“OCHO Y MEDIO” DE FELLINI, ME ACUERDO

Anoche tuve mucha suerte. Por primera vez en mi vida conseguí repetir en una pantalla de cine el visionado de una película clásica. No es raro que, cuando una película me gusta mucho, repita en el cine, pero por motivos obvios sólo puedo hacerlo con los estrenos. He tenido la fortuna de ver una vez algunos clásicos en cine. En mi última entrada hablaba de Las vacaciones del señor Hulot. Y en otras ocasiones, repartidas en el tiempo, he visto en pantalla grande Vértigo, Sonrisas de una noche de verano, Dersu Uzala, La quimera del oro, Los 400 golpes y Belle de jour, por ejemplo.

Ocho y medio (1963), de Federico Fellini, la vi por primera vez en noviembre o diciembre de 1995, en un pequeño ciclo conmemorativo del centenario del cine que organizó el cine Albéniz de Málaga. La noche que la vi, el señor que picaba las entradas me dio una palmada en la espalda cuando me reconoció al entrar, pues era la tercera película que veía ese día. Intentaba aprovechar la oportunidad, obviamente. Ahora no podría, me dormiría.

Aunque de una manera menos intensa, anoche también aproveché mi oportunidad. Los Renoir de la calle Princesa la proyectaban y allí que la vi de nuevo. Primer clásico que repito en cine. Antes de empezar la proyección, un muchacho que la presentaba dijo alegrarse de ver personas yendo a un Fellini en agosto y que tal cosa lo reconciliaba con el género humano. Lo entiendo.

Unos minutos antes yo había tenido mi propia reconciliación con la humanidad cuando advertí que, a diferencia de lo que ahora es desgraciadamente habitual, la sala estaba llena de gente joven. Así, a ojo, mayoría de público veinteañero y, por los comentarios oídos al azar al entrar y salir, muchos de los asistentes vieron la película por primera vez. Hace poco me acordaba en otro foro de los que llevan cincuenta años pronosticando la inminente muerte del cine y de la cinefilia. No estoy de acuerdo y la cuestión es lo bastante compleja e interesante como para desarrollarla en otra ocasión con la extensión que merece. Pero ni el cine ni la cinefilia están moribundos si se puede proyectar Ocho y medio en un cine en agosto, en mitad de semana, y que el público sea mayoritariamente veinteañero.

Quien nos hizo la función de presentador de la película comenzó diciendo que no iba a decir nada sobre ella, que no se sentía capaz de decir nada sobre una película así. Lo comprendo, yo tampoco. Y me ocurre con carácter general con los maestros y sus clásicos. En 2010, en otro medio, alguien me pidió un comentario sobre Psicosis a propósito de su 50º aniversario. Todavía está ese comentario por escribir. Pasé semanas, sin exagerar, diciendo a quien me quiso oír que era una de mis películas preferidas, pero que no tenía nada que decir sobre ella que no se hubiera dicho ya mucho antes, mucho mejor de lo que yo pudiera hacerlo y por personas más autorizadas por sus conocimientos que yo.

Me ocurrió en varias ocasiones con otras ideas que me lanzaron o, incluso, con algunas mías también. Y es que hace un tiempo planeé en mi cabeza un artículo largo que llamé El cine imposible y que debía ser un comentario sobre cuatro películas, en parte individualizado y en parte sobre las posibles relaciones, similitudes y diferencias entre ellas. Las películas eran Persona de Bergman, El espejo de Tarkovsky, Inland empire de David Lynch y Ocho y medio de Fellini. Tampoco llegó a ser escrito, aunque ese artículo sí que lo tuve con más o menos detalle pensado en mi cabeza.

(Un apunte: en realidad no creo que sea un defecto mío por incapacidad. En mi opinión, pocos entre la crítica profesional o entre los comentaristas aficionados pueden hacer aportaciones verdaderamente relevantes sobre los clásicos y que sean genuinas y creativas. Otra cosa es que se lean con afinidad o reconocimiento, sí, pero relevancia de verdad, poca. Incluyo en el recuento este blog propio, obviamente. Pocas personas logran eso que ahora llaman crear contenido. Algunas sí que hay, sí, y brillan con su luz propia en un firmamento en que la mayoría rebotamos el conocimiento que hemos adquirido en otros momentos, de otras personas. Me parece obligado admitirlo).

Sobre Ocho y medio no tengo ninguna aportación que hacer que no se haya hecho antes por otros que conozcan la obra y la persona de Fellini mucho mejor que lo que yo pueda conocerlas, así que todo lo que aquí haya dicho o pueda decir, entiéndanlo descartando de entrada cualquier pretensión por mi parte de originalidad o de singularidad.

Sí puedo dejar constancia de algunos detalles o aspectos de la película que me gustan. Me gusta su fuerte subjetividad y la facilidad con que logra dar coherencia interna a la amalgama de realidad, sueños, fantasías y recuerdos del protagonista. Eso, que es lo que la hace personalísima, la hace también enriquecedora y expresiva, sin que su entendimiento se vea perjudicado. De la selección de cuatro películas que iban a integrar El cine imposible es, probablemente, la más entendible y fácil de explicar racionalmente de las cuatro. Paradójicamente, en alguna ocasión leí que en el momento de su estreno mi adorado Rohmer detestó esta película por su falta de racionalidad y le dio una única estrellita en el cuadro de votaciones. A mi no menos adorado Truffaut, sin embargo, por lo visto le encantó. En algún Fotogramas antiguo leí que había calificado Ocho y medio como la película que todos los directores de cine querrían haber hecho y la que todos debían aprender de memoria.

La película es subjetiva, sí, pero no tan narcisista o caprichosa como juzgué en algún visionado intermedio en DVD. En aquella rara ocasión me cansó su duración y su falta de concatenación causa efecto entre las escenas y en el hilo argumental. En cuanto a la duración, se podría reconocer que dura dos horas y cuarto porque Fellini quiso. Porque podría durar una hora y veinte minutos o cinco horas y los motivos para elegir una duración u otra serían los mismos que para la duración que finalmente se le dio. Hay que aceptarlo porque es un hecho consumado. A cambio, a un espectador primerizo le recomendaría que no juzgase Ocho y medio por el patrón de la película que en su opinión debería ser, sino por lo que la película es, que es un patrón muy diferente y mucho más libre y abierto.

La falta de una causa lógica que lleve de una escena a otra tampoco debería molestar. La película fluye y se rige por la lógica interna de los sueños y recuerdos, o sea, por la libre asociación. No requiere de un narrador omnisciente que, en tercera persona, cuente unos hechos objetivos, de modo que tampoco me parece un defecto reprochable la carencia de lógica. Tiene su propia lógica, la interna. Uno de los personajes que más me han gustado en este último visionado es el escritor que se busca el personaje de Mastroianni para que le ayude a escribir el guión y que continuamente le reprocha la falta de lógica y lo prescindible de sus ideas, la ausencia de un desarrollo psicológico de los personajes, etc. Así hasta el hartazgo.

Además, por algún motivo inexplicable, pero seguramente relacionado con los azares de la vida personal, entiendo bien y no juzgo el bloqueo o crisis que sufre el protagonista, ese director de cine que probablemente sí sabe lo que quiere contar, pero que no puede responder a las continuas demandas y/o expectativas de todo tipo, laborales y personales, a que se ve sometido.

¿Es Guido Anselmi, ese director de cine en crisis, un genio o un embustero sin talento que tuvo suerte en algún momento? Yo no soy quién para decirlo y la película tampoco tiene el más mínimo afán en dar una respuesta cierta al interrogante. Probablemente sería una respuesta que, en caso de proporcionarse, carecería de todo interés, de modo que aquí la falta de respuestas me parece otro de los méritos de la película.

Y luego está algo tan inaprensible como la capacidad de seducción de las imágenes que orquesta Fellini. Algo extravagantes, puede, pero de una extravagancia que no resulta caprichosa, sino expresiva. Ahí queda el impacto que produjo la estética de la película, el poderío de sus imágenes como iconos reconocibles con un golpe de vista, su vestuario, el contraste entre los blancos y los negros en su fotografía. Quizás mis momentos preferidos se corresponden con alguna de las apariciones del personaje de Claudia Cardinale, una de las fantasías del director de cine, una imagen de pureza y encanto, precisamente una de las que el lógico guionista exhorta a Mastroianni a eliminar. Pero qué lógico guionista más torpe. Se perdería así el modo en que Fellini silencia la música en sus apariciones (también habla, que conste, con esa voz ronca de la Cardinale… Una duda: ¿será la suya de verdad o se la dobló en la versión original?), la hace moverse como si levitara y la aísla con Mastroianni cuando aparece, de un modo a la vez carnal y angelical.

Está bien que el cine sea un producto industrial sujeto a las leyes del mercado. Pero prefiero creer que alguna vez fue y que todavía es un arte. Al menos, que lo es en ocasiones. Y en el arte las oraciones no siempre se componen de sujeto, verbo y predicado, por ese orden, y tampoco dos más dos suman siempre cuatro. A veces cuenta o debería contar también la capacidad de expresión y está bien que así sea. El resultado de la fantasía.  El logro de la fantasía como resultado.

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