CORRIENTES DE AMOR de John Cassavetes (1984)

“La vida es una sucesión de suicidios, divorcios,
promesas rotas, niños borrachos y qué sé yo.”

Diálogo de la película

Toca hoy recordar la que fue penúltima película de John Cassavetes y, de paso, recordar al propio Cassavetes, padre y origen del cine independiente estadounidense, mucho antes de que el festival de Sundance pusiera de moda la etiqueta del llamado cine indie.

Corrientes de amor es una preciosa comedia dramática, llena de desequilibrios, como desequilibrados son sus personajes, Robert y Sarah, dos hermanos de mediana edad, que se mantienen a flote como torpemente saben, en medio de su propio naufragio de soledad y ansia de cariño. El título de la película viene de una frase que ella repite varias veces, como un cliché sobre el que apoyarse, algo así como que el amor es como una corriente de agua, que nunca se corta. Pero sí se corta, como le advierte su psiquiatra y ella se niega a ver.

Sarah es una mujer cuyo matrimonio fracasa y cuya hija adolescente elige vivir con su padre. Robert es un escritor con modales y frases de galán otoñal que compra con dinero la compañía de mujeres, porque no soporta dormir solo. Incapaces de ocuparse de otros (Robert se hace cargo de su hijo durante un fin de semana y lo aprovecha para irse a Las Vegas con prostitutas mientras deja al niño en el hotel), ni de sí mismos (Sarah viaja por Europa por recomendación de su psiquiatra y, con una expresiva pincelada, la vemos desbordada por los aeropuertos acarreando una cantidad de maletas cada vez más imposible), acude ella a la casa de él a vivir durante unos días.

Cassavetes radiografía la patética desesperación de sus personajes sin tapujos, pero en el fondo con una tierna compasión y con no pocas gotas de humor. Ahí queda la escena en que Sarah decide que su hermano necesita una pequeña mascota de la que ocuparse y, torrencial como es ella, vuelve a la casa con dos ponis, un perro, un pato, unos pollitos y una tozuda cabra. O el diálogo en que ella dice que ya casi no está loca.

La estructura de la película se sale de la norma. No puede decirse que haya un planteamiento, nudo y desenlace, ni tampoco una progresión dramática al uso. Ni presentación de los personajes. Comienza cuando lo hace y termina en el momento en que Cassavetes quiere, por lo que exige un cierto esfuerzo del espectador por participar de la trama y hacerse con ella. Corrientes de amor es una película de personajes, algo más frecuente en el cine de los años 70 de lo que es ahora. Claro, que era una época espléndida en que el cine estadounidense se hizo adulto y trató a los espectadores como si también lo fueran.

La película tiene unos minutos finales maravillosos e intrigantes, bajo un diluvio, con los personajes encerrados en la casa de él, con los animales en casa un poco a lo arca de Noé (cuesta meter en casa a la cabra tozuda). Porque no sólo el agua, ni el amor, sino que también la trama es como una corriente que no se detiene. La película llega en mitad de una corriente de vidas que naufragan y se aparta de ella dos horas y pico después, pero tiene la habilidad de dejarnos con una cierta sensación de suspense, de intriga por saber qué pasará con estos dos hermanos, Robert y Sarah, no sólo hermanos de sangre, sino también hermanados en su soledad desesperada.

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