“MILLION DOLLAR BABY” de Clint Eastwood

Cuando en 1988 rodó su película Bird, Clint Eastwood la inició con una cita de Scott Fitzgerald que se demostró válida para ésa y para casi todas sus posteriores películas.  “No hay segundos actos en la vida de los americanos”.  Por extensión, podríamos añadir, no hay segundas oportunidades en la vida de las personas.  Como un telón de fondo, esa idea recorre Million dollar baby, película de 2004 que contaba, en síntesis, la historia de Maggie Fitzgerald (Hillary Swank), una chica que pasados los treinta años no tenía mucho más futuro que su trabajo de camarera y su sueño de triunfar en el boxeo, y de Frankie Dunn (el propio Clint Eastwood), el propietario del gimnasio que a regañadientes termina aceptando entrenar a una chica.

Así, a simple vista, era otra película más con una predecible estructura narrativa de ascensión y caída de su protagonista, o bien de ascensión y auto conocimiento personal en el camino.  La película, sin embargo, aunque es razonablemente respetuosa con esa estructura, es tan fuertemente personal que la desborda.  No es una película deportiva o épica de ninguna de las maneras, sino que Eastwood se interesa mucho más por trascender el material de partida y adentrarse en el valor interior y la moralidad, entendida como el sentido de sus actos, de los dos personajes protagonistas, o incluso de los demás secundarios: Scrap (Morgan Freeman), el ayudante del gimnasio, ex boxeador entrado en años que narra en off toda la historia, o de Peligro, el muchacho no muy despejado que quiere aprender a boxear.

Si recuerdan ustedes algunas películas de Clint Eastwood, observarán que uno de sus temas preferidos es el de las peculiares relaciones paterno filiales que a veces se establecen entre sus personajes.  En ocasiones, como en esta película o como en la posterior Gran Torino, la filiación es en sentido figurado, pero no por ello menos auténtica.  Lo más valioso de Million dollar baby es la relación que se establece entre Maggie y Frankie, boxeadora y entrenador.  Del desdén de la conversación inicial (“ser dura no es suficiente”, le dice él como motivo para no entrenarla), hasta una cierta idea de un aprendizaje artesanal del boxeo y sus secretos como la transmisión de un legado que no cualquiera puede recibir, sino sólo alguien a quien se considera merecedor de ello.  Como dice Scrap en su narración, la magia de darlo todo por un sueño que nadie más ve excepto tú.

La película no es previsible, aunque no se pretende original, del mismo modo que no es amable, aunque tampoco exagera su aspereza.  Tampoco es tan clásica como podría hacer pensar ese guiño de Eastwood, referido a sí mismo, de iniciar su película con el logotipo de la Warner en blanco y negro.  No es clásica, sino eastwoodiana.  A partir de cierto combate, toda la trama se desentiende de lo anterior y da un giro inesperado, que resulta preferible no contar por si alguien, nueve años después, no la ha visto todavía.  Les cuento una apreciación personal.  Vi la película dos veces en el cine.  La primera vez pensé que cada una de sus partes duraba una hora aproximadamente.  La segunda, atento al reloj, me di cuenta que toda la segunda parte apenas alcanza media hora y, sin embargo, su oscuridad y hondura atrapan y dejan huella.

Porque no hay segundos actos en la vida de los americanos y porque sólo quedará el nimio consuelo de que, como recuerda Scrap casi al final, Maggie tuvo su oportunidad y lo hizo bien.  Porque a lo largo de las escenas finales el Clint Eastwood cineasta hizo algo poco frecuente. Obligó al espectador a mirar sin apartar la vista, sin proporcionarle coartadas estéticas o ideológicas que sirvieran de asidero o de disculpa.  A mirar más allá de un punto en el que sólo se ve una intensa piedad, aunque asumirla sea perderse “en algún lugar entre cedros y robles, entre ninguna parte y el olvido”.

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