MISCELÁNEA DE VERANOS

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1. Verano de 1996

La semana pasada se puso en huelga el reproductor de DVD de mi ordenador, así que me veo sometido contra mi voluntad a un descanso veraniego cinematográfico hasta que pueda darle una solución. La tarde antes de ponerse en huelga había estado repasando Corazón salvaje (1990), la historia de Sailor y Lula, la primera película de David Lynch que vi. Fue en el verano de 1996 y tuve la suerte de que la pusieran en Televisión Española, que al menos respetaba el formato en cinemascope de la película y tenía la delicadeza de subtitular las numerosas canciones que sonaban.

En aquellos momentos la fama de David Lynch estaba bastante venida a menos. La serie de Twin Peaks sí había tenido muy buena acogida, pero Corazón salvaje se recibió con hostilidad y lo de la película de Twin Peaks: fire walk with me no fue ya hostilidad, sino ensañamiento y apoteosis caníbal. En España no llegó a estrenarse ni en cine ni en vídeo y no se pudo ver hasta que la emitió Canal Plus en otro verano, creo que de 1997. Suerte tuve porque un amigo caritativo se ofreció a grabármela.

Demasiado joven para haber visto Twin Peaks, que tenía una cierta consideración de serie de adultos, y no digamos la más lejana Terciopelo azul, compensaba mi ignorancia lynchiana con una mirada, a cambio, libre de juicios previos. Recuerdo la impresión que me produjo, rendidamente a favor, y algunos detalles sueltos. Los planos detalle del encendido de cigarros, los fundidos en amarillo (Lynch puso un filtro amarillo en la cámara para filmar la película, como puso uno azul en Terciopelo azul y otro color chocolate en Carretera perdida), el fuego desatado como leit motiv, las canciones de Elvis Presley.

Recuerdo lo que más me gustó y lo que menos, impresiones que con carácter general se han mantenido en posteriores visionados. Lo que más fueron los detalles sacados del mago de Oz, como ecos sublimados de una fantasía adolescente (también Terciopelo azul nació de una fantasía adolescente y una parte al menos de Twin Peaks lo es). El camino de baldosas amarillas, los zapatos rojos que se hacen chocar por los talones, la bruja mala, incluso la delirante aparición final de la bruja buena, inesperada y brillante, a fuer de lo arriesgada que es.

Nunca me molestó la saturación de detalles, la acumulación hasta crispar que se le critica todavía ahora con frecuencia. Lo que menos me gustó fue otra cosa, su galería de malos. Aprecio el trabajo de Willem Dafoe y toda su caracterización como una especie de Clark Gable texano y viciosillo, pero nunca he llegado a verle al personaje el carisma ni la condición pesadillesca que requería. Condición que Lynch cuidó mucho siempre. Supongo que es un juicio personal que no me impidió enamorarme de la película, de su capacidad de seducción y de su pureza casi adolescente.

Entre los detalles, uno que me pasó inadvertido hasta que lo vi mencionar al propio Lynch en la edición en DVD es un homenaje a la maravillosa película Mi tío, de Jacques Tati, y concretamente al gag de los tubos de plástico de color rojo. En un momento, cerca del final, en que Sailor está en la calle reparando el motor del coche, un hombre pasa discretamente al fondo llevando sobre el hombro un tubo de plástico rojo. Mi homenaje a Tati, decía Lynch con discreción.

  
Cuando repasaba la semana pasada Corazón salvaje, reparar en el homenaje a Tati tuvo un sentido añadido para mí, seguramente acrecentado por el hecho de que el viernes pasado se ha reestrenado en algunas ciudades otra cinta de Tati, Las vacaciones del señor Hulot.
2. Verano de 2010

Jacques Tati y el humor sin palabras que nace de la perplejidad ojiplática de su señor Hulot, enfrentado a la asepsia uniforme y deshumanizada de la modernidad. Por rebuscado que pueda parecer, a Tati lo empecé a apreciar gracias a un tío mío, antes de haber visto sus películas. En alguna ocasión, por la segunda mitad de los años noventa, estaba mi tío de visita en casa y hablábamos de mi entonces ya desatada afición al cine. No recuerdo cómo la conversación nos llevó hasta Tati. Pudo ser de cualquier modo, porque era un gran conversador y me encantaba oírlo e intercambiar opiniones. Se aprendía con él.

Lo cierto es que conocía a Tati, sobre el que yo había leído algo en alguna revista pero de quien no había visto nada. Me contó cómo había visto Mi tío en Madrid en su juventud, siendo él estudiante, y cómo recordaba especialmente una escena, la del seto. El señor Hulot, siempre voluntarioso y predispuesto él, está en la casa de su hermana y cuñado y recorta una punta de un seto que sobresale. Se echa hacia atrás para mirar y, siempre ojiplático, decide recortar otra punta que sobresale. Y así. No les cuento cómo de pelado queda el seto, porque ya se lo pueden imaginar ustedes. Pero es que mi tío tenía la virtud de que contaba todo aquello mientras imitaba con bastante acierto los gestos que hacía Tati en la película, como comprobé años después cuando la vi.

Muchos años después salieron a la venta en DVD las películas de Tati. Compré dos ejemplares de Mi tío, para regalarle uno a él. Desde que empecé a trabajar y me independicé, varios años antes, siempre me decía que a ver si le hacía alguna visita algún día, pues vivíamos en ciudades distintas. En el verano de 2010, DVD en mano, lo visité por fin. Le gustó mucho el detalle de la película y dijo de ponerla esa tarde, cuando terminásemos de comer. En realidad, después de echar una pequeña siesta veraniega. Sentados los dos en el mismo sofá vimos la película, de la que él recordaba algunos otros detalles aparte del seto. Para mí fue como ver otra película diferente de la que conocía, porque en cierto modo la veía a través de sus ojos y sus comentarios. Cuando terminó, comentamos muchas de las escenas, por lo puramente cómico y por la intención de Tati con ellas. Luego mi tío se incorporó e imitó de nuevo al señor Hulot recortando el seto. Creo que le dio satisfacción que lo visitara al fin, que le llevara la película (justo ésa, Mi tío de Tati) y que compartiéramos esos momentos.

A la vista de los acontecimientos posteriores, no me hubiera perdonado que hubiese sido de otro modo, pues no hubo más ocasiones. En el verano de 2011 le fue detectado un cáncer que se lo llevó unos días después de entrar el año 2012.

Tres años y pico después, con frecuencia me sorprendo pensando qué pensaría él de tal o cual cosa, cuál sería su opinión. En ese tiempo me mudé varias veces de ciudad y quiso la casualidad que en alguna de las ocasiones acabara en ciudades en las que él había vivido. Ya en una ocasión anterior, en vida de él, había terminado viviendo varios meses en Sevilla, que no es mi ciudad de origen, en un edificio a la vuelta de la esquina de otro donde él había vivido cuarenta años antes, no siendo Sevilla tampoco su ciudad. Cuando alguna vez he vuelto a esa zona de visita no he podido evitar pensar que él paseó por allí cuarenta años antes que yo.

Es el legado que dejan los seres valiosos, que te ayudan a descubrir dos veces el mundo. Una por ti y otra por verlo como lo verían ellos.

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Antonioni y Bergman: En recuerdo de dos cineastas-faro

Una de las anécdotas más jugosas de contar en el ámbito de la literatura es la de la coincidencia en el 23 de abril de 1616 como fecha de la muerte de Cervantes y de Shakespeare. Dos hitos de la literatura en sus respectivas lenguas que murieron el mismo día. Cuestión distinta es que de verdad murieran ese día, que por lo visto no fue así, pero la bonita anécdota es más divertida que la gris realidad.

La posteridad cinéfila sí recordará una coincidencia similar sin faltar a la verdad. El 30 de julio de 2007 murió Ingmar Bergman y, cuando la cinefilia mundial se preparaba para empezar su duelo, se anunció unas horas después que también había muerto Michelangelo Antonioni. Antes habían ido muriendo Truffaut (en 1984), Tarkovsky (en 1986), Fellini (en 1993) y Kurosawa (en 1999), por lo que no es exagerado decir que habían quedado los dos como los representantes y supervivientes más conocidos de aquello que tan equívocamente se conoció en su momento como cine de arte y ensayo. Con ellos se fueron también unas cuantas páginas memorables de cualquier historia del cine.

A grandes rasgos, a finales de los años cincuenta y principios de los años sesenta se asistía al canto del cisne de los más longevos maestros que habían empezado en el cine mudo (Chaplin, Hitchcock, Renoir, Lang, Ozu, Dreyer, Hawks, se iban retirando o alumbraban sus últimas obras maestras) y a la eclosión del recambio. En Estados Unidos empezaban Kubrick, Cassavetes, Coppola y Scorsese, por ejemplo. Al otro lado del Atlántico teníamos la época seguramente más fértil del cine europeo. La nouvelle vague en Francia, que por sí sola constituye uno de los capítulos más apasionantes de la historia del cine, si no el que más. Y luego otros grandes cineastas, personalidades-faro marcadas y reconocibles que aglutinaron todos los debates habidos y por haber sobre la valía y perdurabilidad de su obra. Discutidos con frecuencia, admirados y aborrecidos, polémicos probablemente sin pretenderlo, sin herederos posibles. Tarkovsky. Fellini. Y Bergman y Antonioni, claro. Los dos últimos, antes de morir el mismo día, ya habían quedado hermanados décadas antes en una broma de una película de Berlanga, a quien habrá que atribuir el don de la profecía. En El verdugo, el protagonista preguntaba a un librero si tenía “algo de Bergman o Antonioni”.

En ese momento, 1963, Antonioni estaba en el punto más alto de su apogeo. Acababa de terminar su conocida como trilogía de la incomunicación, un nombre algo reduccionista que probablemente no hacía justicia a la grandeza de las películas ni a la amplitud de sus planteamientos estilísticos y de fondo. La aventura, La noche y El eclipse. Tres películas seguidas que entre 1960 y 1962 eran tan aplaudidas como silbadas (así, La aventura, en su primera exhibición pública en el festival de Cannes) y desde luego lo que no pasaban es desapercibidas. Tres películas sobre las que en su momento se hizo célebre el tópico de que en ellas nunca ocurría nada. No es verdad que sea así. Si lo fuera difícilmente se recordarían hoy día. Cuestión distinta es que todavía en 1960 fuesen difícilmente asimilables por un espectador clásico, es decir, por un espectador cuyo gusto se había educado viendo cine clásico.

No es de extrañar que en su estreno causase verdadero escándalo que al final quedara sin explicación la anécdota principal (el macguffin, que diría Hitchcock) con que arrancaba La aventura. Nunca sabríamos por qué motivo (voluntario, involuntario, violento) desaparecía una mujer durante una visita a una isla con sus amistades. Pero la desaparición inexplicada permitía estudiar los comportamientos de su círculo de amistades y, sobre todo, de su novio y de una amiga, que para su propia confusión sentimental iniciaban un romance de incierto alcance.

En La noche, el matrimonio formado por Jeanne Moreau y Marcello Mastroianni vagaba por separado, como sonámbulos en los jardines de una villa a las afueras de Milán, una noche de fiesta. Sin demasiado en común ya, inmersos en sus propias crisis, sin mucho consuelo o, al menos, no con el otro, como dos extraños. Coquetean con otras personas, mientras no reconocen en el otro a la persona que una vez quisieron, ni probablemente se reconozcan mucho ellos mismos tampoco. Antes los habremos visto visitar a un amigo común enfermo de cáncer y luego a ella pasear por calles semidesiertas de la ciudad mientras él, escritor de fama, interviene en algún acto literario.

Si La aventura narraba lo que podría ser el inicio de una relación sentimental y La noche lo que podría ser el final de otra (sin que ese inicio y ese final llegasen a cristalizar verdaderamente como tales), El eclipse se ocupaba del lapso de tiempo que mediaba entre el final de una relación y los primeros escarceos de otra que no llegaba a comenzar.

Las tres películas estaban marcadas por el paisaje por el que deambulaban lánguidos sus protagonistas. Calles desiertas, arquitectura moderna, impersonal y deshumanizada. En El eclipse, Monica Vitti mira a través de la ventana en la primera escena y se ve un espantoso edificio con forma de hongo atómico. Y al menos en La noche y en El eclipse hay escenas en que los protagonistas quedan atascados en algún embotellamiento de tráfico. La modernidad que retrataba Antonioni, la de una Italia que se desarrollaba y prosperaba industrialmente mientras se reconstruía de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, no era muy diferente de la deshumanización caótica que Tati retrataba por la misma época en Francia.

Tal vez una de las cosas que menos me gustan de los tópicos habituales que se dicen sobre Antonioni es el de que retrataba la incomunicación de la burguesía. A lo primero ya me he referido antes, no creo que pretendiese hablar de la incomunicación, o al menos no solamente. En cuanto a lo de burguesía, quizá era un término muy en boga en los años sesenta, pero hoy la sociedad es otra y no creo que la expresión le haga justicia si queremos presentar las películas a un potencial espectador que se acerque con curiosidad. Sus retratos personales podrían perfectamente seguir hoy vigentes, sin quedar circunscritos a un ámbito social tan caracterizado como entonces. Sería como decir que las películas retrataban la incomunicación de los italianos, obviando todo lo que tenían de universales, sólo porque se ambientasen en Italia.

Lo que las mantiene vigentes, tal y como las veo, es que las tres intentaban dramatizar lo efímero de los sentimientos, lo inestable de las relaciones personales, el modo tan evanescente en que surgen y desaparecen, la búsqueda de calor humano, sentimental… Cualquiera de las tres películas referidas de Antonioni podría resumirse bajo las siguientes palabras: trata de dos personas que no se entienden o que no saben cómo entenderse. A veces el entorno no ayuda a las personas y Antonioni fue uno de los maestros en explorar la influencia del entorno, del paisaje, del ambiente sobre sus personajes. Tal vez eso las hiciera parecer tan coyunturales y propias de los años sesenta, cegándonos por lo accesorio y olvidando lo principal.

Lo que me gusta de Antonioni, como de Bergman, es que sus películas tratan de cosas que podrían reconocerse fácilmente en el día a día de cualquiera. Decía que sus películas tratan de personas y, como tales, tratan del cuerpo y de la carne. Particularmente en el caso de Bergman, está bien recordarlo, porque quien lo desconozca lo asociará fácilmente con una cierta idea de cine espiritual, religioso o metafísico dominado por esa imagen de la muerte, guadaña en mano o jugando al ajedrez. Sin embargo, basta comparar sus películas con las de Tarkovsky, como se hace con frecuencia, para ver que mientras al ruso le gusta la elevación de las ideas y el espíritu, al sueco le gustan las personas, el terreno que pisan y la materia.

Una vez concluidas las imágenes de El eclipse, quizás la filmografía de Antonioni perdió interés. Bergman, en su libro Imágenes, comentaba algunas de sus propias películas, pero también las de otros directores, y decía de Antonioni que en su opinión terminó ahogado en su propio aburrimiento. No podría asegurarlo, porque he visto poco posterior a El eclipse, pero lo que he visto no parece igual de estimulante.

Casi por los mismos años que Antonioni entregaba las películas referidas, Bergman lo hacía con otras tres películas: Como en un espejo, Los comulgantes y El silencio. Para entonces ya estaba también en la plenitud de su gloria, pues le llegó a mediados de los cincuenta, un poco antes que al italiano. En realidad sus carreras fueron completamente diferentes. Con todo lo opinable que esto pueda ser, Antonioni tuvo un pico de genialidad, muy concentrado en dos o tres años, que sobresale entre una carrera desigual. Sin embargo, las películas de Bergman que se aceptan habitualmente como destacadas abarcan desde los años cincuenta hasta su última película, Saraband, de 2003. Y entre ellas perfectamente puede encontrarse quien prefiera El séptimo sello, de 1956, o quien prefiera Persona, de 1966, o Gritos y susurros, de 1972, o Fanny y Alexander, de 1983, etc.

Explorar terrenos desconocidos nunca es fácil y a ambos se les negó el pan y la sal casi al mismo tiempo que se les encumbraba. A Antonioni, asomarse a vislumbrar lo que ocurría en el interior de las personas, cómo pensaban a solas consigo mismos y cómo sentían íntimamente, le acarreó el sambenito un poco facilón de que en sus películas nunca ocurría nada. A Bergman seguramente todavía pueda haber quien lo identifique como ese señor sueco siempre tan deprimido, siempre tan pesado, y todo por plantearse cómo expresar sobre una pantalla la naturaleza de las relaciones familiares (entre madres e hijas en Sonata de otoño, entre hermanas en Gritos y susurros), o de las amorosas en sus diferentes etapas (en Un verano con Mónica, Secretos de un matrimonio o, incluso, en la divertidísima Sonrisas de una noche de verano… sí, divertidísima), la naturaleza ilusoria, quimérica, y los tormentos de la creación artística (El rostro, La hora del lobo…), el hecho religioso relacionado con el sentido de la existencia (El séptimo sello, El manantial de la doncella…), la memoria y las reconsideraciones que se llevan a cabo cuando se echa la vista atrás (Fanny y Alexander, Saraband). Ningunas de las anteriores son categorías estancas, ni tampoco los ejemplos mencionados sirven para una sola categoría. Pueden mezclarse las categorías y mezclarse los ejemplos y probablemente también se acierte.

Y luego está Persona, para la que no se conoce manera humana de explicar lo que es y sobre la que cualquier tentación de explicar el argumento la empobrece y la deja empequeñecida, encerrada entre cuatro pobres renglones. A simple vista una película muy psicoanalítica si se intenta racionalizarla, y en realidad algo inabordable que se niega a ser explicado con palabras, que hay que ver y sentir. Algo inasible cuyo abismo sólo se puede intuir justo antes de que se cierre, para luego abrirse por otro punto. Persona, en sus escasos noventa minutos, es casi un pulso a contracorriente, un paseo por los bordes del lenguaje del cine, por las fronteras del ser y la apariencia, del tiempo y nuestra percepción que, después de esa película, quedaron desplazadas un poco más allá.

A principios de los ochenta, Antonioni tuvo un accidente vascular que lo dejó paralizado parcialmente y sin habla, pero todavía pudo hacer alguna película y varios cortometrajes. Bergman tuvo buena salud, aunque se mantuvo veinte años anunciando su inminente y definitiva retirada para anteayer. Antonioni utilizó los tiempos muertos como nadie, porque supo darles contenido en vez de regodearse en su vacío y porque supo expresar con honestidad lo que las personas sienten cuando no saben lo que sienten, o cuando no sienten lo que creen que deben, ni lo que creen que quieren. Bergman supo expresar la infinita gama de grises que se da en medio de la tensión entre las luces y las sombras y supo hacerlo con una infinita variedad de formas, de personajes, de tonos. Abrieron caminos inexplorados, los abrieron en solitario muchas veces y dejaron huella en ellos. Han tenido imitadores pero ninguno ha podido apagar su brillo. Es mucho lo que los amantes del cine les debemos. Y lo de morirse el mismo día, una broma genial del destino.

“AS I WAS MOVING AHEAD, OCCASIONALLY I SAW BRIEF GLIMPSES OF BEAUTY” (2000) de Jonas Mekas 

Con una mezcla de temor reverencial y curiosidad me acerqué a esta película, mi primer contacto con Jonas Mekas. Hasta la fecha sólo llevo dos. El otro, unos días después, fue Reminiscencias de un viaje a Lituania, porque se incluyeron las dos en la misma edición de DVD. Temor reverencial por la consideración que a Mekas normalmente se le otorga como una especie de padre, o jefe de la manada, de cierto cine experimental o vanguardista. Por eso y por las cinco horas que dura As I was moving ahead…, que no son ninguna tontería. 
Quítense el miedo, que no es tan fiero el león. Desde un punto de vista práctico, no hace falta ver las cinco horas seguidas. La película está dividida en doce capítulos, lo que facilita las imprescindibles y reparadoras pausas. Además, y siendo innegablemente prosaico, lo cierto es que la película se puede parar en cualquier momento y luego retomarla por donde se dejó o incluso por cualquier otro punto. 
¿Y eso por qué? 
Porque As I was moving ahead… no es una película argumental, no tiene un principio, nudo y desenlace que deban seguirse en un orden cronológico. Y hasta ahí todo lo que le encuentro de experimental o vanguardista. En una primera aproximación, son imágenes grabadas por Mekas en un periodo que abarca desde finales de los años sesenta hasta los noventa y que se centra sobre todo en los setenta y primeros ochenta. Imágenes, muy breves en su mayoría, planos fugaces, destellos dice el título de la película, que se suceden sin orden cronológico entre ellas y sin más explicación que la voz en off ocasional de Mekas y que los rótulos que se intercalan entre imágenes. Rótulos que son algunos más explícitos, que explican el lugar, fecha o celebración donde se tomaron las imágenes. Otros más genéricos, del tipo verano en Central Park. Otros decididamente socarrones, como uno que se repite varias veces diciendo que ésta es una película política. Otros más, que también lo parecen, son humildes cuando también se repiten declarando que nada ocurre en esta película. 
Porque sí ocurren cosas en esta película y dudo mucho que el montaje se haya dejado verdaderamente al azar (aunque lo quiera aparentar y aunque Mekas lo afirme en algún momento al principio). Cuestión aparte es que el hilo sea eminentemente subjetivo en esta especie de magdalena proustiana de recuerdos. Pues eso es de lo que hablamos y de lo que nos habla Mekas en el fondo. Recuerdos atesorados que vuelven de golpe, tal vez en forma de flash. 
Tal vez la experiencia de verla pueda ser diferente para cada persona. En mi caso, me costó superar la primera hora, porque pensaba que debía encontrar un sentido que se me estaba escapando. Sean pacientes y déjense llevar. Tomen las pausas que requieran. Estoy seguro de que, una vez vista, se puede analizar la película hasta la saciedad, pero para una primera toma de contacto creo que es todo más accesible de lo que uno pueda imaginarse y que no hay más que lo que se ve. Las calles de Nueva York, los vendedores callejeros, personas paseando, el Soho, Central Park, ventanas, el viento agitando las hojas vistas por la ventana, el piso de Mekas, su mujer Hollis, su hija Oona, su hijo Sebastian, su hermano Adolfas, el verano, el mar, un paseo en río, excursiones familiares, reuniones de amigos, celebraciones familiares, la lluvia, la nieve en las calles (en algún sitio leí que en Nueva York no nieva tanto como se ve en las películas de Mekas, pero que por lo visto le encanta la nieve y por eso la filma repetidamente). 
Imágenes que me recordaron, a la inversa, una frase de Alain de Botton. En su novela Del amor decía que detectar el encanto de los lugares insólitos es negarse a ser hechizado por lo obvio. No lo niego, pero… ¿y si también ocurriera al revés? ¿Y si detectar el encanto de los lugares acostumbrados fuera negarse a ser hechizado por lo obvio? 
La anécdota del gusto por la nieve de Mekas tal vez nos dé una pista, la pista: no es lo mismo la nieve que el recuerdo de la nieve y así con todo. Bien podrían ustedes pensar, con lo descrito hasta ahora, que qué les importa un plano fugaz viendo cómo gatea el bebé de un director de cine. Pero es de otra cosa de lo que se trata. Proustianamente hablaríamos de un tiempo perdido, de la reconstrucción y evocación de la memoria y del tiempo recuperado. 
Y aquí merece la pena traer a colación una curiosa coincidencia. Aunque sean dos películas muy diferentes en todo, en esto de la reconstrucción de la memoria personal tal vez sea Tarkovsky quien en su El espejo mejor y más intencionadamente haya expresado en una pantalla los mecanismos y resultados del fluir de la consciencia. 
Tarkovsky, como Mekas, otro soviético, otro que terminó exiliado, si bien en circunstancias diferentes. Mekas nació en Lituania en 1922 y, por una serie de peripecias absurdas que se dan en las guerras para las personas en general y para los espíritus libres en particular, se vio obligado a huir tanto de los nazis como de los soviéticos. Su hermano Adolfas y él intentaron escapar de Lituania, fueron detenidos por los nazis e internados en un campo de trabajo para desplazados, huyeron, se escondieron meses en una granja, etc. A finales de los años cuarenta llegaron a Nueva York y el sentimiento de estar desplazado, de no tener ningún lugar adonde ir, el aislamiento y la soledad lo acompañaron durante bastantes años. Pasaron veinticinco años hasta que pudo volver a visitar a su madre. 
Conoció circunstancias difíciles y sin embargo… Ya saben ustedes que, cuando hay un sin embargo, la adversativa a menudo es más reveladora que la oración principal. …y sin embargo Mekas elige filmar y montar, elige recordar, sólo sus pequeños destellos de belleza, y en esta elección, antes que en el propio recuerdo en sí, está el quid, lo que merece la pena, lo que deja huella en el espectador. 
Porque Mekas montó la película llena de imágenes sencillas e impregnadas de disfrute y optimismo y omitió lo que no quiso que apareciera. Porque estas omisiones no pueden ser olvidos casuales o arbitrarios en una película que Mekas dice montada al azar, pero que le llevó diez años y que empezó a preparar a principios de los años noventa. Por ejemplo, porque omite mencionar que su mujer y él se separaron tiempo después, nada de lo cual se podría intuir ni se insinúa en las imágenes. 
Porque es mentira, humilde mentira, que la película sea una combinación aleatoria de momentos Nescafé. En realidad está llena de la clase de elecciones que demuestran la valía de una persona y de su modo de afrontar la vida y el cine. La voz en off dice en algún momento que el espectador querría saber algo más de él, pero que todo lo necesario está en las imágenes y seguramente sea el momento más sincero del bromista de Mekas. Claro que también bromea luego diciendo que “esos franceses ya les enseñaron a leer las imágenes, ¿no?” 
Paradójicamente, las cinco horas no agotan la paciencia, sino que van de menos a más. El último capítulo sí deja adivinar la conciencia de un final, de algo que no está, recuerdos a punto de desvanecerse, personales y a la vez universales. Mekas se despide (¿de nosotros, los espectadores?, ¿sólo de nosotros?…) tocando un acordeón y cantando que no sabe lo que es la vida, tan desafinado como ustedes y yo en la ducha. Pero, pese a no saberlo, nos deja un regusto optimista, la sensación de que merece la pena.

“VIAJE A SILS MARIA” de Olivier Assayas

Disculparán ustedes que haga hincapié siempre en lo mismo, pero a nuestro gremio de distribuidores habrá que agradecerles que tengan a bien estrenar en España la última película de Olivier Assayas, si bien no acierto a comprender por qué para decidirse a hacerlo han necesitado más de un año desde que se estrenó en el festival de Cannes de 2014. Pero, dado que he aquí la película, pasemos por alto lo largo de la espera y veamos por fin qué propone Assayas esta vez. 

Viaje a Sils Maria nos habla de una actriz de cierta experiencia y reconocimiento profesional (Juliette Binoche) y de su joven asistente (Kristen Stewart), cada una con puntos de vista diferentes sobre el cine y el teatro. Nos habla de los ensayos para la obra de teatro que proponen a la primera, la misma con la que triunfó de joven, pero ahora en otro papel, de mayor edad, de menor ímpetu y apariencia, algo perdedor, sin la aureola gloriosa que se asocia a la juventud. Nos habla de las personas que se quedaron atrás, del miedo a perder la relevancia, el lugar que se ocupaba, de un juego de sutil intercambio de dominios, de una cierta forma de dependencia emocional… 
Echo la vista atrás sobre las películas de Assayas que he podido ver, menos de las que me gustaría, y en la mayoría el transcurso del tiempo aparece como tema principal o veladamente secundario. Quizás no tanto el hecho de este transcurso en sí, como la tensión que se registra entre lo viejo y lo nuevo, la que acarrean los momentos de cambio, de transición, hasta el asentamiento de un status quo diferente del inicial. 
El punto de vista no es siempre el mismo. No puede ser lo mismo el de las ficciones parcialmente biográficas de Finales de agosto, principios de septiembre o Después de mayo que el de la radiografía de la década de los setenta que tan ambiciosa como solventemente se planteaba en Carlos. Y el de éstas difiere de mi preferida entre las que conozco, Las horas del verano, a la vez irónica y serena, moderna y clásica, una fluida asimilación de Renoir, Ozu y Bergman que quizás sólo deba calificarse de assayiana. 
Assayas fue cinéfilo y crítico antes de dedicarse a la dirección y se ve a veces una cierta tensión, un choque, entre sus aspiraciones y lo que luego resulta cuando aborda la película. Quizás a Sils Maria se le vean un poco las costuras, con una especie de división en tres actos (a grandes rasgos, proposición de la obra de teatro, ensayos y estreno) que convierte particularmente la segunda parte en una especie de duelo a solas entre Juliette Binoche y Kristen Stewart. Duelo más bien teórico y frío, impersonal y retórico, pero que también, cierto es, permite ejecutar una fuga bergmaniana y emparentar inesperadamente Sils Maria con Persona, de Bergman, antes que con las más obvias Eva al desnudo o Noche de estreno
Aprecio el segundo tercio por lo mucho que me recuerda a la caída de caretas en Bergman, pero lo que de verdad me gusta de la película es el primer tercio y luego todo lo que viene después de una desaparición que se pretende a lo Antonioni, pero cuyo interés tampoco capto y que creo que distrae más de lo que intriga. Si me gusta el tramo final es porque confirma que Assayas no es ningún torpe y encuentra resquicios de luz incluso en sus películas más retóricas. Y donde digo resquicios de luz entiendan aquí un encuentro que, sin necesidad de vender el alma, es lo bastante mefistofélico como para recordar que el diablo, si por algo sabe, es por viejo. Y que todo lo demás es pasajero, efímero. 

Un cuestionario de Proust

Llevo unos días en la duda de si escribir sobre Viaje a Sils Maria, la película de Olivier Assayas con Juliette Binoche, o si hacerlo sobre Phoenix, la del alemán Christian Petzold con su actriz habitual Nina Hoss. Las dos me gustaron mucho. También pensé hacerlo sobre el escritor James Salter, a propósito de su reciente fallecimiento y aprovechando que tenía reciente la lectura de Juego y distracción. Sobre Salter me frena que la mayoría de lo que he leído suyo me queda ya muy atrás en el tiempo. Y la película de Assayas sólo la he podido ver una vez y hace ya semanas. Queda la idea pero los detalles se van enseguida y así no es suficiente. 
En ésas estaba cuando me he propuesto leer En busca del tiempo perdido. Lo intenté hace dos años y me quedé en 150 páginas del primer tomo, Por el camino de Swann. Poco avancé después del episodio de la magdalena. En esta ocasión ya he llegado más lejos, pero de todos modos no soy tan osado como para ponerme a escribir sobre Marcel Proust con tan tímidos avances. Obviamente, no podría decir nada que no se haya dicho mucho antes y mucho mejor. Pero, metido en esas lecturas, me acordé del llamado cuestionario de Proust, de lo mucho que me gusta leerlo en personajes conocidos, de cómo alguna vez en broma se lo hice a alguna amistad… Y la ilusión que me hacía contestarlo yo alguna vez. Esto es lo que ha salido, mis respuestas al cuestionario de Proust mientras me decido a escribir sobre otras cosas. 

Rasgo principal de carácter 

Soy discreto, leal, procuro mantener las amistades, aunque no entrometerme en sus vidas. No suelo juzgar a las personas, ni me gusta que me juzguen a mí, ni siquiera para darme el aprobado. 

Cualidad que prefiero en un hombre 

Sentido del humor, sin payasería. Capacidad para relativizar el tamaño de su ego, no me gustan las personas que creen que la Tierra gira alrededor de su ombligo, o que el universo empieza y termina con ellos. Tampoco me gustan las que hacen de la vida una competición, me agotan. 

Cualidad que prefiero en una mujer 

Exactamente las mismas. 

Lo que más aprecio en mis amigos 

Que sean amigos. Algo que a veces no es tan perogrullada como parece. Y que sean personas con los que se aprenda. No me refiero a aprender en un sentido escolar, sino a que me gustan las personas con las que se mantiene la sensación de descubrimiento, de que te iluminan cosas que desconocías y que te enriquecen por dentro. Las personas que inspiran. 

Principal defecto 

Con demasiada frecuencia, soy incapaz de decir que no. Y tiendo a dar demasiadas vueltas a si hacer tal o cual cosa, lo que es otro defecto que hace perder las ocasiones. 

Ocupación preferida 

Por orden cronológico, primero leer, que me gusta desde que tengo uso de razón. Luego, el cine, desde la adolescencia. Además, me gusta el cine en el cine, ir a la sala oscura, con personas, butacas y pantalla grande. Nunca será igual ver algo en la televisión o el ordenador. Y mi última afición es la de correr. Ésta viene más o menos desde que me saqué el permiso de conducir. A mi crónico estado de forma desastroso se añadió que apenas caminaba lo que antes, que al menos iba y venía desde la parada de autobús. Tenía veinte años y me pareció tan calamitoso que, a veces más, a veces menos, corro desde entonces. 

Mi idea de la felicidad 

Estar en paz contigo mismo y con las personas que quieres. Y que no venga luego un cenizo, un gafe, un peleado con la vida, un vampiro emocional, a quitarte esa paz. También es poder hacer lo que te gusta o, al menos, que te guste lo que estás obligado a hacer. 

¿Cuál sería mi mayor desgracia? 

No poder solucionar el sufrimiento de las personas que quiero. El mío propio, en su caso, tampoco me hace gracia, que conste. 

¿Quién me hubiera gustado ser? 

Si la pregunta se refiere a algún personaje histórico, ninguno en especial, que recuerde. Bastante tiene uno con vivir su vida como para plantearse haber vivido otra. Desde un punto de vista más personal, hubo un tiempo en la facultad en que quería ser abogado del Estado con destino en Madrid. Tiempo después ninguna de las dos cosas se ha cumplido, pero de todo se aprende y las cosas que no salieron también son parte de nosotros y de ellas también se aprende algo. La vida es así, a veces hay cambios de planes. La verdad es que no tengo queja. 

¿Dónde me hubiera gustado vivir? 

En alguna ciudad idealizada de película. En el Nueva York de los años 60. En el París en que parecía vivir todo el mundo, escritores, músicos, pintores, en el periodo de entreguerras y luego también tras la Segunda Guerra Mundial. Algo menos idealizado, una temporadita en Madrid estaría bien. No toda la vida, pero igual un añito o dos, cerca de la calle Princesa, merecería la pena. 

Color preferido 

El azul. 

Flor preferida 

Me gustan los jazmines. Y las jacarandas. En realidad, dada mi incompetencia manifiesta en la materia y que podría confundir una amapola con un cardo borriquero, me limitaré a decir que lo que me gusta de las flores suele ser su olor. Luego no soy capaz de identificarlas casi nunca, pero que huelan para mí es primordial. 

Pájaro preferido 

Mi incompetencia es mayor que con las flores. 

Autor preferido en prosa 

Antes pensaba que Borges. Pero hace tanto que no lo releo, que no sé qué me parecería ahora. También me marcó en su momento la lectura de Rojo y negro y La cartuja de Parma, de Stendhal, aunque ya hace algún tiempo y después no las he releído. Me encanta Patrick Modiano. Me encantan sus libros y me alegré mucho por su Nobel. Me parece uno de esos casos raros en que el éxito no se le ha subido a la cabeza. 

Poeta preferido 

No frecuento mucho la poesía, soy más de narrativa. Hace muchos años leí Las flores del mal de Baudelaire y me encantó. Ahora tendería a pensar que más bien no me enteré de nada… Me gusta mucho Luis Cernuda. Hace poco descubrí a Karmelo C. Iribarren y no he leído poema suyo que no me guste. La mayoría me tocan una especie de resorte interior que los hace reconocibles como si fueran propios. 

Héroe de ficción 

Probablemente no tengo. Lo más parecido, de adolescente me encantaban los personajes de Marvel y en particular Spiderman. También me gustaban las novelas de detectives y, en particular, Hércules Poirot y Sherlock Holmes. 

Heroína de ficción 

Por los mismos motivos, me gusta Kinsey Millhone. Tengo la enorme suerte de que hace poco una amiga me consiguió un ejemplar de su última novela firmado por la autora, Susan Grafton. Me gustaba al principio Kay Scarpetta, la forense de las novelas de Patricia Cornwell, pero creo que tras las primeras novelas se le fue un poco la pinza de la megalomanía y perdí mi interés. 

Compositor preferido 

Lo de compositor imagino que será por la época en que se creó este cuestionario, a finales del siglo XIX. Lo desconozco casi todo sobre la música clásica. Si entendemos la pregunta en un sentido amplio, como músico en general, depende mucho de la época y, quizá, del estado de ánimo. Por decir algún caso en que soy constante, me gusta mucho Christina Rosenvinge, especialmente sus discos Tu labio superior y La joven Dolores. Me gustan mucho las canciones de Sabina y muy poco su persona. Me encantan ciertas canciones de Aute, como Las cuatro y diez, por ejemplo. Tuve mi época de no despegarme de Leonard Cohen, Lou Reed, Bob Dylan, etc. De todos ellos me sigue gustando lo mismo que antes, aunque los oiga menos. Me gusta mucho el tono de las canciones de Charles Trenet. Lástima que apenas entienda palabra de francés. 

Pintor preferido 

Edward Hopper, por encima de cualquier otro. Me gustan sus cuadros, sus colores, sus temas, su estilo, su sentido. Me gusta que al mismo tiempo me parezcan imágenes, narraciones, sensaciones. Me gusta que se puedan entender, pero que no siempre estén absolutamente claros. Son cuadros de los que se puede hablar y comentar con alguien después de haberlos visto. Me gustan mucho Goya y Velázquez, pero de un modo menos personal que Hopper. Me gusta el impresionismo y cómo juega con el retrato de la luz. No consigo entender ni apreciar la pintura abstracta. 

Director de cine preferido 

Esta pregunta es de mi cosecha. Entiendo que no figure en un cuestionario que viene del siglo XIX, pero me parece pertinente que figure. Me gusta Hitchcock muchísimo. Seguramente podría citar sin ningún esfuerzo cinco o seis películas suyas que podría intercambiar sin problemas e incluir entre mis preferidas. Jean Renoir. La nouvelle vague y especialmente Rohmer y Truffaut. Me gustan Bergman y Tarkovsky. David Lynch. 

Héroe de la vida real 

Ahora no caigo. Tiendo a desconfiar de heroicidades y santidades. Por decir algo, los bomberos que el 11 de septiembre fallecieron mientras subían las escaleras, con el derrumbe de las torres. 

Heroína de la vida real 

Ninguna en particular, que recuerde. 

Personaje histórico que detesto 

Por tópico que suene, Hitler. En general, cualquier persona que genere o potencie el odio y el resentimiento entre las personas. Bastante tenemos ya los seres humanos como para que venga alguien a atizar el fuego. 

Personaje histórico preferido 

No tengo. Ya digo, me cuesta mucho creerme heroicidades y santidades. 

Comida y bebida preferida 

Las croquetas de jamón y las palmeras de chocolate. Como bebida, el gazpacho, que me gusta bebido en vaso y no con cuchara y tazón. También la cerveza Dorada Especial, que tengo asociada al maravilloso tiempo que viví en Santa Cruz de Tenerife. 

Nombre preferido 

Si es de chico, y aparte del mío propio, me gusta el de Antonio, tal vez porque es un nombre muy frecuente en mi familia. En las chicas, depende. Una vez hice recuento de todas las Patricia que conocía y eran más que de cualquier otro nombre. Me gusta Patricia, Verónica, Laura, Mónica… No tengo esos nombres asociados a ninguna persona en particular, por cierto. Lo que no me gustan son sus apócopes. Nada de Patri, ni Vero, ni Lau, ni Moni. 

Lo que más odio 

No poder dormir a pierna suelta los fines de semana, para recuperar el sueño perdido. Tengo la desgracia de despertarme solo a unas horas muy parecidas a las del resto de los días. Y no, no consigo volver a dormirme luego, por más vueltas que dé. No tengo remedio con eso. 

Hecho militar que admire 

Ninguno en particular. 

Reforma que admire 

Es una pregunta muy amplia. Pongamos que la división de poderes. Lástima que, desde Montesquieu, todavía no haya llegado a aplicarse de verdad, de verdad, en ningún país. Ánimo, que en un par de siglos más igual lo conseguimos. 

Don que me hubiera gustado tener 

Pues es bien sencillo. Sólo oigo por un oído, lo que limita un poco en las reuniones de grupo, cuando pasan de cuatro o cinco personas. Me hubiera gustado tener el súper poder de oír por los dos oídos y poder seguir conversaciones a ambos lados de la mesa. 

Cómo me gustaría morir 

Pensando que valió la pena. Habiendo tenido la oportunidad de despedirme de las personas que quise. Sin sufrimiento físico. 

Estado actual de mi espíritu 

En paz. Pensando que afortunadamente todavía me queda mucho bueno por conocer, hacer, vivir. Con moderada curiosidad. 

Con qué defectos soy más indulgente

Con los que se cometen sin querer hacer daño a otros. Pero sin querer de verdad. No el ceporro que insiste en sus defectos, sabiendo que perjudica a otros y, pudiendo evitarlo, no lo hace y se excusa en que no quiere hacer daño. Eso no es sin querer. 

Mi lema 

Ahora se preguntaría por el estado del whatsapp, ¿no? Me gusta mucho una frase, el viento sopla donde quiere. La oí en una película de Bresson y, por lo visto, viene de la Biblia. Me gusta su sentido sin connotaciones religiosas. Vendría a ser algo así como: “el viento sopla donde quiere. Puede que te llegues a dar cuenta de cuándo ha pasado, pero no llegarás a saber ni de dónde viene, ni adónde va”. Así creo que es a veces para las personas, que el viento sopla donde quiere. 

Películas preferidas un sábado de mayo por la mañana

Esto de las listas siempre tendrá una importancia bastante relativa, pero hacerlas supone un pasatiempo bastante entretenido. Caí en la cuenta esta semana de que en este blog mayoritariamente de cine no había señalado mis películas preferidas hasta ahora. Podemos vivir sin listas, desde luego, pero nos divertiríamos menos. Así que ofrezco la mía. No la tomen muy en serio, porque la he improvisado en dos ratos. Si mañana hiciese otra, podrían aparecer películas diferentes y olvidarme de las que incluyo hoy. Así que ya saben, no es un dogma de fe, ni siquiera para mí mismo. Al principio iba a preparar el habitual top ten, pero me pareció que se me quedaba muy corto y lo amplié a quince películas. Si hacen recuento, sumarán en realidad dieciséis, una pequeña travesura…

Ahí va mi TOP 15, en orden cronológico:

LUCES DE LA CIUDAD (1930) de Charles Chaplin

NINOTCHKA (1938) de Ernst Lubitsch

EL RÍO (1950) de Jean Renoir

VÉRTIGO (1958) de Alfred Hitchcock

AL FINAL DE LA ESCAPADA (1959) de Jean Luc Godard

EL SABOR DEL SAKE (1962) de Yasujiro Ozu

ANDREI RUBLEV (1966) de Andrei Tarkovsky

BESOS ROBADOS (1968) de François Truffaut

EL ESPÍRITU DE LA COLMENA (1973) de Víctor Erice

NOCHE DE ESTRENO (1977) de John Cassavetes

APOCALIPSIS NOW (1979) de Francis Ford Coppola

FANNY Y ALEXANDER (1983) de Ingmar Bergman

LA DOBLE VIDA DE VERÓNICA (1991) de Krzysztof Kieslowski

LA BELLA MENTIROSA (1992) de Jacques Rivette

EYES WIDE SHUT (1999) de Stanley Kubrick

LOS AMANTES HABITUALES (2005) de Philippe Garrel


RESACÓN 2. ¡AHORA EN TAILANDIA!

Anoche en Antena 3 pusieron Resacón 2.  ¡Ahora en Tailandia!, lo que me hizo recordar que en el momento del estreno escribí sobre la película en otro foro.  En cuanto a la emisión de Antena 3, un aplauso a la cadena por los pocos anuncios que emitieron y un tironazo de orejas por cortar los títulos de crédito del final.  No es exigencia de cinéfilo.  Los títulos de crédito iban acompañados de imágenes que aportaban, aparte de sentido del humor, ciertas claves de la noche de juerga que da origen a la película. 

Copio el comentario, por si alguien quiere leerlo. 

Tenemos aquí la previsible continuación de Resacón en Las Vegas. Pese a su poco distinguido título español, era aquélla una comedia más meritoria de lo imaginable. Cierto que no seguía ni pretendía seguir el añorado estilo de las comedias elegantes de la época del cine clásico, pero sí tenía varias virtudes y una principal entre ellas, la capacidad de sorprender. Para empezar, ¿qué esperarían ustedes de una película con ese nombre? ¿Otra cutrez más de juergas universitarias? ¿O quizás de juergas de instituto? ¿O de treintañeros? Pero en todo caso esperarían ver juergas y desmadres, ¿no? Pues no. 

La primera película contaba la historia de cuatro amigos que iban a Las Vegas a celebrar la despedida de soltero de uno de ellos, que se casaba unos días después. Con las primeras escenas se veía a los cuatro, al inicio de la noche, brindando con champán en la azotea de un hotel. Ahí se fundía en negro la imagen y se iluminaba a la mañana siguiente, con el penoso despertar de los amigos, en un calamitoso estado de salud. Vamos, lo que podríamos llamar muy perjudicados. Además, el novio había desaparecido y no tenían la menor idea ni de dónde lo habían dejado ni de qué habían hecho durante la noche. 

Sorprendentemente, los espectadores se quedaban sin ver la juerga (miento, los títulos de crédito finales sí estaban ilustrados con imágenes de aquella noche). Con el espíritu lúdico de quien hace una travesura a sabiendas, la película había dado con esa elipsis el primero de los varios giros de su trama y había hurtado lo que razonablemente se esperaba de ella. 

El resto contaba los esfuerzos de la pandilla por reconstruir sus embrollados pasos hasta acabar así (que incluían, si no recuerdo mal, un chinito en cueros, palabrotero y malhumorado saliendo por sorpresa del maletero de un coche y también el secuestro de un tigre). 

Debió de tener tanto éxito el primer resacón que el segundo lo imita paso por paso, queriendo acertar en la diana, hasta el punto de convertir la virtud del primero en el principal inconveniente del segundo. 

Si el primer resacón aspiraba a sorprender creando expectativas de previsibilidad en los espectadores que luego se iban quebrando, el segundo resacón sólo aspira a parecerse al primero. También aquí hay una reunión antes de una boda que se desmadra en una elipsis idéntica a la primera. También desaparece uno de los participantes, que al menos esta vez no es el novio, sino un hermano de la novia. Hasta vuelve a aparecer el mismo chinito malhumorado y lenguaraz. 

El resacón tailandés está contado con agilidad y, posiblemente mantendrá el interés para alguien que no haya visto la primera parte. Pero quien haya visto lo que ocurría en Las Vegas seguramente pensará que el refrescante soplo de aire fresco de entonces se ha convertido en una anodina sensación de ya visto. 

Francis Ford Coppola

Justicia poética es, por ejemplo, que el día en que estábamos celebrando el 100º aniversario del nacimiento de Orson Welles, el cineasta más wellesiano que haya habido después de Welles resulte reconocido con el premio Princesa de Asturias de las Artes. 

A estas alturas es afortunadamente una obviedad reconocer el lugar en la historia del cine que merecen “El Padrino” y sus continuaciones, o el que corresponde a “Apocalipsis now” o a “La ley de la calle”. 

Y digo afortunadamente porque Coppola ha conocido el éxito y reconocimiento en vida. Como debería ser siempre. Taquilla, crítica, industria, festivales, todos se han rendido a Coppola en algún momento de su carrera. También ha conocido la ruina económica y los trabajos alimenticios. Detalles que, a posteriori, no hacen sino agrandar su leyenda y, de refilón, contribuir a emparentarlo con Welles. 

A ver si alguna de nuestras cadenas tiene a bien programar un ciclo con sus películas. Preferentemente en horario razonable y versión original. Puestos a pedir… 

Coppola seguramente merece un comentario más meritorio que este recuerdo apresurado. Pero teniendo en cuenta que prometí explayarme sobre Modiano cuando el Nobel y no he cumplido, no me comprometo a cumplir con el cineasta. En cualquier caso, garantizo que en los próximos tiempos tiraré de DVD para repasar cuanto pueda de su filmografía. 

Con los premios, ya se sabe, no siempre se está de acuerdo, pero reconocer la carrera de Coppola es de las decisiones más juiciosas y consecuentes que en el mundo del cine se podían tomar. ¡Gracias! 

EL CINE QUE VIMOS EN 2014

Y aquí estamos de nuevo con el comentario que más me gusta escribir cada año (en otros foros desde 2009 y en este blog desde el año pasado) y que, a la vez, es el que más reparo me da. Reparo por lo que pueda tener de caprichoso ofrecer al ancho mundo una selección de películas escogidas con mi único criterio. Pero a la vez gusto, porque precisamente por parecerme las más interesantes del año, no hay nada que haya escogido para rellenar huecos.

Alguna aclaración previa. Son películas que vi a lo largo de 2014. Algunas de ellas, como La gran belleza y La herida, fueron estrenadas a finales de 2013 y no las pude ver hasta después. El sueño de Ellis, sin embargo, no se estrenó hasta bien entrado 2014, pero ya la había podido ver en noviembre del año anterior en un festival de cine y por eso aparece incluida en mi selección de 2013 con su título original, The immigrant. En aquel momento, su estreno oficial aquí ni estaba ni se le esperaba y ni siquiera tenía título español. Este año también se me han quedado pendientes de ver algunas películas que parecían prometedoras. A ver si caen para la selección del año que viene.

A continuación la lista de películas, sin orden de preferencia:

A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS (hermanos Coen, Estados Unidos)

DOS DÍAS, UNA NOCHE (hermanos Dardenne, Bélgica)

FRANCES HA (Noah Baumbach, Estados Unidos)

LA GRAN BELLEZA (Paolo Sorrentino, Italia)

EL GRAN HOTEL BUDAPEST (Wes Anderson, Estados Unidos)

LA HERIDA (Fernando Franco, España)

SÓLO LOS AMANTES SOBREVIVEN (Jim Jarmusch, Estados Unidos)

EL SUEÑO DE ELLIS (James Gray, Estados Unidos)

UN TOQUE DE VIOLENCIA (Jia Zhang-ke, China)

EL ÚLTIMO DE LOS INJUSTOS (Claude Lanzmann, Francia)

NOCHE DE ESTRENO (1977) de John Cassavetes

-¿Pero qué le falta a esta obra, según tú?
-…Esperanza
.
(Diálogo de la película.)

No sé si recuerdan que, cuando Pedro Almodóvar promocionaba La flor de mi secreto, allá por el año 1995, mencionaba una película llamada Opening night, de Cassavetes, como uno de los modelos que mostró a Marisa Paredes para su interpretación. Por mucho que me gustase aquella película de Almodóvar, que sí, no estoy seguro ahora de que al rostro dado a la gesticulación de Marisa Paredes le aprovechase del todo el modelo, pero a Almodóvar habrá que agradecerle haber puesto en circulación, al menos de oídas, una película injustísimamente olvidada por entonces.

Por lo visto, fue una tremenda costalada para Cassavetes y un fracaso de acogida en su época, ni llegó a estrenarse en España y sólo a principios de los noventa, fallecido Cassavetes, comenzó a reivindicarse en Europa tras una reposición en el festival de Cannes. En España la proyectó Garci en su programa de “¡Qué grande es el cine!”, ya con el título con que ahora la conocemos, Noche de estreno.

Ambientada en el mundo del teatro, Noche de estreno retrata a una actriz de mediana edad y los problemas que le causa interpretar en una obra de teatro el papel de una mujer mayor de la edad que le gustaría admitir que va teniendo. Lo que además se complica cuando una noche, al salir del teatro, ve cómo una aficionada suya que le pedía un autógrafo muere atropellada mientras corría siguiendo su coche bajo la lluvia. ¿Les suena esto último? Almodóvar homenajeó este pasaje casi al completo en otra película suya, Todo sobre mi madre.

El temor al paso del tiempo sumerge a la actriz en una crisis de autoestima, que por otra parte se niega a reconocer y a la que se suma una peculiarísima crisis de identidad cuando empieza a ver o imaginar en ocasiones a la chica atropellada, con la que tiene conversaciones y encuentros que sólo ella percibe. En realidad, ya con esto he explicado más de lo que explica Cassavetes, que se limita a mostrar pero sin dar explicaciones que ayuden a entrar en la psicología de los personajes. Era su proceder habitual en sus películas que, como comenté hace poco, suelen exigir al espectador que se mantenga activo y ponga de su parte, so pena de sentirse excluido y desentenderse del devenir de los personajes.

La actriz se niega a representar al personaje que se le pide, o a representarlo del modo en que se le pide, se enfrenta con la autora de la obra, con el director, con otros actores, mientras su sentido de la realidad se diluye parcialmente y se enfrenta a las apariciones de la chica atropellada como una desesperada y patética corporeización de sus neuras y miedos.

A la vez brillante y torrencial, ensimismada y alargada, Noche de estreno deja al menos toda una escena memorable y es aquella en que una Gena Rowlands absolutamente borracha, pero borracha de caerse despatarrada entre bambalinas, tiene que salir al escenario a representar la obra en la noche de su estreno en Nueva York. Épica parece la escena porque épica es la lucha de la actriz por tenerse en pie, metafórica y realmente, por darle dignidad al personaje y por mantener la suya propia. Una agonía épica y milagrosa en una película que es a la vez cruel y compasiva.

Como curiosidad, les diré que la representación fue real, pues el público que vemos que asiste a la obra era público de verdad que desconocía que estaba siendo filmado para la película. Todas sus reacciones mientras asisten a la representación son auténticas.

Otra pequeña curiosidad que merece la pena destacar es que el personaje que interpreta la actriz en la obra de teatro se llama Virginia, lo que propone sutilmente un juego de espejos muy cassavetiano. Virginia era el nombre de pila de Gena Rowlands, la actriz (y consorte de Cassavetes) que protagoniza Noche de estreno. O sea, que le puso el nombre de su mujer, no al personaje de su mujer, sino al personaje del personaje de su mujer. No era raro en quien utilizó su propio segundo nombre, Nicholas, para otras películas, o quien utilizó a su madre y a la madre de Gena Rowlands para interpretar a las dos suegras del matrimonio de Una mujer bajo la influencia. Pequeños reflejos que tendían a confundir la vida con el arte o, quizá, a hacer más fluida la transición de la una al otro.

Y por último, cuando la representación ha terminado y la actriz es saludada entre bastidores, no se pierdan el cameo final de dos Peter. Peter Falk (actor que dio vida al teniente Colombo, amigo y ocasional actor de Cassavetes) y Peter Bogdanovich.

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