EL CINE QUE VIMOS EN 2011

(Este comentario fue publicado en otro lugar en enero de 2012.)
Con un poco de retraso sobre los años anteriores, he aquí algunos comentarios sobre algunas de las películas que más me han gustado del año. Es un pasatiempo inofensivo pero que, al mismo tiempo, sirve para no dejar caer en el olvido películas que gustaron al verlas. Eso sí, prometo para el año que viene intentar buscar otro título, porque éste lo improvisé con el primer comentario hace dos años y nunca me entusiasmó. En fin, espero que no se me disgusten mucho con la selección.

 

Carlos de Olivier Assayas (Francia).

 

 

No se asusten si leen por ahí que esta película dura unas cinco horas y media. En un alarde de realismo viene dividida en tres capítulos, como si fuera una serie de televisión, que les facilitarán las pausas para reponer fuerzas. Además la película es vibrante si la contemplan como una película de acción y espionaje internacional en los años 70. Carlos cuenta sin ensalzamientos ni molestas comprensiones una parte de la vida del terrorista conocido con ese apodo y también con el del Chacal, desde 1973 hasta la detención en 1994.
Y lo cierto es que con bastante claridad consigue no perderse y que no nos perdamos en la amplitud de la propuesta, para llevarnos por Francia, Austria, Alemania Oriental, Argelia, Libia, Líbano, Siria, Sudán… La aglomeración internacional, tanto geográfica como de idiomas, aturde en algún momento, pero la película consigue situarnos en el peculiar quién es quién de la historia o, mejor dicho, de la Historia, para obtener finalmente una radiografía de los años 70, de las implicaciones del terrorismo con los servicios secretos de distintos países, de las relaciones entre grupos terroristas, todo con el telón de fondo de la guerra fría.
El terrorismo queda caracterizado como una manifestación precoz de la globalización, igual que el protagonista manifiestamente resulta ser un mercenario, un peculiar empresario que subarrienda su organización a sucesivos postores. Quizás la imagen más perspicaz de la película, la que más dice del personaje y, por extensión, de quienes simpatizaron con él, es la que lo muestra tras la resolución del secuestro de los ministros de la OPEP, saliendo en un lujoso coche y asomándose a la ventanilla con desdén, mientras se deja fotografiar por un grupo de fotógrafos de prensa arremolinados. Como un efímero icono del rock.

 

Más allá de la vida de Clint Eastwood (Estados Unidos).

 

 

No pretendo convencer a nadie de que Clint Eastwood sea infalible, porque no lo es, pero a veces, por no se sabe qué caprichoso azar, sus películas son displicentemente despachadas con la muletilla de película menor, lo que ahorra a quien escribe el esfuerzo de razonar por qué o en qué es menor la película o si, en su pequeñez, se puede descubrir algún mérito mayor. Intuyo que a ésta le va a tocar el sambenito de menor y no sólo no veo motivos para compartirlo, sino que lo único menor que encuentro es ajeno a Eastwood y se trata de su espantoso título español, excesivamente sensacionalista por comparación con el laconismo del original Hereafter.
En esta ocasión, Clint Eastwood retrata las dificultades de tres personas con sus experiencias particulares de la muerte y de la posibilidad de un más allá. Una periodista francesa que en unas vacaciones se ve sorprendida en la calle por el tsunami del sudeste asiático, está muy cerca (o más allá, quizás) de la muerte y siente la necesidad de contarlo y de que la crean. Un hombre dotado de la capacidad para entrar en contacto con el mundo de los muertos y a quien este poder le impide relacionarse normalmente con otras personas. Un niño cuyo hermano gemelo muere atropellado y desde entonces siente que, quizás, su otra mitad lo está cuidando desde alguna parte (en la sugerente escena de la gorra y el metro).
Tres historias narradas en paralelo hasta su convergencia final que evidencian lo ya conocido: la sobriedad y lucidez de Clint Eastwood para simplemente fijar su mirada sin apartarla en las dificultades que encuentran los vivos para reconciliarse con la muerte.

 

Melancolía de Lars Von Trier (Dinamarca).

 

 

Aunque no es descabellado plantearse si a Lars Von Trier de verdad le sirve para algo el tratamiento psiquiátrico que le costeamos entre los espectadores, también es cierto que, entre la expresión del desorden mental que son sus películas, a veces despunta la brillantez.
Melancolía comienza con unas imágenes delirantes, como de pesadilla o alucinación. Algunas tan seductoras como la imagen nocturna del castillo con varias lunas en el cielo. Después de un segmento central, con una boda familiar, en el que cuesta trabajo encontrar un personaje que no esté tarado o sea sencillamente odioso, viene una segunda mitad que constituye el núcleo y que está llena de una creciente belleza visual.
Se trata del acercamiento de un gigantesco planeta llamado Melancolía y la posibilidad de que choque y destruya la Tierra, y el diferente modo en que contemplan esta posibilidad dos hermanas, la depresiva Justine o la más normal Claire (aunque cuesta calificar de normal a los personajes de Lars Von Trier). Para Claire es el fin de lo conocido, pero para Justine, una especie de trasunto femenino del propio director, sería algo merecido por una humanidad llena de maldad y ruindad.
No la tomen demasiado en serio, pero tampoco se la pierdan.

El niño de la bicicleta de los hermanos Dardenne (Bélgica).

 

 

Explicaban los hermanos en una entrevista, y no parecían bromear con la afirmación, que la inesperada luminosidad que aquí estrenan probablemente vino con la actriz Cécile de France, porque era difícil no rodar algo luminoso teniéndola en la película. Por cierto, es la misma actriz de Más allá de la vida. Por una parte, la luminosidad es literal (El niño de la bicicleta no es, como otras suyas, una película de luz invernal y grisácea, sino veraniega y llena de vivacidad), pero es también una cuestión de fondo.
Pudiendo escoger el camino trágico de los hechos reales en que dicen haberse inspirado, se decantaron por una mirada amable para contar la historia de Cyril, un niño de doce años abandonado en un centro de asistencia social por un padre al que estorba para rehacer su vida. El niño se resiste a aceptar la realidad y busca con desesperada insistencia al padre que lo rechaza. Con ocasión de una fuga en busca del padre e intentando evitar que lo devuelvan al centro, termina en el suelo literalmente aferrado a Samantha, una mujer que luego acepta quedarse con el niño.
No busquen demasiadas explicaciones psicológicas para la conducta de la mujer, porque la película las elude. Samantha (Cécile de France, y he ahí parte de la luminosidad del personaje) no se queda con Cyril porque ella lo necesite, sino porque se da cuenta de que él la necesita a ella. Los Dardenne cuentan así una especie de fábula (que algunos, ya sé, ya sé, juzgarán poco creíble) sobre las tribulaciones que pasa el pequeño Cyril y que le hace pasar a ella antes de decidirse a tomar, o no, el cobijo que Samantha le está dando.
Una película de corte humanista, lejos de lo que cree un amigo mío, al que todavía no he conseguido quitar de la cabeza la idea de que, por el título, tiene que tratarse, sin duda, de un remake belga de E.T., el extraterrestre.

 

No habrá paz para los malvados de Enrique Urbizu (España).

 

 

He aquí una inesperada y meritoria manera de darle la vuelta a un tipo de personaje demasiado visto: el de un policía alcohólico, desengañado, corrupto, de vuelta de todo, echado a perder… Que una noche comete un repentino triple asesinato en un bar de carretera y que, intentando borrar sus huellas, acaba dando con una trama de terrorismo islámico que pretende cometer un atentado masivo.
La película a veces oculta y a veces deja abiertas posibles pistas para explicar los motivos del personaje, pero lo cierto es que la mayor parte de las veces éstos resultan opacos para los espectadores. El policía que responde al curioso nombre de Santos Trinidad, ¿se dejó llevar por un pronto o seguía un plan preconcebido?
No se llega a saber, pero esto no impide que deba agradecerse a Enrique Urbizu la tensión que le imprime a la película, al tiempo que la fina capa de ambigüedad con que la envuelve. Además de la interrogación anterior, caben otras: aceptando que Santos no es ningún santo, ¿es al menos un hombre de acción, un antihéroe o es directamente un villano?
Y otra, aún más inquietante, ¿no es todavía peor que Santos esa juez que, desde su despacho, no parece enterarse nunca de nada y siempre llega tarde al lugar del crimen, cuando todo está ventilado?

Nunca me abandones de Mark Romanek (Reino Unido).

 

 

No recuerdo ahora con fiabilidad de dónde es esta película, así que si descubren por ahí que es estadounidense no me lo tengan en cuenta.
En todo caso su ambientación es aparentemente inglesa y cuenta una historia que arranca en unos años setenta del siglo XX en que la clonación de seres humanos se ha hecho posible y en que se utiliza esta técnica para la fabricación artificial de clones humanos, concebidos con el propósito de internarlos en centros especiales y, al llegar a la edad adulta, utilizar sus órganos para trasplantarlos a seres humanos, digamos, normales. Es decir, son concebidos y utilizados como instrumentos.
Los clones son desde muy niños espeluznantemente conscientes de este destino, pero mientras llega el momento de hacer sus donaciones y de cumplir, como eufemísticamente llaman a la muerte, hacen entre ellos sus amistades, se enamoran, tienen ilusiones, proyectos, planes… Y luego, a las dos, tres o cuatro donaciones de órganos vitales, se les deja morir.
Como la vi a principios del año y luego no la he vuelto a repasar, no sabría concretar ahora si la huella que me dejó la película se debía a sus méritos propiamente dichos o sólo a lo monstruoso de ver a personas utilizadas como instrumentos.

El padre de mis hijos de Mia Hansen-Løve (Francia).

 

 

Inspirándose en la vida real de un productor de cine francés que se suicidó hace cinco o seis años, agobiado por su ruina financiera, nos llega esta película que resulta mucho más luminosa de lo que podría parecer por su punto de partida.

Cambiando los nombres, toda la primera parte de la película va siguiendo el día a día de un productor de películas entusiasta de su profesión. No es, para entendernos, la figura que suele aparecer del productor castrador de genios, sino quien cuida y atiende al equipo y soporta el peso de los problemas. En las aceleradas primeras escenas, lo vemos estresado conduciendo, hablando por el móvil y fumando, todo ello simultáneamente, mientras sale de París para pasar el fin de semana en una casa de campo con su mujer y sus tres hijas, una de ellas casi adolescente y las otras dos algo más pequeñas.
Así es la primera parte, rectilínea detrás de un personaje al que los problemas se le acumulan y al que embarga la sensación de fracaso. La linealidad se rompe con el suicidio y la historia se dispersa en tantas direcciones como personajes, siguiendo las evoluciones de su deriva, de la mujer, las hijas, el equipo de la productora, con un sentimiento de orfandad emocional cuando intentan comprender lo incomprensible.
Entre la dispersión cobra especial protagonismo la hija adolescente, que después de la rabia inicial intentará explorar la vida y la obra del padre, redescubrirla. Por eso se dedicará a ver las películas que el padre produjo, a algunas de las cuales llevará también a las hermanas pequeñas. Por eso leerá antiguas cartas del padre y terminará descubriendo la existencia de un hijo anterior con otra mujer (que la madre sí conocía). Por eso tendrá que contemplar al padre desde otro punto de vista, porque lo conocido antes ya no sirve para gestionar interiormente su legado emocional y sentimental. Porque ciertamente, tendrá (ella, pero también los demás) que instalarlo en el recuerdo y que quererlo de otro modo, antes de poder liberarse y continuar. Todo ello en un incipiente camino de maduración personal recorrido a tientas, ejemplificado en una escena aparentemente anodina en que la chica, después de agobiarse en una cafetería al no saber escoger qué tipo de café quiere entre varios posibles, todavía decide cambiarlo por un más infantil chocolate caliente.

La piel que habito de Pedro Almodóvar (España).

 

 

Si se dedican a leer u oír los comentarios que circulan por ahí sobre esta película, se encontrarán con que es una de las que más divisiones de opiniones ha producido este año, entre los que la veían una película de madurez y los que la juzgaban sencillamente ridícula. Aunque creo preferible la primera opción, es fácil entender los motivos, perfectamente razonables por otra parte, en que se apoyan quienes sostienen la segunda opinión, pues la película tiene varios tremendos giros argumentales en cuyo juego hay que entrar para poder seguir.
Almodóvar es Almodóvar y nunca ha pretendido ser otra cosa, pero cada cierto tiempo hace alguna película bisagra, en la que se cuestiona a sí mismo más de lo que parece. Es verdad que, a cambio, en el debe se le puede anotar su exagerada tendencia a identificarse personalmente con sus películas y a exigir de sus espectadores una adhesión absoluta y ciega tanto a la persona como a la obra. Un todo o nada asfixiante en que, en ocasiones, resulta tentador escoger el rechazo o la indiferencia.
Lástima, porque eso podría llevar a perderse una película como ésta, un apasionante recorrido que cada equis minutos muda la piel y cambia los puntos de vista, los de los personajes y los nuestros, en un itinerario argumental que va de la certeza a la duda y que, paradójicamente, termina con una reafirmación personal.
Una propuesta que no proviene del provocador airado que Almodóvar fue en tiempos pasados, sino de una reposada madurez que, sin necesidad de imponérnoslas, conoce la tristeza, la pérdida, la rabia, la incertidumbre… pero también la fe en sí mismo y la liberación, como la otra vertiente de las heridas entre las que, paradójicamente, logra que renazca un bello final para esta película.

Somewhere de Sofia Coppola (Estados Unidos).

 

 

Me pregunto si no tendré que batirme en duelo con alguien por defender esta película. Y a mí que, sin negar sus aristas, me acabó gustando tanto como otras de Sofia Coppola, con las que tiene tanto en común que, además de su título, podía haberse llamado también Variaciones S. Coppola.
Somewhere, como otras suyas, no cuenta una historia, sino que recoge la huella de un estado de ánimo. El de un actor de cierto éxito profesional cuya vida, desde un punto de vista emocional, está absolutamente vacía y que durante unos días se ve en la obligación de cuidar a su hija preadolescente, Cleo.
Es una película minimalista, reducida a propósito a los elementos más básicamente imprescindibles para retratar a unos personajes. Es por ello lo menos adornado, menos pop, menos lúdico y menos cómico que Sofia Coppola nos ha dado. Y es también sumamente personal, o por lo menos conecta con el universo personal que le hemos visto en otras películas, de personajes que están sin ser, pero que no van a ninguna parte. Escenas de alienación, de soledad en pasillos, hoteles y aeropuertos… En que algún personaje podría decir lo que Bill Murray en Lost in translation: más que esto, no hay nada.

Valor de ley de los hermanos Coen (Estados Unidos).

 

 

En una entrevista promocional, uno de los corrosivos hermanos dijo que, después de hacer su película más judía con Un tipo serio, ahora habían hecho la más protestante con Valor de ley. Por una vez, convendría tomar en serio lo que dicen los hermanos, pues su película tiene algo de eso, aunque no sólo. Valor de ley es protestante y está curiosamente articulada sobre las circunstancias calificadoras del asesinato: precio, promesa y recompensa, tanto como sobre los anacrónicos conceptos del mérito y el castigo.
En cuanto a su adscripción al género del Oeste, le corresponde obviamente por su contexto geográfico y cronológico, pero los Coen no se han dedicado aquí al revisionismo irónico que sí han practicado con el cine negro. Por el contrario, Valor de ley está marcada por la fe en el relato propia del clasicismo. Clasicismo coeniano, habría que admitir la paradoja, pero clasicismo al fin y al cabo. Sirva como ejemplo que, en un diálogo de Sin perdón, aquella película-síntesis final del género, el personaje protagonista del antiguo forajido intentaba desmitificar la leyenda negra que se le atribuía y ocultaba o le restaba valor a que en otro tiempo hubiera sido capaz de enfrentarse al mismo tiempo y vencer a varios hombres armados. En Valor de ley, justo al contrario, encontramos una de sus mejores escenas cuando un alguacil borracho, cuyas fanfarronadas nadie toma en serio, resulta inesperadamente capaz de enfrentarse en duelo a varios hombres a la vez.
Es además un cuento, a veces evocador y nostálgico, a veces espectral y siniestro. Y es también un viaje iniciático. El que emprende una niña que quiere vengar el asesinato de su padre, con más fe en el ojo por ojo del Antiguo Testamento que en la acción de la justicia, acompañada del alguacil borracho y de un vanidoso cazarrecompensas de Texas. Un viaje que incluye escenas tan clásicas como el cruce del río (el afán de superación de las adversidades) o la muerte del caballo (lo que inevitablemente dejaremos atrás) y otras tan alucinadas como la espectral cabalgada nocturna en peligro de muerte, con un cielo irrealmente estrellado. Un viaje iniciático a cuyo término no espera ninguna satisfacción moral, sino sólo la certeza del final mismo del camino.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s