“EL SUEÑO DE ELLIS” de James Gray

 

Por fin tenemos oficialmente en las pantallas españolas la última película de James Gray y la espera merece tanto la pena que propongo perdonar a los distribuidores el injustificado retraso de un año en estrenarla. Bien es cierto que en algún festival de cine, allá por noviembre de 2013, ya se pudo ver esta The immigrant o, como aquí la han llamado, El sueño de Ellis. Y que gracias a verla entonces la pude incluir en este mismo blog en una lista de las películas que más me habían gustado del año.

 

Hace años circuló la frase de un crítico que, a propósito de James Gray, decía que todas sus películas podían reducirse al siguiente esquema: el protagonista desafía al destino y pierde. Era una gran verdad también aplicable a The immigrant, que significativamente comienza con un personaje contemplando la Estatua de la Libertad a lo lejos, mientras se ve llegar un barco lleno de inmigrantes. Estamos en enero de 1921 y los europeos huyen de las secuelas de la Primera Guerra Mundial.

 

En ese barco vienen dos hermanas polacas, Ewa (Marion Cotillard) y Magda, sólo que la segunda está enferma de tuberculosis y es retenida por las autoridades sin poder entrar en el país. Sin medios para sacar a su hermana de allí, víctima de unas difusas acusaciones sobre su moral relajada en el barco, esperando que se presentaran a recogerla unos tíos que no se presentan, Ewa conoce a Bruno Weiss (Joaquin Phoenix), un tipo de modales exageradamente ceremoniosos que dice tener contactos para sacar a su hermana y medios para ayudarla. Pronto se revelará como un individuo manipulador que se aprovecha del desvalimiento de varias chicas para empujarlas a actuar en un cabaret y, también, prostituirlas. Más tarde hará aparición un tercer personaje, Emil, un primo de Bruno que actúa como mago con el sobrenombre de Orlando.

 

En busca de la libertad

En una escena situada en el cabaret, Ewa, disfrazada de Estatua de la Libertad, le responde al mago Orlando que fue a América para ser feliz. Algo que a todas las criaturas de James Gray suele costar mucho, pues no son libres. En un rasgo que repite bajo distintos parámetros en cada película (y del que alguna vez ha dicho no ser consciente ni incluir a propósito en los guiones), sus personajes ven gobernadas sus vidas por una fatalidad de la que no pueden escapar y cualquier intento está condenado, antes o después, al fracaso.

 

Pero la libertad que les falta a sus personajes no es algo exterior, sino interior y en el caso de The immigrant, por primera vez se hacen expresos en una película de Gray unos sentimientos religiosos en torno a la libertad, culpa, condena, pecado, vuelta al redil, sufrimiento, redención, libre albedrío, etc., que bajo otros matices ya habíamos visto antes en su obra anterior. Ewa se prostituye para Bruno, con el fin de conseguir dinero para sacar a su hermana de su reclusión. Y en algún momento de la película llega a decir: “no soy nada”.

 

Pero Bruno no es tampoco un malo de una pieza. O sí lo es, pero no solamente. También está enamorado de Ewa y en su conducta con ella pesa tanto su afán de lucrarse como proxeneta como el de retenerla a su lado. A su modo, tampoco es Bruno es libre en la vida que lleva, pues sabremos que tiempo atrás tuvo una novia con la que soñó cambiar de vida y que ese noviazgo se truncó por la intervención de su primo Emil. Nuevamente esos lazos familiares de Gray que cortan el camino a la libertad. También Bruno dice de sí: “no soy nada”. Su frase la pronuncia en otro contexto y con otro sentido diferente al de Ewa y con la diferencia de que la frase no queda en el vacío, sino que obtiene una respuesta.

 

Y Emil, el último vértice de un triángulo que no llega a ser tal, tampoco responde a un esquema de personaje de una pieza. Lo mismo podríamos verlo como alguien que se enamora de Ewa e intenta ayudarla a escapar, que como un pendenciero que “muy a lo Gray” busca incordiar a su primo una y otra vez.

 

Cajón de sastre

Obviamente, no es cuestión de contar la resolución de la película, pero sí se pueden indicar dos cosas. La primera es que The immigrant avanza de menos a más. El interés de la trama y el trabajo de los actores crecen según avanzan. Para muestra, los últimos cinco o diez minutos de película. Parece como si toda la historia se hubiera trazado para llegar a ese desenlace y no otro, a la conversación entre Ewa y Bruno y a un último plano de quitarse el sombrero.

 

La segunda cuestión es el idioma de la película. Hablada en inglés mayoritariamente, pero con diálogos en polaco, la versión doblada que se ha estrenado en España lamina por completo cualquier diferencia entre idiomas y todo se oye en español. El resultado es lastimoso, pues aparte de una falta de respeto hacia la propia película ofrece momentos tan absurdos como ver un pequeño altercado y a una chica polaca que evidentemente no se está enterando preguntar en el mismo idioma que los que riñen: “¿qué pasa, qué pasa?

 

En la versión original podrán apreciar ustedes el esfuerzo de la francesa Marion Cotillard hablando en polaco en varios largos diálogos, pues por lo visto no fue doblada y es ella quien habla. Y su inglés silabeado, que tan bien le queda al personaje de inmigrante y que, imagino, también adaptó para la ocasión.

 

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