“LA PIEL QUE HABITO” de Pedro Almodóvar

 

 

(Este comentario se publicó en otro lugar en octubre de 2011.)

 

Veintidós años son los que separan ¡Átame! de esta película y, aunque ese periodo de tiempo se ha comentado más por la reunión con Antonio Banderas, en realidad sirve para echar la vista atrás y ver lo mucho que Almodóvar ha progresado desde entonces y lo bien que le ha sentado el transcurso del tiempo. Y no porque ¡Átame! fuera mala, que no lo es en absoluto. Vuelta a ver en televisión algunos días antes de ver La piel que habito, sigue manteniéndose en buena forma y además es la primera película de su director que llegué a apreciar. No obstante, aunque en la comparación se aprecia el parecido más obvio, como que el protagonista masculino vuelva a ser un secuestrador (o algo así, en todo caso, más frío y temible esta vez), justo es reconocer que, al lado una de otra, ¡Átame! es algo primeriza y tan ingenua como su inmaduro protagonista, mientras que La piel que habito, sin embargo, derrocha dominio del medio y la ingenuidad y la inmadurez han desaparecido por el camino.

Por si a estas alturas alguien no sabe de qué trata la película o, mejor dicho, por dónde empieza, habría que decir que su protagonista es Robert Ledgard (Antonio Banderas), un cirujano plástico obsesionado por el recuerdo de su esposa, fugada con un amante ocasional y gravemente quemada en un accidente de coche sufrido en la huida. El doctor Ledgard intenta crear un tipo de piel resistente a las quemaduras, para lo cual en su finca de Toledo experimenta, poniendo y quitando piel, con Vera (Elena Anaya), su cobaya humana, a la que tiene encerrada en una habitación con ventanas enrejadas. En la finca trabaja Marilia (Marisa Paredes), la imprescindible ama de llaves y carcelera de toda película con mansión y misterio.

Durante toda la primera parte, quizás una media hora, la información que tiene el espectador es mínima y la película parece no estar contando nada. Vemos a los personajes en distintas situaciones que el espectador, con una leve sensación de incomodidad, no puede ubicar completamente. Algo parecido a como si quisiéramos completar un rompecabezas en el que no tenemos todas las piezas y ni siquiera estamos seguros de que las que tenemos sean las buenas.

Así son, por ejemplo, las primeras escenas de Ledgard. A grandes rasgos: una conferencia ante un auditorio indeterminado en la que habla de los trasplantes de cara, o una misteriosa visita nocturna a un parking en la que alguien a quien no distinguimos le entrega una caja, o el anuncio público de la nueva piel que, según dice, ha probado con ratones… Por el camino hay diseminadas breves pistas que caracterizan al personaje tanto como despistan en una primera aproximación. El hecho de que a la piel le haya puesto nombre, Gal, como se llamaba su mujer; o las primeras veces que a través de una pantalla de televisión gigante contempla en su encierro a Vera, de quien sabemos, por Marilia, que Ledgard le ha puesto la misma cara, o una muy parecida, que tenía su mujer fallecida; o que en la televisión gigante Vera aparezca en posturas que se parecen a las de las distintas Venus de los cuadros que se ven en la casa…

Hasta donde me pareció captar, la película estaba más limpia de homenajes y contaminaciones cinéfilas que otras del director, pero supongo que aquí sería inevitable recordar Vértigo, de Hitchcock, por el protagonista obsesionado con la idea de reconstruir a la amada muerta y con ello traerla a la vida de entre los muertos. También se me vino a la cabeza una canción de Malú, que no suena en la película pese a que suenan muchas otras, que decía algo así como: Nunca creí que te vería / Remendando mis heridas / Con jirones de tu piel. La letra no desentonaría en una película que sobrevuela el terreno del vacío que dejan las personas queridas y entra de lleno en el de las heridas en carne viva que las cuentas pendientes impiden cerrar.

Mientras todo eso ocurre, el personaje de Vera es quizás lo más enigmático de todo. Sabemos que está encerrada, porque tiene rejas en la ventana de su habitación, no puede salir, sólo Ledgard puede entrar a verla, y se comunica con Marilia por un interfono. En su comportamiento, no obstante, no parece haber contrariedad y en algún momento cabe plantearse si no será simplemente una paciente algo extrema del cirujano, como cuando ella le pregunta si hay algo más de ella que él quiera mejorar. Pero lo cierto es que sabemos que está, cuanto menos, retenida y el propio Almodóvar lo ilustra con una cita literaria en las primeras escenas en las que vemos a la chica: a través de un torno en el que Marilia le ha puesto el desayuno, le ha dejado también un libro. Ese libro se titula Escapada, imagino que no por casualidad.

La piel bajo la piel

La imprevista irrupción en la trama y en la finca del hombre con el que se fugó la mujer de Ledgard precipita la película y la orienta por un camino inesperado hasta entonces. Marilia comienza a contar una historia, que luego continúa para el espectador en la forma de un sueño que Ledgard tiene esa misma noche y que se completa con el sueño de Vera, el más largo de los tres relatos que vienen a cambiar todo el curso de la película y el sentido de las motivaciones de los personajes.

Ahí la película empieza a recomponer las piezas sueltas del rompecabezas, pero milagrosamente no se pierde en las digresiones, pues Almodóvar nos lleva con el mismo pulso firme con el que, luego lo comprendemos, nos ha dosificado la información sin llegar a engañarnos. Puede, eso sí, que al adoptar en esos momentos el punto de vista de un personaje se permita alguna que otra licencia perdonable en cuanto al punto de vista narrativo. Quiero decir, para entendernos, que un personaje no puede contar lo que ocurre en una habitación en la que sólo hay otro personaje, si éste no se lo cuenta a aquél. El primero podrá imaginarlo, conjeturarlo, pero no darlo por cierto. Y en el relato de Marilia y el sueño de Vera, al menos, se cuentan como ciertas cosas que las dos pudieron suponer, pero que no presenciaron y que nadie les contó.

La narración mantiene la gelidez formal que la había caracterizado, pero la temperatura interior aumenta cuando abandonamos la perspectiva de los experimentos con la piel de un científico fuera de la realidad y, gracias al relato oral de Marilia y los sueños de Ledgard y Vera, empezamos a vislumbrar las causas y los efectos de una venganza irreparable, sin posibilidad de marcha atrás. Una venganza tan sostenida que da miedo concebir, pero que está contada con la misma sobriedad y falta de truculencia con que Almodóvar consigue inquietar sólo mostrando los instrumentos quirúrgicos o las herramientas guardadas en un sótano.

Un mérito especial, no siempre valorado, de la carrera de Almodóvar es el de reinventarse periódicamente. Así, aun cuando su nombre esté popularmente asociado a ciertas actrices, a temas concretos y a determinada estética, si contemplamos sus películas en el largo plazo y con perspectiva, ha encontrado cada cierto tiempo la manera de dar una vuelta de tuerca a sus modos y maneras para seguir contando historias. En alguna ocasión se ha definido a sí mismo como un cineasta autodidacta, que ha aprendido a hacer películas haciendo películas, según un proceso de ensayo y error que, a cada paso, le empujaba a probar cosas nuevas. Por ejemplo, en una entrevista lejana consideró que contar parte de Tacones lejanos con un flashback suponía un avance en la estructura lineal con la que, hasta aquel momento había contado sus historias. Aquel Almodóvar se enorgullecería, supongo, de lo lejos que ha llegado después y creo que, en este sentido, La piel que habito es seguramente su película más compleja, la más desafiante de concebir y también la más gratificante para un espectador que, libre de ideas preconcebidas, se deje llevar de la mano por una película que, en varias ocasiones y sin hacer trampas, muda la piel dejando al descubierto la segunda (y tercera piel) que esperaba debajo.

A flor de piel

Y es que debajo de los experimentos de un cirujano fuera de la realidad late agazapada una historia de venganza y, cuando el espectador aún sigue embelesado con los trucos del prestidigitador almodovariano, todavía aguarda una vuelta de tuerca más. Una nueva pirueta que revela el sentido último, más íntimo y etéreo, de la película: la asunción de la identidad impuesta y la resistencia interior como imperativos de supervivencia, la piel que uno habita como metáfora de la imposición, primero, pero también como metáfora del escudo protector del interior vulnerable frente a la agresión exterior, después, y finalmente como asumido elemento de reafirmación personal.

Que la película eluda refugiarse en patrones de género (de ciencia ficción o de terror de serie B sólo tiene el planteamiento), o estéticas (todo lo más repulsivo o macabro queda fuera de la escena) es un punto a favor. Que desarrolle un discurso personal a partir de un argumento de derribo, que lo vampirice y se lo apropie, y que a partir de elementos tan previsibles suscite lo más imprevisible sólo pueden ser calificados como méritos de un cineasta que no es sublime sin interrupción, pero que sabe (y todavía quiere) ser sublime en ocasiones.

 

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