MISCELÁNEA DE VERANOS

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1. Verano de 1996

La semana pasada se puso en huelga el reproductor de DVD de mi ordenador, así que me veo sometido contra mi voluntad a un descanso veraniego cinematográfico hasta que pueda darle una solución. La tarde antes de ponerse en huelga había estado repasando Corazón salvaje (1990), la historia de Sailor y Lula, la primera película de David Lynch que vi. Fue en el verano de 1996 y tuve la suerte de que la pusieran en Televisión Española, que al menos respetaba el formato en cinemascope de la película y tenía la delicadeza de subtitular las numerosas canciones que sonaban.

En aquellos momentos la fama de David Lynch estaba bastante venida a menos. La serie de Twin Peaks sí había tenido muy buena acogida, pero Corazón salvaje se recibió con hostilidad y lo de la película de Twin Peaks: fire walk with me no fue ya hostilidad, sino ensañamiento y apoteosis caníbal. En España no llegó a estrenarse ni en cine ni en vídeo y no se pudo ver hasta que la emitió Canal Plus en otro verano, creo que de 1997. Suerte tuve porque un amigo caritativo se ofreció a grabármela.

Demasiado joven para haber visto Twin Peaks, que tenía una cierta consideración de serie de adultos, y no digamos la más lejana Terciopelo azul, compensaba mi ignorancia lynchiana con una mirada, a cambio, libre de juicios previos. Recuerdo la impresión que me produjo, rendidamente a favor, y algunos detalles sueltos. Los planos detalle del encendido de cigarros, los fundidos en amarillo (Lynch puso un filtro amarillo en la cámara para filmar la película, como puso uno azul en Terciopelo azul y otro color chocolate en Carretera perdida), el fuego desatado como leit motiv, las canciones de Elvis Presley.

Recuerdo lo que más me gustó y lo que menos, impresiones que con carácter general se han mantenido en posteriores visionados. Lo que más fueron los detalles sacados del mago de Oz, como ecos sublimados de una fantasía adolescente (también Terciopelo azul nació de una fantasía adolescente y una parte al menos de Twin Peaks lo es). El camino de baldosas amarillas, los zapatos rojos que se hacen chocar por los talones, la bruja mala, incluso la delirante aparición final de la bruja buena, inesperada y brillante, a fuer de lo arriesgada que es.

Nunca me molestó la saturación de detalles, la acumulación hasta crispar que se le critica todavía ahora con frecuencia. Lo que menos me gustó fue otra cosa, su galería de malos. Aprecio el trabajo de Willem Dafoe y toda su caracterización como una especie de Clark Gable texano y viciosillo, pero nunca he llegado a verle al personaje el carisma ni la condición pesadillesca que requería. Condición que Lynch cuidó mucho siempre. Supongo que es un juicio personal que no me impidió enamorarme de la película, de su capacidad de seducción y de su pureza casi adolescente.

Entre los detalles, uno que me pasó inadvertido hasta que lo vi mencionar al propio Lynch en la edición en DVD es un homenaje a la maravillosa película Mi tío, de Jacques Tati, y concretamente al gag de los tubos de plástico de color rojo. En un momento, cerca del final, en que Sailor está en la calle reparando el motor del coche, un hombre pasa discretamente al fondo llevando sobre el hombro un tubo de plástico rojo. Mi homenaje a Tati, decía Lynch con discreción.

  
Cuando repasaba la semana pasada Corazón salvaje, reparar en el homenaje a Tati tuvo un sentido añadido para mí, seguramente acrecentado por el hecho de que el viernes pasado se ha reestrenado en algunas ciudades otra cinta de Tati, Las vacaciones del señor Hulot.
2. Verano de 2010

Jacques Tati y el humor sin palabras que nace de la perplejidad ojiplática de su señor Hulot, enfrentado a la asepsia uniforme y deshumanizada de la modernidad. Por rebuscado que pueda parecer, a Tati lo empecé a apreciar gracias a un tío mío, antes de haber visto sus películas. En alguna ocasión, por la segunda mitad de los años noventa, estaba mi tío de visita en casa y hablábamos de mi entonces ya desatada afición al cine. No recuerdo cómo la conversación nos llevó hasta Tati. Pudo ser de cualquier modo, porque era un gran conversador y me encantaba oírlo e intercambiar opiniones. Se aprendía con él.

Lo cierto es que conocía a Tati, sobre el que yo había leído algo en alguna revista pero de quien no había visto nada. Me contó cómo había visto Mi tío en Madrid en su juventud, siendo él estudiante, y cómo recordaba especialmente una escena, la del seto. El señor Hulot, siempre voluntarioso y predispuesto él, está en la casa de su hermana y cuñado y recorta una punta de un seto que sobresale. Se echa hacia atrás para mirar y, siempre ojiplático, decide recortar otra punta que sobresale. Y así. No les cuento cómo de pelado queda el seto, porque ya se lo pueden imaginar ustedes. Pero es que mi tío tenía la virtud de que contaba todo aquello mientras imitaba con bastante acierto los gestos que hacía Tati en la película, como comprobé años después cuando la vi.

Muchos años después salieron a la venta en DVD las películas de Tati. Compré dos ejemplares de Mi tío, para regalarle uno a él. Desde que empecé a trabajar y me independicé, varios años antes, siempre me decía que a ver si le hacía alguna visita algún día, pues vivíamos en ciudades distintas. En el verano de 2010, DVD en mano, lo visité por fin. Le gustó mucho el detalle de la película y dijo de ponerla esa tarde, cuando terminásemos de comer. En realidad, después de echar una pequeña siesta veraniega. Sentados los dos en el mismo sofá vimos la película, de la que él recordaba algunos otros detalles aparte del seto. Para mí fue como ver otra película diferente de la que conocía, porque en cierto modo la veía a través de sus ojos y sus comentarios. Cuando terminó, comentamos muchas de las escenas, por lo puramente cómico y por la intención de Tati con ellas. Luego mi tío se incorporó e imitó de nuevo al señor Hulot recortando el seto. Creo que le dio satisfacción que lo visitara al fin, que le llevara la película (justo ésa, Mi tío de Tati) y que compartiéramos esos momentos.

A la vista de los acontecimientos posteriores, no me hubiera perdonado que hubiese sido de otro modo, pues no hubo más ocasiones. En el verano de 2011 le fue detectado un cáncer que se lo llevó unos días después de entrar el año 2012.

Tres años y pico después, con frecuencia me sorprendo pensando qué pensaría él de tal o cual cosa, cuál sería su opinión. En ese tiempo me mudé varias veces de ciudad y quiso la casualidad que en alguna de las ocasiones acabara en ciudades en las que él había vivido. Ya en una ocasión anterior, en vida de él, había terminado viviendo varios meses en Sevilla, que no es mi ciudad de origen, en un edificio a la vuelta de la esquina de otro donde él había vivido cuarenta años antes, no siendo Sevilla tampoco su ciudad. Cuando alguna vez he vuelto a esa zona de visita no he podido evitar pensar que él paseó por allí cuarenta años antes que yo.

Es el legado que dejan los seres valiosos, que te ayudan a descubrir dos veces el mundo. Una por ti y otra por verlo como lo verían ellos.

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