Sobre la película “Déjame entrar”

(Este comentario fue escrito y publicado en otro lugar en mayo-junio de 2009.)   

Una tarde de sábado, hace unas cuantas semanas, me decidí a ver esta película con algo de desconfianza. Como aficionado al cine que es uno, tenía cierto síndrome de abstinencia, puesto que llevaba varias semanas sin pisar una sala de cine. Sobre esta película, Déjame entrar, me parecía recordar haber leído algún comentario positivo en algún periódico atrasado. Cuando, con cierto retraso, se vino a estrenar en Santa Cruz de Tenerife, ni podía recordar en qué consistían los elogios, ni cuál era la trama de la película, ni siquiera si en algún momento me había parecido interesante o no para arriesgarme a verla.
Así que una tarde de sábado, como digo, impulsado por el síndrome de abstinencia del cine, fui a verla. El resultado no pudo ser más satisfactorio. Tanto que quisiera poder convencer de las bondades de la película a cuantos se dejen, para los que estuvieran todavía a tiempo de ir a verla en algún cine, o de alquilarla en un videoclub. A ese propósito está destinado este comentario y espero que, al terminarlo, haya podido convencer a más potenciales espectadores que a los que haya podido ahuyentar.


El comienzo
La película cuenta la historia de Oskar, un niño sueco de doce años, a principios de los ochenta. No parece tener amigos. En el colegio es humillado, acosado, insultado y golpeado por sus compañeros de clase. La primera frase que se oye en la película es la de chilla como un cerdo, que es precisamente lo que le dicen a él los otros niños cuando lo toman por objeto de sus burlas. Sus padres están separados y no tiene hermanos. El niño vive con la madre y va los fines de semana a visitar al padre, que vive en otro lugar.
Una noche, asomado Oskar a la ventana de su dormitorio, ve llegar a una niña y a un hombre adulto que va con ella. Parecen estar de mudanza y rápidamente comprende, por los ruidos que oye a través de la pared de su habitación, que se han mudado a un piso contiguo al suyo.
A la noche siguiente, Oskar está jugando en la calle. Su juego consiste en clavar un cuchillo en la corteza de un árbol mientras dice lo de chilla como un cerdo. Es la misma frase que le dicen sus acosadores y que él, a su vez, repite cuando está a solas a modo de venganza imaginaria. Aunque creía estar completamente solo, se da cuenta de que la niña que había visto la noche antes lleva un rato observándolo en silencio.
Los niños se presentan y, lentamente, puesto que ninguno es demasiado locuaz, van haciendo amistad. Ella se llama Eli y también tiene doce años. Es muy seria, está muy pálida y tiene aspecto demacrado. En pleno invierno sueco, lleva puesta ropa ligera y dice no tener frío. Acude por las noches a jugar y hablar con Oskar.
Al poco tiempo de haber llegado la niña y el hombre que la acompaña, empiezan a cometerse asesinatos en los alrededores. Contar demasiados detalles de una película a quien no la ha visto puede quitarle el interés, pero para poder seguir comentando Déjame entrar es esencial advertir (el espectador lo sabe prácticamente al principio de la historia) que la niña Eli es un vampiro.
Lo que Déjame entrar no es
Para evitar los equívocos que pudieran surgir después de la lectura del planteamiento, es indispensable advertir lo que la película no es. No es una historia de terror nacida por imitación de otras películas de vampiros niños o adolescentes, de moda reciente. De hecho, aunque la protagonista sea una niña vampiro, no es una película de vampiros.
Eli no viste de negro y no lleva una capa. No tiene la cara espolvoreada de polvos de talco, ni los labios pintados de rojo, ni duerme en un ataúd. La película tiene un exquisito cuidado de no mostrarla volando, aunque en alguna escena se vislumbre que pueda hacerlo, y jamás llegan a exhibirse sus colmillos.
Hay aquí una diferencia con la novela en la que está basada, en que, cuando Oskar llega a conocer la naturaleza vampírica de su amiga, ella le enseña su dentadura. Que este gesto tan repetido en las historias de vampiros se haya eliminado es un detalle de buen gusto, entre otros que hay, de los que separan novela y película, pese a que el autor de aquélla sea el guionista de ésta y pese a que una parte grande de las situaciones y diálogos sean idénticos.
Es interesante la comparación entre la novela y la película. De hecho, recomendaría la lectura de la novela, no por lo interesante que sea, que no lo es, sino por lo mucho que la comparación de las semejanzas y diferencias enriquece el visionado de la película. Viendo todo lo que en la película se ha elidido, ocultado o difuminado, lo que se ha decidido mostrar y aquello de lo que se ha prescindido, y todo lo que ha quedado en el fondo o fuera del campo visual, se revela el trabajo que hay detrás para que la adaptación al cine tenga un sentido propio y exclusivo y no sea una mera ilustración de la novela.
Son de destacar unas declaraciones del director de la película en las que aclaraba que, antes de empezar a rodar, no tenía demasiado conocimiento de la mitología de los vampiros y que tampoco le interesaba especialmente. Lo cierto es que es de agradecer esta ignorancia y desinterés, porque probablemente es lo que le permitió centrarse en la relación de Oskar y Eli y potenciar la expresividad de este vínculo más allá de lo que el novelista pudo conseguir en el libro.
Déjame entrar, la película, hace uso principalmente de la imagen y limita el uso de la palabra mucho más de lo habitual en el cine. Los niños, al menos al inicio, son bastante taciturnos. La comunicación verbal entre los personajes existe, pero no es tan reveladora como lo que callan, lo que uno imagina que iban a decir o lo que queda implícito en alguna escena.
Dice mucho en su favor que una película tan eminentemente visual haga gala de un sonido especialmente trabajado. Así, es una curiosidad simpática oír rugir el estómago de Eli cada vez que realmente tiene hambre y también es un hallazgo el uso del lenguaje Morse para comunicarse a través de la pared por parte de Oskar y Eli. Más perturbador para el espectador es el empleo del sonido en la tremenda escena de la piscina, en la que literalmente se oye la violencia por encima de la superficie, mientras la cámara permanece sumergida en el fondo. Es una lástima que, por estar situada hacia el final, no sea adecuado comentarla con más detalle, pero es tal vez la escena que más perdura en la memoria una vez terminada la película.
Se hace en general en la película un uso constante de las sugerencias y de los detalles y el resto se deja al entendimiento propio. No hay una narración lisa y sin aristas en la que se explique de dónde viene cada personaje y qué es lo que le espera y en la que cada nudo de la trama quede atado y bien atado. Los sobreentendidos y la libertad a la imaginación del espectador son constantes, en la relación entre Oskar y Eli, de Oskar con sus padres y especialmente en la misteriosa relación de Eli con el hombre que la acompaña al principio.
Lo que Déjame entrar sí es
El refrán que dice que una imagen vale más que mil palabras resulta muy cierto a la hora de comentar esta película, pero no por la dificultad que uno encuentre para describir sus imágenes, sino por lo que esas imágenes implican y no llega a enunciarse expresamente. Intentar explicar con palabras lo que esta película cuenta supone limitarla y empequeñecerla injustamente. No obstante, es obligado intentarlo.
Déjame entrar es la historia de dos soledades, la de Oskar y la de Eli, dos niños aislados del resto del mundo, que se saben diferentes y excluidos de su entorno, que se reconocen recíprocamente en los sentimientos del otro y se aceptan.
La soledad de Oskar es la de un niño acosado y terriblemente humillado, solo, que sueña con llevar a cabo venganzas imaginarias contra sus maltratadores. En una de las primeras escenas de la película, en el colegio, un policía les está explicando algo a los niños sobre el trabajo que hace. Ante una pregunta que lanza el policía a los niños, el único que sabe contestarla es Oskar. Sorprendido, el policía le pregunta que cómo lo sabe y el pobre niño responde con timidez que lee mucho. El cabecilla de sus maltratadores, que se sienta delante, se vuelve hacia él con gesto de desprecio.
En un solo plano, y en menos segundos de lo que se tarda en leer el párrafo anterior, queda rápidamente dibujada la relación de Oskar con los demás niños. Los insultos (chilla como un cerdo), los golpes y las humillaciones (esos pantalones que le tiran al urinario…) son constantes. Oskar es una víctima y, como tal, nunca podrá dejar de serlo.
Hasta que conoce a Eli, que le transmite una confianza que no encuentra en otras personas. Después de uno de los crueles maltratos, en que le hacen una herida en la mejilla, es significativo que Oskar le cuente a su madre que se ha caído en el recreo. Sin embargo, cuando un rato después se reúne con Eli, le cuenta la verdad del tormento que sufre en el colegio y es ella quien le da el ánimo suficiente para plantar cara y defenderse, devolviendo los golpes.
La soledad de Eli es la de una niña de doce años, que, como ella misma reconoce finalmente, ha tenido esa edad desde hace mucho tiempo. La naturaleza vampírica de este personaje tan fascinante hace que necesite matar a personas inocentes para alimentarse. No obstante, la niña no tiene rasgos de crueldad, pese a lo siniestro de su propia existencia, sino que actúa por un marcado instinto de supervivencia que tal vez la haga sentirse culpable, pero que no le deja comportarse de otro modo.
Es un gran mérito que en la película la niña pueda pasar con absoluta naturalidad de atacar a una persona para alimentarse a la mayor de las ternuras con Oskar. Hay varios momentos que sirven para ilustrar la peculiar vulnerabilidad de Eli. La segunda vez que se habían visto en los columpios, Oskar le dice a la niña que huele raro. A la noche siguiente, ella llega antes que él y lo espera. Tiene el pelo y la ropa más limpia y la cara más esponjada. Cuando él llega, Eli, en un gesto de requerir aceptación, le pregunta si huele ya mejor.
En otra escena distinta, cuando más sola se siente Eli, una vez desaparecido el hombre que la acompañaba, acude por la noche al dormitorio de Oskar. Él, con inocencia, le confiesa que quiere ir en serio con ella. Ella, tras algún reparo inicial, le pregunta si para ir en serio hay que hacer algo más. Oskar responde que no, que es todo lo mismo que antes. Entonces Eli acepta y le dice que quiere ir en serio con él. Se quedan cogidos de la mano. Cuando a la mañana siguiente el niño se despierta, ella ya se ha marchado. Le ha dejado escrita a Oskar una nota en la que se puede leer una frase del Romeo y Julieta de Shakespeare: He de irme y vivir, o quedarme y morir.
Las dos soledades, Oskar y Eli, se encuentran y la inicial amistad va deslizándose hacia la magia e inocencia de un amor preadolescente. Eli acepta a Oskar y en esta aceptación encuentra el niño lo más parecido que ha conocido a una esperanza de felicidad. Por su parte, después del rechazo y el miedo iniciales cuando descubre la naturaleza vampírica de su amiga, también él acaba aceptando a Eli, con su vulnerabilidad y desamparo y también con su cruel y monstruosa necesidad de supervivencia.
Cuando en la escena del tren los niños amantes se comunican a través del lenguaje Morse, hace tiempo que están condenadamente vinculados el uno al otro. Es otra de las grandes escenas de la película, resuelta con gran sencillez en un solo plano y sin diálogos, aparte de los golpecitos del Morse, pero que esconde algún interrogante y alguna certeza.
El interrogante se corresponde con la sospecha que asalta al espectador de estar asistiendo con Oskar a la repetición de una historia que quizás ocurriera tiempo atrás con el hombre que acompañaba a Eli al principio. La certeza es la reafirmación de que los niños, en su desamparo y su ternura, aúnan lo bello y lo siniestro, como las dos caras que, muy a pesar de ellos, tienen su ambivalente naturaleza y el futuro que les espera.

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