característica del niño que, falto de recursos, utiliza miméticamente las expresiones que ha aprendido de sus mayores. De ahí ese aire scorsesiano-coppoliano que desprende. El mismo deje está presente en La noche es nuestra, pero es menos reconocible y cuesta más rastrearlo. Los detalles de la trama y de la puesta en escena, siguiendo el símil, recuerdan a un joven que tiene un innegable aire de familia, pero que, al tiempo que la reivindica, habla también con voz e ideas propias.

Y en Two lovers James Gray es sólo James Gray. Hay guiños a otras películas, utilizados con la consciencia del adulto que tiene interiorizados los méritos de sus mayores. Logros asimilados con naturalidad que aprovecha sin complejos ni inseguridades cuando recorre parte de un camino ya trazado por otros, pero de los que se aparta para acudir a sus propias ideas cuando éstas son más pertinentes. En las anteriores películas los rasgos característicos de otros cineastas eran en ocasiones invocados por quien necesitaba ayuda para decir lo que no sabía de otro modo, mientras que en Two lovers los precedentes son depurados hasta que dejan de remitir al propio precedente y pasan a formar parte de las necesidades narrativas de la película que nos ocupa.

Noviembre y primeros días de diciembre

La película empieza con unas imágenes a cámara lenta en las que se ve a Leonard, su atribulado protagonista, caminando hacia el río con una mirada errática y pasos arrastrados. Luego sabremos que estamos en Nueva York, a principios del mes de noviembre del año 2008. Parece un atardecer gris y, aunque no llueve, es de la clase de escenas que uno podría recordar con lluvia. Leonard arrastra de la mano una prenda de ropa, con una percha y un plástico propios de tintorería y un letrero debajo del plástico con la leyenda We love our customers, sólo que la palabra love no está escrita, sino representada por un corazoncito rojo. Es la única nota de color en el plano y parece un contrapunto irónico a lo grisáceo de la escena.


Después de unos pocos pasos, Leonard suelta la percha con la prenda de ropa, se acerca a la barandilla y salta al agua. Mientras se hunde en el río, tiene una visión de una chica que le dice que lo quiere, pero que tiene que irse. Después se arrepiente, emerge del agua y unos transeúntes lo ayudan a salir.


La escena puede considerarse un breve prólogo que sirve para presentar al protagonista y para ilustrar un estado de ánimo. Después de escucharla diseminada por varias escenas de la película, podremos ir recomponiendo la pasada historia de Leonard y su antigua prometida, la chica a la que ha recordado cuando estaba en el agua.


Estando prometidos, se hicieron un análisis genético que reveló incompatibilidades entre ellos, de las que hubiera resultado la posibilidad de que los hijos que tuvieran padecieran alguna grave enfermedad. A partir de aquí no queda muy clara (porque se cuenta con matices distintos casi al principio y casi al final) la cuestión de si ella rompió el compromiso porque no quería adoptar o si fueron los padres de ella los que la presionaron para romper. En todo caso, la chica se marchó, Leonard la buscó, no pudo encontrarla, intentó suicidarse por primera vez y, en algún momento posterior, volvió a la casa de los padres. Y esta es la situación cuando empieza la película con el segundo intento.


Esa noche tiene lugar en casa de los padres de Leonard una cena en la que éste conoce a Sandra, que se interesa por él. Las respectivas familias están en tratos porque los padres de ella van a comprar la tintorería de la que son dueños los padres de él. Unos días después conoce en el rellano de la escalera de su casa a una nueva vecina, Michelle, por la que él se interesa.


Two lovers sortea los esquematismos de su minimalista trama y desarrolla una complejidad interior que desmiente su engañosa apariencia de sencillez. Será verdad que la película tuvo un rodaje rápido, barato y entre amigos, pero en ella la improvisación es mínima. No es fría, ni cerebral, al contrario, pero sí está dotada de una reflexividad que o bien es el fruto de la mente de un cineasta superdotado o, más probablemente, es el resultado de una intensa cavilación interior, largamente demorada en el tiempo.


Se organiza la película en torno a una serie de antítesis entre personajes, lugares y situaciones que expone con encomiable sutileza y capacidad de síntesis. La más evidente son las dos chicas y la principal es la que anida en el interior de Leonard.


Empezando por lo último, hay una escena en un restaurante en que Leonard le dice a Sandra: en estos momentos no sé bien ni cómo ser yo mismo. Instalado temporalmente en el hogar familiar tras romperse su compromiso matrimonial, en una temporalidad que presumiblemente dura demasiado y que así puede prolongarse hasta el infinito, Leonard ve pasar los días ayudando a sus padres en la tintorería y deambulando por el mismo barrio donde creció y vivió, seguramente esperando algo un tanto indeterminado que no termina de llegar.


Los personajes de Gray siempre vuelven a los orígenes, aunque este regreso tiene más de resignación forzada (los motivos son la madre enferma de La otra cara del crimen, el hermano herido en La noche es nuestra…), que no voluntaria. Este regreso a las raíces, al barrio, al clan familiar, ya se anunciaba en el título original de su primera película. Cuestión de sangre era Little Odessa, no por referencia a la ciudad rusa, sino precisamente al barrio de Nueva York conocido así por su gran cantidad de población descendiente de inmigrantes rusos.


El propio Gray es descendiente de inmigrantes rusos judíos, como también lo es la familia Grussinsky de La noche es nuestra y lo son los Kraditor, la familia de Leonard en Two lovers. Quizá por ello el aire de cotidianeidad vivida, nunca impostada, de los exteriores en el barrio y los interiores en la casa de Leonard y en la propia tintorería (por cierto, una auténtica tintorería que figura entre los agradecimientos de los créditos del final).


La desubicación de Leonard es total, respecto de su propia vida, de su espacio (la casa y el barrio de los que presumiblemente se fue para vivir con su novia o al comprometerse con ella) y de su tiempo. Ciertos gestos, particularmente en la escena en que va con Michelle y las amigas de ésta a una discoteca, muestran a un adolescente detenido en el tiempo, dicho sea sin el menor ánimo peyorativo. Alguien que después de una sucesión de cambios importantes se siente perdido y en la necesidad de construirse una nueva vida, nuevos hábitos, nuevos comportamientos y, ante la incertidumbre de cómo hacerlo, recurre a las mismas cosas que hacía y decía en alguna época quizá muy anterior de su vida.


Y en ésas está cuando en los mismos días conoce a Michelle y a Sandra. Michelle no está mucho menos desplazada que él. Se acaba de instalar en el edificio y, cuando la conoce, ella misma confiesa que se muda con frecuencia. Mantiene una relación sentimental, de ésas que parecen no conducir a ninguna parte, con un hombre casado y con hijos que, tópicamente, es su jefe y le ha prometido en alguna ocasión dejar a su familia por ella. Es él quien paga el alquiler de la nueva vivienda de Michelle.


El personaje de Sandra parece menos elaborado sobre el papel, pero no lo está realmente, sino que permanece más en la sombra. Probablemente da esa impresión por el modo en que la chica interacciona con Leonard. Todo lo que la primera tiene de inestabilidad lo tiene la segunda de raigambre, de apariencia de estabilidad.


¿Y por qué la película se llama Two lovers si en realidad son tres los personajes principales? Pues no lo sé, pero ciertamente es una cuestión misteriosa, tanto más cuanto su director se ha negado a explicarlo cuando expresamente se le ha preguntado. Si se entretienen curioseando lo que se ha dicho sobre la película (por Internet mismo, por ejemplo, escribiendo el título en un buscador), verán que las variantes abundan. Las opciones con más adeptos que podrán encontrar son que, o los amantes son Leonard y Michelle entre sí, o Michelle y Sandra desde el punto de vista de Leonard. Personalmente no lo tuve nada claro cuando vi la película la primera vez, aunque después me he ido inclinando hacia la primera opción, sin saber explicar por qué.


El tiempo recorrido por la película es muy escaso, aproximadamente desde la primera mitad de noviembre de 2008, hasta la Nochevieja de ese año, en que concluye, así que en realidad son unas pocas semanas en las vidas de los personajes.

Suficientes para que hayamos visto a Michelle interesándose por la afición a la fotografía de Leonard y alentándola, mientras Sandra apenas señala alguna fotografía que le gusta entre las que Leonard le enseña de las que ha hecho. A Michelle le gusta la ópera, que Leonard y Sandra desconocen. Michelle va a cenar con su novio a restaurantes de apariencia sofisticada para llegar a los cuales se recorren en la película elegantes calles bajo la burbujeante música de Henry Mancini. Sandra almuerza con Leonard en un restaurante del barrio cerca de la playa. Su película preferida es Sonrisas y lágrimas, porque, según explica, puede verse en familia cada vez que la ponen, mientras que Leonard tiene un cartel de 2001 en la pared de su dormitorio. Por cierto que Kubrick, neoyorquino judío de origen polaco, fue fotógrafo antes que director de cine. ¿Casualidad?

En definitiva, Michelle puede tener un punto ligeramente chic o esnob o como quiera expresarse, pero también es un pulpo en un garaje entre las circunstancias que rodean a Leonard. Es la novedad, la curiosidad, un estímulo para la imaginación, para la creatividad. La promesa implícita e idealizada de otra vida menos grisácea, más vivificante, lejos de una tintorería que seguramente estuvo y estará ahí toda la vida, lejos de un barrio en el que caminar mirando al suelo porque los escaparates no tienen novedades que ofrecer.

Dicho lo cual, también debe advertirse que la película se toma mucho tiempo y molestias en dotar a cada uno de los personajes, incluidos los secundarios, de la entidad humana suficiente como para que sea imposible juzgarlos, al menos entendido el juicio como una severa condena. Ni Leonard me pareció un soñador inadaptado, ni Michelle una chica atractiva pero alocada e inconstante, ni Sandra agradable pero sosa y previsible. Bajo el prisma de la película, solamente son tres seres humanos que, gobernados por la melancolía, el destino y la fatalidad, intentan hacerlo lo mejor que saben o pueden (quizá en función de la representación mental de otra persona que cada uno forma en su interior, antes que en función de la realidad misma), que a veces se equivocan y a los que no siempre les salen las cosas como desearían.

A finales de diciembre

El desenlace de Two lovers se prepara con una llamada de teléfono de Michelle a Leonard, en la que le anuncia que por fin va a cortar la relación con su novio casado. Luego tienen lugar dos secuencias, una continuación de la otra, que muestran una infinita empatía de Gray por sus personajes.


Una es la conversación entre Michelle y Leonard en la azotea del edificio en que viven, después de que ella haya tenido el encuentro con su novio en el que ha terminado con la relación. Michelle le cuenta que está pensando en marcharse a San Francisco y, al oírlo, Leonard arranca a contarle, o confesarle, esa clase de historias y sentimientos que en ocasiones se piensan pero rara vez se dicen. Ya saben, cuando se cruza esa línea imaginaria en las relaciones personales a la que no se puede regresar y cuando los deseos, o se transforman en algo real, o se convierten en una dolorosa obsesión imposible de cumplir. Ésta, pese a la vulnerabilidad emocional de los personajes, no es una secuencia de amor y tiene más que ver con el miedo a perderlo todo.


La siguiente sí que lo es y no sólo eso, sino que además es bastante más candorosa. Se trata de una conversación telefónica entre Michelle y Leonard, que se miran a través de las ventanas de sus habitaciones que, enfrente una de la otra, dan al mismo patio del edificio. Cronológicamente, es la continuación de lo anterior, cuando han bajado de la azotea. Recuerda mucho, a la inversa, a un pasaje de La educación sentimental de Flaubert en que, hacia el final, se dice algo así como que existe un momento en las separaciones en que la persona amada ya no está con nosotros. Para esta escena de Two lovers podríamos reformular la frase anterior, más o menos así: existe un momento en las uniones en que la persona amada ya está con nosotros.


Sobre el desenlace de la película, su sentido y el modo en que está puesto en escena, me muero de ganas por destriparlo, pero como no me gusta que me estropeen los finales de las películas que no he visto, tampoco pienso estropeárselo a nadie. Tal vez en un tercer comentario sobre la película que incluya todo lo que aún no he encontrado la manera de contar…


Baste decir que tiene el mérito de la concisión y, pese a ello, o además, la capacidad de hacer reverberar en el espectador una especie de diapasón enloquecido. Por ejemplo, en una película en la que importa tanto el modo en que los personajes se miran los unos a los otros y el modo en que Gray los mira a todos, ¿no importa que en dos ocasiones diferentes Michelle y Leonard miren directamente al espectador? ¿O que se filme significativamente de espaldas a quien parece estar ganando una plaza cuando en realidad la acaba de rendir?


Llegados aquí, sólo queda especular con el modo en que Two lovers pueda ser recordada con el paso del tiempo. En su contra, puede acusar su depuración genérica y formal, es decir, que es una película de apariencia común, que trata de gente normal a la que le ocurren cosas en el fondo corrientes. Pero los méritos están ahí, si se detienen a mirarlos.

 

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