LOS DESCENDIENTES de Alexander Payne

(Este comentario, dedicatoria incluida, fue publicado en otro lugar en torno a marzo de 2012.)

Para Rosabel,

¡Mucha suerte!

Al intentar describir Los descendientes hay un problema inicial, que no es el del temor a la página en blanco, sino el hecho de que es una película de una normalidad tan fluida que cuesta encontrar escenas, personajes o frases que destaquen unas sobre otras y llamen la atención. Especialmente si se quiere compartir con otros el calado de la película, pero sin reventar el argumento a quien no la haya visto. Así que, por empezar por alguna parte, habría que tirar de las orejas a quien haya ideado el anuncio exhibido en los propios cines, pues se revela en él un giro de la trama que muy probablemente sería mejor no saberlo de antemano y descubrirlo al mismo tiempo que el protagonista.

 
Los descendientes se ambienta en Hawai y cuenta la historia de Matt King, cuya mujer lleva, al empezar, veintitrés días en coma después de golpearse la cabeza en un accidente de esquí acuático. Prácticamente en los comienzos se le comunica al protagonista que su mujer no va a despertar. El accidente le había obligado a hacerse cargo de sus dos hijas, una de diecisiete años y otra de diez. Su voz en off cuenta que, cuando la mujer tuvo el accidente, llevaban tres días sin hablar, pero que, en realidad, llevaban meses sin hablar entre ellos. Algo parecido ocurre con las hijas. De la pequeña confiesa que la última vez que se ocupó de ella la niña tenía tres años. Y la mayor, rebelde y contestataria, está internada en un colegio de otra isla del archipiélago.

 
Con estas premisas, la película sigue la evolución del protagonista, al que descubrimientos inesperados fuerzan a reconsiderar algunos aspectos de su vida, lo que hizo bien, lo que no, lo que pudo haber hecho mejor, lo que todavía está a tiempo de mejorar, los recuerdos que escoge quedarse, los que escoge transmitir a las hijas, suegros, amistades…

 
Al mismo tiempo que la evolución del conjunto de la familia y la de cada uno de sus miembros por separado, otra línea argumental se refiere a las diez mil hectáreas de tierra virgen que en una de las islas posee la familia de Matt desde mediados del siglo XIX. Y que ahora, por imperativos legales, sus primos y él deben pensar en vender.

 
¿A qué genero pertenece Los descendientes? Pues parece generalizada la opinión de que es una mezcla de drama y comedia, lo que habría que desmentir enseguida. Es posible que algunas escenas arranquen alguna sonrisa, como las que incluyen al novio de la hija adolescente o también las de disputa verbal entre las dos hijas. Es absolutamente cierto que para contar la historia se han escogido la ligereza y la suavidad de formas cuando el mismo material hubiera permitido melodramas, desmelenamientos y escenas con largas listas de reproches y facturas pendientes de unos personajes a otros.

 
Pero de ahí a decir que es una comedia… Mejor podría decirse que el tono general mantiene el equilibrio entre la gravedad de lo que se está contando y una mirada que es compasiva con la tristeza irreparable que sienten los personajes y permite la empatía con sus comportamientos. Y sí, de ahí surge una sonrisa que en algunas ocasiones es cómplice y en otras irónica, pero que nunca supone una burla condescendiente ni una ridiculización.

 
El estilo escogido para contar la historia huye del énfasis, de los subrayados y grandilocuencias. De ahí la dificultad a que me refería al principio del comentario. No hay una escena ni un diálogo que con unanimidad prefiramos todos al terminar, por encima de otros. Simplemente la película fluye con serenidad y deja que los personajes respiren por sí mismos y que poco a poco se reconcilien con sus propias imperfecciones. Esos personajes que al principio de la película se encuentran tan lejos y tan cerca unos de otros que son comparados con las islas de un mismo archipiélago.

 
Que en Los descendientes sea complicado destacar un único momento no significa que no haya muchos destacables. Personalmente, mis preferidos son las despedidas de la mujer por parte de Matt, de los padres de ella y de las hijas, por el diferente modo en que se cuenta cada una de ellas. La de Matt la vemos y oímos. A los padres de ella ya no los oímos. Cuando están dentro, se enfoca desde fuera el interior de la habitación a través de un pequeño cristal en la puerta.

 
La de las hijas ni siquiera la vemos. Desde el pasillo del hospital se ve abrirse la puerta de la habitación y a la hija mayor salir sola, dirigirse a la hermana pequeña, cogerla de la mano y volver a entrar las dos. Todo en una escena sin palabras que, lejos de resultar distante o fría, muestra una infinita discreción y pudor con los sentimientos ajenos, una respetuosa humanidad, y que, por comparación con el principio, dice mucho de la evolución de las hijas como personas a lo largo de la película y de dónde se encuentran al final.

 
Viendo el desenlace, que no desvelaré, no teman, caí en la cuenta de lo mucho que toda la película me había venido recordando a otra más antigua, El río, de Jean Renoir. Los descendientes trata de una familia, digamos, “blanca” en Hawai (y por ello remotamente ajena), con alguna desgracia y etapas vitales que se cierran y abren. La de Renoir era la historia de una familia inglesa en la India (y por ello también ajena), con alguna desgracia y etapas vitales que se cierran y abren y en la que se podía oír una frase más o menos así: “el día termina, el fin comienza“.

 

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