“AS I WAS MOVING AHEAD, OCCASIONALLY I SAW BRIEF GLIMPSES OF BEAUTY” (2000) de Jonas Mekas 

Con una mezcla de temor reverencial y curiosidad me acerqué a esta película, mi primer contacto con Jonas Mekas. Hasta la fecha sólo llevo dos. El otro, unos días después, fue Reminiscencias de un viaje a Lituania, porque se incluyeron las dos en la misma edición de DVD. Temor reverencial por la consideración que a Mekas normalmente se le otorga como una especie de padre, o jefe de la manada, de cierto cine experimental o vanguardista. Por eso y por las cinco horas que dura As I was moving ahead…, que no son ninguna tontería. 
Quítense el miedo, que no es tan fiero el león. Desde un punto de vista práctico, no hace falta ver las cinco horas seguidas. La película está dividida en doce capítulos, lo que facilita las imprescindibles y reparadoras pausas. Además, y siendo innegablemente prosaico, lo cierto es que la película se puede parar en cualquier momento y luego retomarla por donde se dejó o incluso por cualquier otro punto. 
¿Y eso por qué? 
Porque As I was moving ahead… no es una película argumental, no tiene un principio, nudo y desenlace que deban seguirse en un orden cronológico. Y hasta ahí todo lo que le encuentro de experimental o vanguardista. En una primera aproximación, son imágenes grabadas por Mekas en un periodo que abarca desde finales de los años sesenta hasta los noventa y que se centra sobre todo en los setenta y primeros ochenta. Imágenes, muy breves en su mayoría, planos fugaces, destellos dice el título de la película, que se suceden sin orden cronológico entre ellas y sin más explicación que la voz en off ocasional de Mekas y que los rótulos que se intercalan entre imágenes. Rótulos que son algunos más explícitos, que explican el lugar, fecha o celebración donde se tomaron las imágenes. Otros más genéricos, del tipo verano en Central Park. Otros decididamente socarrones, como uno que se repite varias veces diciendo que ésta es una película política. Otros más, que también lo parecen, son humildes cuando también se repiten declarando que nada ocurre en esta película. 
Porque sí ocurren cosas en esta película y dudo mucho que el montaje se haya dejado verdaderamente al azar (aunque lo quiera aparentar y aunque Mekas lo afirme en algún momento al principio). Cuestión aparte es que el hilo sea eminentemente subjetivo en esta especie de magdalena proustiana de recuerdos. Pues eso es de lo que hablamos y de lo que nos habla Mekas en el fondo. Recuerdos atesorados que vuelven de golpe, tal vez en forma de flash. 
Tal vez la experiencia de verla pueda ser diferente para cada persona. En mi caso, me costó superar la primera hora, porque pensaba que debía encontrar un sentido que se me estaba escapando. Sean pacientes y déjense llevar. Tomen las pausas que requieran. Estoy seguro de que, una vez vista, se puede analizar la película hasta la saciedad, pero para una primera toma de contacto creo que es todo más accesible de lo que uno pueda imaginarse y que no hay más que lo que se ve. Las calles de Nueva York, los vendedores callejeros, personas paseando, el Soho, Central Park, ventanas, el viento agitando las hojas vistas por la ventana, el piso de Mekas, su mujer Hollis, su hija Oona, su hijo Sebastian, su hermano Adolfas, el verano, el mar, un paseo en río, excursiones familiares, reuniones de amigos, celebraciones familiares, la lluvia, la nieve en las calles (en algún sitio leí que en Nueva York no nieva tanto como se ve en las películas de Mekas, pero que por lo visto le encanta la nieve y por eso la filma repetidamente). 
Imágenes que me recordaron, a la inversa, una frase de Alain de Botton. En su novela Del amor decía que detectar el encanto de los lugares insólitos es negarse a ser hechizado por lo obvio. No lo niego, pero… ¿y si también ocurriera al revés? ¿Y si detectar el encanto de los lugares acostumbrados fuera negarse a ser hechizado por lo obvio? 
La anécdota del gusto por la nieve de Mekas tal vez nos dé una pista, la pista: no es lo mismo la nieve que el recuerdo de la nieve y así con todo. Bien podrían ustedes pensar, con lo descrito hasta ahora, que qué les importa un plano fugaz viendo cómo gatea el bebé de un director de cine. Pero es de otra cosa de lo que se trata. Proustianamente hablaríamos de un tiempo perdido, de la reconstrucción y evocación de la memoria y del tiempo recuperado. 
Y aquí merece la pena traer a colación una curiosa coincidencia. Aunque sean dos películas muy diferentes en todo, en esto de la reconstrucción de la memoria personal tal vez sea Tarkovsky quien en su El espejo mejor y más intencionadamente haya expresado en una pantalla los mecanismos y resultados del fluir de la consciencia. 
Tarkovsky, como Mekas, otro soviético, otro que terminó exiliado, si bien en circunstancias diferentes. Mekas nació en Lituania en 1922 y, por una serie de peripecias absurdas que se dan en las guerras para las personas en general y para los espíritus libres en particular, se vio obligado a huir tanto de los nazis como de los soviéticos. Su hermano Adolfas y él intentaron escapar de Lituania, fueron detenidos por los nazis e internados en un campo de trabajo para desplazados, huyeron, se escondieron meses en una granja, etc. A finales de los años cuarenta llegaron a Nueva York y el sentimiento de estar desplazado, de no tener ningún lugar adonde ir, el aislamiento y la soledad lo acompañaron durante bastantes años. Pasaron veinticinco años hasta que pudo volver a visitar a su madre. 
Conoció circunstancias difíciles y sin embargo… Ya saben ustedes que, cuando hay un sin embargo, la adversativa a menudo es más reveladora que la oración principal. …y sin embargo Mekas elige filmar y montar, elige recordar, sólo sus pequeños destellos de belleza, y en esta elección, antes que en el propio recuerdo en sí, está el quid, lo que merece la pena, lo que deja huella en el espectador. 
Porque Mekas montó la película llena de imágenes sencillas e impregnadas de disfrute y optimismo y omitió lo que no quiso que apareciera. Porque estas omisiones no pueden ser olvidos casuales o arbitrarios en una película que Mekas dice montada al azar, pero que le llevó diez años y que empezó a preparar a principios de los años noventa. Por ejemplo, porque omite mencionar que su mujer y él se separaron tiempo después, nada de lo cual se podría intuir ni se insinúa en las imágenes. 
Porque es mentira, humilde mentira, que la película sea una combinación aleatoria de momentos Nescafé. En realidad está llena de la clase de elecciones que demuestran la valía de una persona y de su modo de afrontar la vida y el cine. La voz en off dice en algún momento que el espectador querría saber algo más de él, pero que todo lo necesario está en las imágenes y seguramente sea el momento más sincero del bromista de Mekas. Claro que también bromea luego diciendo que “esos franceses ya les enseñaron a leer las imágenes, ¿no?” 
Paradójicamente, las cinco horas no agotan la paciencia, sino que van de menos a más. El último capítulo sí deja adivinar la conciencia de un final, de algo que no está, recuerdos a punto de desvanecerse, personales y a la vez universales. Mekas se despide (¿de nosotros, los espectadores?, ¿sólo de nosotros?…) tocando un acordeón y cantando que no sabe lo que es la vida, tan desafinado como ustedes y yo en la ducha. Pero, pese a no saberlo, nos deja un regusto optimista, la sensación de que merece la pena.

Anuncios

2 pensamientos en ““AS I WAS MOVING AHEAD, OCCASIONALLY I SAW BRIEF GLIMPSES OF BEAUTY” (2000) de Jonas Mekas 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s