MADRID, 20 DE ENERO

1. Todo lo hago despacio. Camino despacio, como despacio, hablo despacio. En lo de caminar, la excepción es cuando estoy en Madrid. Sin darme cuenta, me voy difuminando en el paisaje y voy por las aceras o por el metro corriendo al mismo ritmo que los madrileños. Hace unos años estaba en la plaza de España, esperando que se abriera el semáforo delante del Starbucks. Cuando se puso en verde, casi eché a correr como si hubiese sonado el pistoletazo de salida y cuando ya había enfilado Gran Vía me paré y pensé que dónde demonios iba con tanta prisa, que me estaban doliendo la cadera y las ingles de forzar la zancada. Las prisas madrileñas.

2. Es 20 de enero. En el momento de escribir esta entrada, no sé si es un día de esos oscuros y dudo mucho que Madrid me parezca el sitio más triste del mundo. Al contrario.  Pero oigan esta preciosa canción mientras leen.

3. No soy madrileño, ni he vivido nunca en Madrid. Pero la he visitado una vez al año aproximadamente desde que fui la primera vez y últimamente vivo cerca. Hubo un tiempo, siendo estudiante universitario, en que quería ser abogado del Estado y estar destinado en Madrid. Ninguna de las dos cosas se cumplió, pero no me quejo. Los desvíos imprevistos me llevaron hasta personas y lugares que no hubiera podido conocer de otro modo.

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4. La primera vez que fui a Madrid fue en octubre de 2001, a pasar un fin de semana con un amigo que vivía allí. Me encantó desayunar en los VIPS, mucho menos extendidos entonces por el resto de España. La primera vez que crucé un paso de peatones en el paseo de la Castellana no pude evitar contar mentalmente el número de carriles que había en cada sentido. El domingo, antes de ir al tren de vuelta, probé mi primer bocadillo de calamares. No sé por qué, entonces me parecía que aquello era algo muy madrileño que como tal había que probar. También creía que era exclusivo de Madrid diferenciar las porras y los churros. Diferencia que, por cierto, me costó aprender, porque siempre he llamado churros a las dos cosas. Cuando era niño y en alguna película o libro ambientado en Madrid veía o leía lo de desayunar porras, me preguntaba qué demonios era eso que desayunaban los madrileños.

5. Me gustan la luz y el color del cielo que tiene Madrid en invierno. En esto no tiene la exclusiva. Viví en Sevilla un tiempo y digo lo mismo de su luz y su cielo.

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6. Me gusta el metro o, al menos, me hace gracia. Tal vez porque no lo necesito para mi vida diaria. Sólo cuando estoy de visita. Creo que los madrileños se quejan de su transporte público, pero en general es el que mejor funciona de las ciudades en que me he movido. Como decían en una canción de Ismael Serrano, me gusta observar las caras de los viajeros Sobre todo cuando van en grupo o en pareja, tiendo a matar el tiempo del trayecto imaginando cómo es la vida de las personas al verlos interactuar entre sí. Se nota que cambian los tiempos en el hecho de que en mis primeras visitas me maravillaba de que la gente pudiera leer de pie en el metro, sujetando el libro abierto con una sola mano. Ahora no leen, consultan los teléfonos. Me gustan las conversaciones que se captan en el metro. No por cotillear, sino porque me fascinan desde siempre la cantidad de eses que escucho pronunciar. Siempre sonrío por dentro, porque con mi acento es imposible pronunciar tantas eses al final de las palabras. Alguna vez he visto en el metro a personas que no estaban muy bien de la cabeza, seguramente. Una vez iba con una pequeña maleta con ruedas y me siguió hasta meterse dentro del vagón un loco que me decía educada pero insistentemente que le devolviera la picola que le había quitado, que era suya. Nunca supe qué era eso de la picola a lo que se refería. Señalaba mi maleta. Le dije que era mía y contestó que “claro, claro”. No le hice más caso, pero tampoco le quitaba ojo de encima. Le dio después por otras personas, sin más, como le había dado por mí, y se terminó yendo en alguna parada. Otra vez, a la salida de la boca de metro de Argüelles, un señor negro preguntaba a voz en grito y de manera no muy inteligible que dónde estaba Jesús Gil. No sé si su duda metafísica era con el señor Gil o si iba cambiando de personaje de vez en cuando. No me quedé tanto tiempo como para comprobarlo. Pero sí sé que la calle estaba llena en aquel momento, excepto en los alrededores del señor, que tenía un cómodo hueco abierto en torno a él. Supongo que los demás peatones tampoco tenían mucho interés en acercarse demasiado a aquel señor. En otra ocasión, un sábado por la tarde, en la estación de Metropolitano, creía que estaba solo en el andén, hasta que me di cuenta de que contra una esquina y vuelto de espaldas había un señor que, visto por detrás, parecía tener los pantalones ligeramente entreabiertos. Desde luego, la cabeza la tenía inclinada como si se mirase la bragueta. No sé qué hacía, no parecía estar orinando y, aparentemente, tampoco se masturbaba. La situación no me entusiasmaba, pero muy poco después aparecieron dos vigilantes de seguridad. Cruzaron todo el andén en dirección al señor, en un extremo. Al pasar delante de mí, los oí decir algo parecido a “ya está ahí”. Pensé que pudiera ser un habitual de la estación. Curiosa distracción, ir al metro, a un extremo de un andén, volverte contra la pared, desabrocharte el pantalón y ponerte a mirarte. No pareció haber problema. Los vigilantes se acercaron tranquilamente, hablaron con él, que reaccionó con la misma tranquilidad y todo pareció muy civilizado. Cuando llegó mi vagón, me subí y me tranquilizó mucho ver que el señor se quedaba con los vigilantes, no fuera a darle por repetir su distracción dentro del vagón.

Princesa (cerca del Corty)

7. En 2010 vino Melody Gardot a España, a Madrid, a dar un concierto en los jardines de Sabatini. Entonces vivía muy, muy lejos, mucho más lejos que Sevilla y, como me gustaba mucho la chica, rabiaba por dentro por no poder ir al concierto. Tampoco había estado nunca en los jardines de Sabatini, que me había imaginado como muy bonitos. Al leer las crónicas al día siguiente me di cuenta de que había tenido suerte con no ir. El día del concierto, a la misma hora, era algún acto de celebración por la victoria de la selección nacional de fútbol en el mundial de Sudáfrica. Resultó que el acto era en algún sitio cercano y a tal volumen que la acústica del concierto fue penosa. Unos días después, Melody Gardot dijo que había sido la actuación más difícil de su vida.

Jardines de Sabatini

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8. Nunca he vuelto a tener ocasión de ir a un concierto de Melody Gardot, pero a los jardines de Sabatini sí que terminé yendo y me parecieron preciosos. Más o menos, quedan en el eje de mi zona preferida de Madrid, que es la que pasa por delante de la catedral de la Almudena, el Palacio Real, la plaza de Oriente, la calle Bailén, los jardines de Sabatini y lleva hasta la plaza de España. Procuro ir siempre que tengo ocasión, sólo por estar por la zona.

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9. Me encantó localizar el punto exacto donde se rodaron varias escenas de Todas las canciones hablan de mí, la primera película de Jonás Trueba. Es cerca de la calle Factor y de la calle Rebeque. No sé bien en realidad dónde empiezan y terminan una y otra. Pero hay una vista impresionante. Cuando fui, sí que era un día gris y oscuro, así que las fotos que tengo no lucen. Habrá que ponerle remedio alguna vez.

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10. Tardé en decidirme, pero finalmente fui a Madrid conduciendo. Al principio, porque tuve la necesidad y luego, una vez aprendidos los accesos que necesitaba, por la comodidad de no depender de los horarios de otros medios de transporte. Lo cierto es que nunca he tenido problemas circulando allí y nervios sólo pasé al principio. Hay más tráfico que en otras ciudades, pero nada a lo que no pueda uno adaptarse. Como con el metro, soy consciente de que tal vez hablo despreocupadamente de conducir en Madrid porque no necesito hacerlo para mi vida diaria. Tal vez si lo necesitara echaría rayos y centellas por mi boca.

11. Una de las primeras cosas que hago cuando conozco una ciudad es ir a visitar El Corte Inglés. En todos los que conocí de todas las ciudades en que viví, aprendí a desenvolverme y orientarme antes o después. No sé ni cuántos establecimientos de El Corte Inglés puede haber en Madrid, pero de los que he visitado me he terminado orientando bien en la mayoría. Sólo hay una excepción que se me resiste. No sé cómo lo identifican los madrileños, pero yo lo llamo El Corte Inglés de Nuevos Ministerios, porque se puede entrar nada más salir de la boca de esa estación de metro. Cuando voy, termino encontrando lo que quiero después de dar más vueltas de las necesarias, pero a día de hoy jamás he conseguido sentirme de verdad orientado ni encaminarme a la primera hacia la sección que necesitaba.

12. Hubo un tiempo en que viajaba en avión bastante y, con frecuencia, tenía que hacer trasbordo en la T4 de Barajas. La primera vez busqué la puerta por la que tenía que embarcar y creo que me pasé horas esperando al lado sin moverme, más que para ir al servicio. En las siguientes, quise explorar la T4, que parecía tan inacabable. Pues se acaba. Llegó el momento en que iba a la T4 y, mientras veía escaparates de comercios, intentaba recordar el siguiente comercio que me iba a encontrar y lo acertaba.

Martín de los Heros

13. Me gusta muchísimo el cine. No tendría que decirlo porque, si leen esto, probablemente ya sepan que es un blog de cine. La primera vez que fui a ver una película en Madrid fue en diciembre de 2011, en los Renoir de Plaza de España. La película me pareció medianeja, pero la experiencia tuvo para mí todo el encanto de las primeras veces. Además, la calle Martín de los Heros, donde están esos cines, me era familiar porque allí estaba domiciliada una editorial a la que alguna vez antes escribí pidiendo libros que necesitaba. Hablo de mucho tiempo antes. También me encantó ver en la acera de enfrente la librería Ocho y medio, que había visto mencionar muchas veces de jovencito en las revistas de cine con las que aprendía. Esa tarde de diciembre de 2011 descubrí sobre la marcha algo que no sabía y es que en Martín de los Heros hay algunas estrellas en el suelo recordando personajes de nuestro cine, a imitación de las de Hollywood Boulevard.

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14. Una vez estaba sentado en el McDonald de al lado de la boca de metro de Atocha. Estaba en la parte de cafetería, tomando un café y un par de croissants. Levanté la vista distraído y casi me da una lipotimia. Enfrente, mirando su teléfono, estaba un señor muy parecido a Tom Waits. Obviamente no lo era y estaba, además, mucho más aseadito de lo que pudiera esperarse en el original. Pero los dos primeros milisegundos me quedé con la boca abierta. He visto algunas personas conocidas por la calle. En mi primera visita, José Luis Cuerda pasó a nuestro lado por la calle. Hace más de un año, estaba un día en el café Gijón y en una mesa cercana estaba un grupo grande en el que se encontraba Fernando Sánchez Dragó. Hace poco quedé un día para comer con una amiga que vive allí y en el mismo local, en una mesa cercana, comía discretamente Antonia San Juan. A Paco León lo vi un día venir por la calle Princesa, cruzar el paso de peatones y seguir por la plaza de España. El pasado 7 de diciembre fui a los Renoir de Plaza de España por la tarde, a ver La asesina, de Hou Hsiao-hsien. Mientras hacía cola para la taquilla, entró en el cine y se puso en la cola Javier Ocaña, el crítico de cine. Vería otra película, porque no lo vi en mi sala. Sólo sé que su película duraba lo mismo que la mía, porque cuando terminé fui al servicio y allí estaba, haciendo uso del urinario.

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15. El paseo más largo que he dado en Madrid a pie comenzó al salir de la estación de tren de Atocha. Subí por la calle Atocha, luego la calle de la Magdalena, la plaza de Tirso de Molina, la plaza de la Paja (que tenía mucho interés en visitar, porque allí se rodó parte de una película que me encanta, La torre de los siete jorobados, de Edgar Neville), la plaza del Cordón (donde creo que Almodóvar situó el desenlace de La ley del deseo), la plaza de la Villa, la calle Mayor, Palacio Real, jardines de Sabatini, plaza de España, Gran Vía, Alcalá, paseo del Prado hacia abajo y luego carrera de San Jerónimo hacia arriba, hasta la Puerta del Sol, donde me esperaban.

Plaza de la Paja

16. Hace poco, salía de visitar el museo Thyssen y unas turistas me preguntaron en inglés por un lugar que no identifiqué. Les pedí que me lo repitieran y lo que decían sonaba como “ffreiddo”. Por un momento me acordé del hermano de Michael Corleone. Luego me di cuenta de que preguntaban por el museo del Prado. Está muy cerca, casi enfrente, así que no me costó indicarles el camino. Hace menos tiempo todavía, yendo por los túneles de la estación de Cuatro Caminos, una mujer oriental me paró para preguntarme por otro lugar que, nuevamente, no conseguía identificar. No sé cuántas veces intentamos entendernos hasta que me di cuenta de que preguntaba por la estación de Chamartín. Para eso tenía que coger la línea celeste de metro, en vez de la circular, que era hacia donde iba. La encaminé hacia donde necesitaba y me fui a mi andén. En uno y otro caso me di cuenta con cierto gusto de que todo había cambiado mucho, empezando por mí mismo, desde que en 2001 crucé un paso de peatones por la Castellana, impresionado por la cantidad de carriles, contándolos mentalmente.

Yendo a Madrid

17. Cada vez que voy, con independencia del medio en que haya llegado, cuando pongo un pie en suelo madrileño me digo a mí mismo como un acto reflejo “Madrid, Madrid” y me suena como si fuera una promesa, un deseo, una premonición.

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5 pensamientos en “MADRID, 20 DE ENERO

    • La primera vez impresiona, desde luego. Quizá los madrileños no sean conscientes de eso, pero yendo de fuera, sí. Lo mismo que lo de conducir allí. Siendo de fuera, no es tan fácil decidirse a meter el coche en Madrid. A todo se acostumbra uno y, al menos para ir de visita, es una ciudad que me encanta.

  1. Madrí Madrí Madrí…
    Habiendo nacido en el centro de Madrid y viviendo en el centro de Madrid, me identifico totalmente con tu entrada. Por cierto yo me pierdo siempre en el Corte Inglés de Nuevos Ministerios y adoro la película “La torre de los siete jorobados”, una joya de Neville sobre el cuento de Emilio Carrere… quien tiene una placa conmemorativa en la casa en la que nació y que está ¡enfrente del Corte Inglés de Argüelles! 😏 Jajajaja estos centros comerciales nos inundan.
    Pasaré más veces por aquí, ahora que he descubierto tu blog.
    Saludos, buena entrada!

    • ¡Muchas gracias! Me alegro además de que la entrada pase el test de madrileñidad para una madrileña cien por cien original. Pues no sabía lo de la placa de Emilio Carrere, pero haré por buscarla. Buscar placas de aquí vivió tal escritor es una de mis aficiones más absurdas, pero más queridas. Gracias por decírmelo. 😉👌🏼

      • Jajajaja gata madrileña con pedigrí, de padres y abuelos madrileños! Yo no tengo coche y me muevo a pie siempre que puedo. Es relativamente fácil si vives, trabajas y te mueves por el centro.
        Te confieso que una de mis aficiones “absurdas” es… exacto! leer las placas conmemorativas de las fachadas. Enviaré foto de la de Emilio Carrere. Saludos. Muy buen blog el tuyo!

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