“LOS EXILIADOS ROMÁNTICOS” de Jonás Trueba

“Mejor me levanto y salgo de este estéril letargo”.
Oda al amor efímero, canción de Tulsa

Una cuestión previa: lamento la mala impresión que en algunas personas producen las películas de Jonás Trueba, lo que sin querer obliga a un estilo de comentario que no me gusta, el de quien escribe a la defensiva, como si fuera una de las partes de un proceso judicial y tuviera que convencer a un juez. Como si las películas acarrearan consigo la obligación ineludible de tomar partido y sólo existieran el blanco y el negro como opción. Obligación que en muchos casos, y desde luego en el de Los exiliados románticos, es absolutamente ajena a la propia película. Pocas habrá menos imperativas.

Sin embargo, sí es una película a la que se ha presentado de una manera un poco condicionada, encasillada por la prensa como afrancesada y rohmeriana en lo que me parece un lugar común más o menos cierto pero demasiado facilón. Que a Jonás Trueba le gusta una cierta tendencia del cine francés salta a la vista en las entrevistas que se le hacen cada vez que presenta una película. Que la sombra de Rohmer es muy alargada en el cine francés y que a Trueba (a todos los Trueba, en realidad) parece gustarle también es cierto. Lo que no creo es que Los exiliados románticos haya nacido con la pretensión deliberada de buscar filiaciones con los referentes cinéfilos, ni de emparentarse de antemano con los veranos rohmerianos, ni tampoco de quedarse encorsetada por ellos.

No puedo imaginar una película menos preconcebida y más libre que ésta, que se rodó un tanto al azar o, como dicen en los títulos de crédito, sobre la marcha. Como sobre la marcha iremos comprendiendo los espectadores quiénes son sus tres protagonistas y con qué propósito una mañana de finales de verano se levantan y salen de su estéril letargo, cargan una furgoneta y emprenden un viaje por carretera en dirección a Francia que, a lo largo de varios días, les lleva a parar en Toulouse, París y Annecy.

Los exiliados románticos tiene una narración relajada y gozosa, de película vacacional, de finales de agosto y principios de septiembre, parecido a como ocurría con My blueberry nights, de Wong Kar-wai, que también tenía el amor o el desamor como detonante de un viaje de búsqueda. Son películas diferentes, tampoco me hagan mucho caso. La de Wong Kar-wai es poco manierista, para lo que suele hacer. La de Jonás Trueba es decididamente una película viva, que parece respirar por sí misma, sin moldes ni manierismos, mientras cuenta el viaje de tres amigos y las sucesivas paradas, cada una de ellas para que uno de los tres chicos se encuentre con una chica con la que alguna situación romántica quedó pendiente quizás de nacer, quizás de acabar, quizás de aclararse, quizás de decidirse o declararse.

Con una duración que se hace corta de setenta minutos, casi de cine experimental (y es de agradecer su concisión, tanto como su falta de énfasis y de rellenos), la película está muy bien medida para haber sido rodada sobre la marcha: tiene varios tiempos muertos, algunas conversaciones en la furgoneta, varias escenas de encuentros y desencuentros de parejas y una escena larga de cena y conversación de grupo. Y, como signo de puntuación, en cada parada asisten a una actuación de Miren Iza, la cantante de Tulsa, que sigue un recorrido paralelo al de los muchachos hasta una curiosa escena musical cerca del final, una especie de celebración de la complicidad despreocupada dentro de la furgoneta.

Señalo algunos momentos que me gustan: la llegada con la furgoneta a Toulouse, en que recorren algunas calles ya atardeciendo y se encienden los farolillos de la iluminación nocturna en la calle. A saber si salió así por casualidad o se preparó a propósito, pero me recordó que en Al final de la escapada hay un maravilloso plano de Belmondo por la calle en que de repente se iluminan las farolas parisinas. Detalles así son nimios e intrascendentes desde una perspectiva argumental, pero hacen pensar en la capacidad del cine para atrapar el pálpito de la vida.

Me gusta que las apariciones de Miren Iza se hayan rodado cada una de las tres de una manera diferente, lo que desmiente cualquier atisbo de ventajismo, aturrullamiento o falta de esmero en el rodaje sobre la marcha.

Y también son diferentes, en el contenido y en la forma, los encuentros chico-chica que puntean la película. Uno de ellos gira alrededor de un relato de Natalia Ginzburg que corrí a buscar en una librería al día siguiente de ver la película. Algo que te gusta que te lleva a interesarte por algo que desconoces.

Por cierto, que otro de los encuentros, sobre el que más se ha escrito, está lleno de encanto y se ve con una media sonrisa en la cara, pero no sorprende tanto si se piensa en una escena casi idéntica, a su modo, que se encuentra en Todas las canciones hablan de mí, la que fue primera película de Jonás Trueba.

Cerca del final, un amigo le dice a otro que se ha sentido vivo y todo en la película parece contagiado de esa liviandad que la impulsa hacia adelante. Estamos vivos, lo que nos permite tomar decisiones y salir del estéril letargo del que habla la canción. Y mientras tomamos decisiones seguimos yendo hacia adelante y seguimos vivos. Algo así pensaba cuando, mientras rumiaba este comentario en la cabeza, oí una entrevista en la radio a un escritor que desconocía, el poeta Javier Rodríguez Marcos, de quien reprodujeron un verso que, aunque no haya sido así, podría haber sido escrito para la película, o ésta haberse desarrollado a partir de la lectura del verso:

“¿Recuerdas lo felices que fuimos
el verano de nuestra inmortalidad?”

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